Portada » Perdón y autoperdón
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Hay palabras que utilizamos con tanta frecuencia que, de tanto repetirlas, dejamos de preguntarnos qué significan realmente. Una de ellas es la palabra perdón.

Llegado el momento, sí o sí, hay que ponerla sobre la mesa y hacer uso razonable de ella.

Estamos acostumbrados a escuchar esta palabra para romper cargas emocionales, para dejar el rencor atrás y seguir adelante de una manera más consciente y libre de cargas.

Pero, ¿qué significa realmente perdonar?

Si acudimos a su significado más básico, perdonar es renunciar a castigar o a reclamar una deuda, una falta o una ofensa. Es dejar de exigir aquello que consideramos que se nos debe.

Pero cuando hablamos de personas, el significado deja de ser tan sencillo.

Una cosa es saber qué significa una palabra y otra muy distinta es enfrentarnos a ella cuando aquello que tenemos que perdonar nos ha afectado de verdad.

Entonces aparecen dos caminos que solemos confundir.

El primero es el tópico conocido «perdono, pero no olvido».Perdonar no debería obligarnos a olvidar. El olvido no siempre depende de nuestra voluntad y, además, no tiene por qué ser necesario.

Hay cosas que queremos recordar precisamente para no volver a repetirlas. Puede significar dejar de esperar una explicación que probablemente nunca llegue. Dejar de alimentar la rabia o, dejar de permitir que una persona siga ocupando espacio en nuestra vida cuando hemos decidido que ya no queremos que lo haga.

Y aquí decidimos algo importante: Podemos perdonar y mantener distancia o, dejar atrás el rencor conservando un límite. Con esto nos aseguramos no volver a vivir determinadas situaciones.

No exige una reconciliación, al contrario, exige el aprendizaje de: he aprendido que no quiero esto en mi vida. No doy la oportunidad de que vuelva a ocurrir y alborote mis valores.

Aprender que cerrar una puerta no siempre nace del odio; algunas veces nace del conocimiento.

Del conocimiento de uno mismo y de lo que queremos para nuestra vida.

El segundo camino, «te perdono y me perdono».

Aparece la culpa. La culpa por haber confiado, por haber permanecido más tiempo del que realmente necesitábamos, por no haber dicho que no o por haber visto aquellas señales que, desde el principio, estaban delante de nosotros y haber decidido mirar hacia otro lado.

Creo firmemente que hay situaciones que se repiten en nuestra vida hasta que aprendemos aquello que vienen a enseñarnos. Podemos llamarlo vida, destino, casualidad o simplemente experiencia. Lo importante quizá no sea cómo lo llamemos, sino lo que hacemos con ello.

A veces tenemos que enfrentarnos varias veces a la misma clase de situación, aunque cambien las personas, los lugares o las circunstancias. Y cada vez aparece una oportunidad para hacer algo diferente: poner un límite, escucharnos, marcharnos, decir que no o dejar de justificar aquello que sabemos que no queremos en nuestra vida.

Quizá no se trate de que la vida nos castigue por no haber aprendido antes. A lo mejor, simplemente algunas lecciones necesitan más de una ocasión para ser comprendidas.

Y que la otra persona que tomó aquella decisión no sabía necesariamente lo que nosotros sabemos hoy. También es su proceso, y cada uno tiene su ritmo. Tenía otros miedos, otras necesidades, otras circunstancias y, probablemente, otras herramientas.

De aquí posiblemente añado la palabra imperdonable, de alguna manera tenemos que descargar este sentimiento lleno de dolor, por ello sé que el auto perdón, aunque  no cambia lo que ocurrió, ni devuelve el tiempo atrás ni convierte una mala decisión en una buena, sí puede cambiar la relación que mantenemos con nuestro propio yo y mantenernos dentro de la serenidad.

Aquí es donde creo que está la verdadera diferencia. Perdonar al otro y no olvidar puede ayudarnos a cerrar una puerta y no volverla a abrir. Perdonarnos a nosotros mismos nos permite dejar de quedarnos delante de esa puerta preguntándonos una y otra vez por qué no la cerramos antes.

Mónica García

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