Mujeres Españolas: Guerreras y Conquistadoras (6) – MARÍA DE ESTRADA Conquistadora espada en ristre
Diego Nieto Marcó recupera la historia de María de Estrada, una de las pocas mujeres españolas que participaron activamente en la conquista de México. La sexta entrega de «Mujeres Españolas: Guerreras y Conquistadoras» aborda su valentía, sus hazañas militares y su extraordinaria trayectoria en el siglo XVI.

María Estrada (de Estrada o Destrada) fue una de las pocas mujeres en la conquista de Méjico (1519-1521), conquista dura, sangrienta, y controvertida a lo largo de los siglos, en la que participó activamente junto a los soldados de Cortés.
Si bien hay autores que afirman que su figura rompe el estereotipo del papel femenino en el siglo XVI, debemos tener en cuenta que las mujeres que entonces embarcaban con destino a América eran pocas, y de esas, la mayoría, por no decir todas, obedientes al instinto de supervivencia, compartieron los azares del combate en primera línea, sin dejar de ocuparse de sus tareas específicas: atender heridos, hacer el fuego, cocinar, lavar, etc. O sea, igual que hoy: ir al trabajo y trabajar en casa.
Antes que entremos en tema, piensa en los escollos de la época para determinar la veracidad de individuos o hechos. Por de pronto no existía el DNI ni registros de ningún tipo, es sólo a partir del Concilio de Trento (1545–1563) que la Iglesia Católica ordena llevar libros parroquiales, anotando las ceremonias realizadas, bautizos, confirmación, casamientos, lo que, como ya habrás supuesto, no se impuso de un día para el otro en toda Europa. A esa carencia de registros debes sumar que no existía el periodismo como hoy lo entendemos (los primeros periódicos fueron simples manuscritos, Venecia, s. XVI; el primero moderno, Amberes, 1605) por lo que las fuentes de referencia se limitan a algunas crónicas (de las que no muchos se fían), cartas y el boca-en-boca, que lleva a la leyenda y la leyenda a la incredibilidad.
Como dijimos, no eran muchas las mujeres que participaban en las expediciones a América. En el caso de México, se estima que serían entre diez y veinte españolas por cuatrocientos o seiscientos hombres, y decenas, o quizás cientos, las indígenas, de unos cuatro mil que acompañaban a los aliados (tlaxcaltecas) y desempeñaban funciones de cargadoras, cocineras, enfermeras, intérpretes ―la mujer siempre ha tenido una habilidad especial para idiomas y comunicación.
Poco se sabe de la vida de María de Estrada. Podría haber nacido en Sevilla, o alguna otra ciudad andaluza, alrededor de 1480.
A los veintinueve años, en 1509, habría embarcado rumbo a Santo Domingo en una expedición de Diego de Colón y su mujer María Álvarez de Toledo. Formaría parte de una numerosa emigración de mujeres andaluzas, en la que ella iría como sirvienta de una camarera de la mismísima María Álvarez de Toledo. Parece ser que en ese viaje también iba Francisco Destrada (sevillano y posible hermano).
Lo que se sabe a ciencia cierta es que en 1518 vivía en Cuba y estaba casada con Pedro Sánchez Farfán.
Según algunas versiones, entre otras la de Bernal Díaz del Castillo, participó en la batalla de Matanzas, frente a la bahía del mismo nombre donde los españoles fueron atacados y derrotados por los indios taínos.
María Estrada fue hecha prisionera, lo cual no era nada bueno, ya que entonces se temían los sacrificios o canibalismo rituales. Pero los taínos no eran ni caribes ni mexicas y sucedió que el cacique de la tribu le perdonó la vida y la tomó para sí, por ser mujer y muy hermosa, parece ser.

¿Fue una esclava sexual, como diríamos hoy día? ¿Una esclava doméstica? ¿Una reina? Ni se sabe ni se sabrá. Pero hay que imaginar a una mujer de Sevilla acostumbrada a largas faldas, corpiños y zapatos por calles bien definidas, algunas de ladrillo, otras de guijarro, ahora tener que acostumbrarse a calles de tierra, y, sobre todo, a una breve nagua[1] si pertenecía a un hombre, o, si “soltera”, absolutamente desnuda (no representa bien la imagen IA). Era la costumbre taína. ¿Encontrarías fácil pasearte desnuda blanco de todas las miradas?
No se sabe cuánto duró su cautiverio. Según algunas versiones transcurrieron meses, según otras, años, antes que las fuerzas españolas, recuperadas de la derrota de Matanzas, pudieran liberarla. E incluso algunos afirman que simplemente escapó y se encontró con su gente.
En 1520, (según a la RAH), María se une a la expedición de Pánfilo de Narváez a México y parten de Cuba el 15 marzo de 1520. El propósito de la expedición es prender a Cortés, que marchó a México en 1519, el de ella reencontrarse con su marido. La vida sería más lenta en el siglo XVI que hoy, pero aquí parece desenfrenada: una avería tras otra a lo largo de la tubería.

Cortés, no obstante, demuestra ser mejor estratega, mejor político, y en cuanto las tropas desembarcan en San Juan de Ulúa, se adelanta y es él quien prende a Pánfilo de Narváez, convence a los hombres de éste (más de novecientos) de que se le unan y todos, con él al mando, regresan a Tenochtitlán. Y allá que va María de Estrada.
Pero hay otra «avería en la tubería» de Tenochtitlán: ha habido revueltas, tumultos, Moctezuma ha muerto en circunstancias poco claras, se ha cometido la torpeza de matar a traición a los principales mexicas en el Templo Mayor. La situación ha cambiado y en la noche del 30 de junio, a hurtadillas, digamos, las huestes españolas dejan la ciudad por la calzada que atraviesa el lago Texcoco. Prevenidos, los indígenas los atacan. Comenzaba la famosa Noche Triste.

