Crítica literaria de Luna de septiembre, de Marcelino Arellano Alabarces
Luna de septiembre, de Marcelino Arellano Alabarces, es un poemario marcado por la memoria, el amor, la naturaleza y el paso del tiempo. Una obra íntima y humanista que José Escriba analiza en esta crítica literaria.

Leer Luna de septiembre, de Marcelino Arellano Alabarces, supone adentrarse en un amplio territorio sentimental donde la memoria, el amor, la naturaleza y el paso inexorable del tiempo se convierten en los grandes ejes de la palabra poética. Publicado en 2025 por Editorial Granada Club Selección, este volumen reúne una extensa colección de poemas en los que el autor vuelve la mirada hacia lo vivido, pero también hacia cuanto todavía permanece como deseo, interrogación o esperanza.

Palma de Mallorca
El prólogo está escrito por Moisés Navarro Fernández, Cronista Oficial de Cogollos de Guadix.
Desde los primeros poemas se aprecia una poesía que busca ante todo la comunicación con el lector. Marcelino Arellano no pretende ocultar sus emociones detrás de construcciones excesivamente complejas. Su lenguaje es directo, cercano y profundamente humano. En poemas como “Existen arroyos perdidos”, el paisaje de la infancia adquiere una dimensión simbólica: aquellos cauces que un día estuvieron llenos de vida aparecen ahora secos, del mismo modo que el propio tiempo va apagando lentamente determinadas etapas de la existencia.
La memoria constituye precisamente uno de los pilares fundamentales del libro. Los caminos, los ríos, las casas, las calles, los árboles y los pequeños acontecimientos cotidianos funcionan como puertas de entrada al pasado. Hay una constante voluntad de recuperar la infancia, los seres queridos y una forma de vida que desaparece. Esa mirada alcanza especial intensidad cuando el poeta recuerda la pobreza, las costumbres y la dureza de otros tiempos, como sucede en “Tardes brumosas”, donde la comida humilde, el fuego doméstico, la lluvia y los niños configuran una escena de enorme fuerza evocadora.
Junto a la memoria encontramos el amor, probablemente la presencia más persistente de todo el poemario. Es un amor contemplado desde múltiples perspectivas: la plenitud, la ausencia, el abandono, la espera, la imposibilidad y, sobre todo, el recuerdo. En “Fuiste para mí como la luz”, el sentimiento amoroso alcanza una dimensión casi absoluta, capaz de sobrevivir incluso a la falta de correspondencia y al paso del tiempo. Esa misma insistencia amorosa reaparece a lo largo de la obra hasta convertirse en una suerte de conversación permanente con alguien que muchas veces ya no está.
La naturaleza tampoco cumple una función meramente ornamental. Pájaros, romeros, ríos, árboles, lluvia, viento, amaneceres y crepúsculos acompañan los estados de ánimo del poeta. El paisaje participa de sus recuerdos y adquiere en muchos momentos una evidente dimensión moral. En “El romero”, por ejemplo, una planta sencilla acaba transformándose en símbolo de esperanza, solidaridad y conciencia frente al sufrimiento humano.
También hay espacio para una poesía de preocupación social. Marcelino observa las guerras, la pobreza, la soledad, la degradación medioambiental o las injusticias de nuestro tiempo y responde desde una sensibilidad esencialmente humanista. Sus versos no buscan el análisis intelectual de estos problemas, sino expresar una reacción ética inmediata ante aquello que considera doloroso o injusto.
Uno de los rasgos más interesantes de Luna de septiembre es precisamente esa convivencia entre lo íntimo y lo colectivo. El poeta puede pasar del recuerdo de una calle, una abuela o un amor perdido a preguntarse por la guerra, la libertad o el destino del ser humano. El libro termina ampliando todavía más esa dimensión reflexiva mediante una segunda parte compuesta por cien breves frases o composiciones, en las que condensa pensamientos sobre el amor, el tiempo, la verdad, la infancia, la libertad y la existencia.
Tras la lectura completa del volumen queda la impresión de haber acompañado a Marcelino Arellano durante un largo recorrido por su mundo interior. Luna de septiembre es, fundamentalmente, un libro de memoria y sentimiento, escrito desde la necesidad de conservar aquello que el tiempo amenaza con borrar. En sus páginas hay nostalgia, dolor y desencanto, pero nunca desaparece completamente la esperanza. Y quizá ahí resida una de las claves más sinceras de esta obra: seguir mirando hacia atrás sin dejar de caminar hacia delante.

Ciudadano del Mundo