Entre el lodo y la lluvia, en la oscuridad plateada al asomarse la luna, en la oscuridad total al ocultarse, hombres y mujeres, María de Estrada entre ellos, lucharon hasta la extenuación, los brazos doloridos, las piernas temblorosas, para no acabar sus días allí, o, peor aún, en algún rito sacrificial. Pero la derrota fue inevitable y sufren grandes pérdidas (de 400 a 600 españoles y 4000 tlaxcaltecas); sólo quedó la huida para salvar la vida.
El historiador mejicano Diego Muñoz Camargo (1529-1599), casi contemporáneo de los hechos, relata el valor español durante la desastrosa derrota de la Noche Triste del 30 de junio al 1 de julio. Sin embargo, como en otros lances, no había más opción que el valor. Era “el valor o la muerte”.

Y allí sigue María, espada en mano, esa muñeca que dolía, ese brazo que pesaba. No era la única. Se sabe que también, en el lodo, bajo la lluvia, iban Isabel Rodríguez, Beatriz de Palacios y Beatriz Bermúdez de Velasco, al menos.
El 7 de julio de 1520, los mexicas dan nuevamente alcance a Cortés y a todos sus expedicionarios (hombres y mujeres, claro) que, en lugar de continuar en retirada, se lo juegan a todo o nada y presentan batalla en la llanura de Otumba. La victoria española y sus aliados tlaxcaltecas es rotunda. Esta batalla demuestra tanto la resistencia de la mujer en esas lides como la unión existente entre los españoles y varias etnias indígenas, en este caso la población de Tlaxcala, y, por supuesto, la transformación de María de Estrada.
Diego Muñoz Camargo, al tratar La Noche Triste se refiere a María de Estrada en los siguientes términos:
«Asimismo se mostró valerosamente una señora llamada María de Estrada, haciendo maravillosos y hazañeros hechos con una espada y una rodela en las manos peleando tan valerosamente con tanta furia y ánimo que excedía al esfuerzo de cualquier varón…»
Y más abajo:
«…lo hizo la propia (María de Estrada) el día de la memorable batalla de Otumba, a caballo, con una lanza en la mano… digno por cierto de eterna fama e inmortal memoria»
¿Te imaginas a ti misma, mujer, u hombre, en esa Noche Triste, en un mundo desconocido y agresivo, rodela en una mano, espada en la otra, bajo la lluvia, entre el fango, defendiendo tu vida, y sabiendo que si resbalas, si te distraes, si cierras los ojos un instante, mueres?
¿Y te puedes imaginar también en la llanura, a caballo, lanza en ristre, arremetiendo, uno tras otro contra esos hombres que quieren acabar con tu vida? O incluso peor, lo sabes: hacerte prisionera para el sacrificio: cuatro hombres sosteniendo tus extremidades y un quinto que te abre el pecho con un cuchillo de obsidiana (técpatl) y te saca el corazón –tú puedes verlo–, y se lo come –tú puedes verlo porque tu cerebro vive diez segundos más–. El horror. Y no entiendes, ni piensas en entender sus creencias religiosas, tan distintas a las tuyas. Debes luchar hasta que tus brazos caigan rendidos y la muerte quizás sea el mal menor.
Finalizado el combate, después de recuperarse, Cortés preparó una contraofensiva sobre Tenochtitlan, para la que no tuvo en cuenta a las mujeres, aduciendo que debían quedarse en Tlaxcala a descansar, pero éstas, según Francisco Cervantes de Salazar en sus Crónicas de la Nueva España, se le plantaron:
«No es bien, señor capitán, que mujeres españolas dexen a sus maridos yendo a la guerra; donde ellos murieren moriremos nosotras, y es razón que los indios entiendan que somos tan valientes los españoles que hasta sus mujeres saben pelear»
María de Estrada y sus compañeras no faltaron un día, no a clase o al trabajo, sino a la batalla: estuvieron en todas las que se libraron en la campaña mejicana.
Cortés le concedió encomiendas en Tetela del Volcán, Nepopualco y Hueyapan. Según las crónicas fue una mujer «rica y reconocida –que– peleó hasta el final». Se radicó en Toluca donde su marido tenía una gran encomienda. Pero no paraban, como decimos hoy, y el 16 de abril de 1531 participa en la fundación de la Puebla de los Ángeles, hoy Puebla de Zaragoza, o simplemente Puebla.
En 1533 muere su marido (RAH), y María, ya de cincuenta y tres años, contrae matrimonio con Alonso Martín (Martínez, según algunas fuentes). Tanto para mujeres como para hombres, la vida a solas era imposible de llevar.
Después de tanta acción, de tanta tensión, de tanta incertidumbre por lo que podía traer el día de mañana, María de Estrada muere en Puebla en 1535 a los cincuenta y cinco años de edad.
La Real Academia de la Historia nos dice:
«Está considerada como una mujer pionera, por su papel de activa guerrera durante la campaña de conquista y posteriormente por ejercer de encomendera y llevar ella directamente los asuntos de sus tierras e indios.»

NOTA I: El Lienzo de Tlaxcala se creó pocas décadas después de la Conquista de México, por encargo de las autoridades indígenas de Tlaxcala, para mostrar su papel como aliados de los españoles y defender sus privilegios ante la Corona.
NOTA II: Imágenes creadas con IA o provenientes de Creative Commons para hacer más visible la época.
Próxima entrega: Guerreras y conquistadoras (7)
Mencía Calderón
La Adelantada
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[1] nagua: voz taína – f. Saya interior de tela blanca. U. m. en pl. con el mismo significado que en sing. (RAE)

