Mujeres Españolas: Guerreras y Conquistadoras (2)
Artículo de Diego Nieto sobre mujeres guerreras de la historia española, centrado en las mujeres de Tortosa y María Pita, figuras de valentía, defensa y leyenda.

Como dijimos en el artículo anterior (Guerreras de leyenda 1ª p.), la guerra no fue siempre actividad de hombres duros con casco y metralleta, sino también de mujeres, aunque en general sin casco ni metralleta, debido a la época (un milenio atrás estamos considerando aquí), y además debido a que lo hacían por un motivo muy distinto: ellas empuñaban la espada para defenderse y terminar las contiendas que, por la causa que fuera (religiosa, económica, política, expansiva, etc.) habían comenzado los hombres.
En esta ocasión, sin movernos del siglo XII, de mujeres que se cubrían la cabeza por costumbre social de decoro y modestia[1] (no por prescripción religiosa) nos encontramos con las mujeres de Tortosa.
¿Qué hacen estas mujeres de Tortosa?
Algo que no sucedía por primera vez, ni sería la última: mujeres de un grupo social (tribu, pueblo, polis, nación) que se organizan para defender ese grupo social, ese mundo cotidiano que les pertenece y al que a su vez ellas pertenecen. Como otras, esta acción también entró en la leyenda y se ha difundido por crónicas y ha creado símbolos como el emblema de la Orden del Hacha que hoy día puede verse en la catedral de Tortosa.

En 1148, Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, lidera la toma de Turtusha, una plaza andalusí estratégica de unos diez mil habitantes, lo cual significaba un paso crucial en el avance cristiano por el valle del Ebro.
Espoleado por la victoria, al año siguiente Ramón Berenguer decide seguir adelante sin tener en cuenta que un ejército musulmán se había filtrado a espaldas de la ciudad, que quedaba totalmente indefensa…en teoría. El ataque llegó, imparable, pero allí estaban…. ellas. (Como siempre a lo largo de la historia –desde el neolítico– la mujer llana no va a la guerra, pero si la buscan la encuentran). Y en Tortosa salieron precisamente las mujeres llanas a defender a sus hijos y sus casas, y con las armas que encontraron, principalmente hachas, de carpintero, de carnicero, subieron a las murallas, defendieron las puertas, y pechos contra pechos, hachas contra espadas, gritos de rabia no de terror, esas madres y esposas y prometidas y casaderas destrozaron al que ahora era invasor.
Era el año 1149, y, a su regreso, el conde, sorprendido y agradecido, creó la Orden del Hacha, que no sólo reconocía el valor de las combatientes sino que les concedía ciertos privilegios: exención de impuestos sobre alhajas, derecho a preceder a sus maridos en actos públicos y a lucir un hacha roja en sus vestidos como emblema de la valentía demostrada.

Como dijimos, puedes ir a Tortosa y en su catedral verás ese emblema que no deja olvidar la valentía.
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Por supuesto no hay que esforzarse mucho para hallar más guerreras de leyenda. Esta vez se nos presenta una en Galicia, para ser exactos en A Coruña, y no combatiendo al Islam sino a los ingleses: María Pita, cuyo nombre completo era María Mayor Fernández de Cámara y Pita. Y fue la heroína mayor (lo dice su nombre de pila), o que al menos dejó más información, porque hubo muchas mujeres, por no decir todas, que tomaron parte activa en la defensa de la ciudad en aquel mayo de 1589, durante el ataque de la Contraarmada inglesa (así se la llamó) dirigida por Francis Drake.
¿Quién fue María Pita?
María nació hacia 1565[2] en Sigrás (hoy Cambre, A Coruña). Por supuesto no era militar sino una simple comerciante vecina de A Coruña, casada y con hijos, aunque no hay datos de ellos.
En 1589, una mañana primaveral –polen en el aire, vencejos y golondrinas en vuelos acrobáticos, abejas zumbando, murmullo del viento, parejillas mirándose– los coruñeses se despertaron para toparse con la flota inglesa frente a sus costas.
Tras el fracaso de la Armada Invencible enviada por Felipe II, Elizabeth I, reina de Inglaterra, decidió contraatacar (de allí el nombre de Contraarmada).

Comandada por Sir Francis Drake, la flota sitió A Coruña por mar y Sir John Norris (o Norreys) dirigió el desembarco y el asedio por tierra, incluyendo el intento de tomar la Ciudad Alta.
Los coruñeses se defendieron con uñas y dientes, como suele decirse, y no sólo los coruñeses, sino también las coruñesas, que, como solía pasar entonces (y seguramente también hoy) eran de armas tomar cuando veían a sus hijos y su vida cotidiana en peligro.
¿Y qué armas tomaron, porque no eran parte del ejército?
Las que pudieron, arcabuces y mosquetes, lanzas y picas, espadas y dagas que recogían de los soldados muertos o que ya no podían continuar luchando, y las que no pudieron conseguir esas armas recurrieron a las piedras, palos, cuchillos, herramientas, agua hirviendo arrojada desde las murallas. (Esto recuerda a la defensa de Buenos Aires, Virreinato del Río de la Plata, de la invasión inglesa de 1806). Además, la que no disparaba o lanceaba o apaleaba al enemigo, transportaba pólvora y munición a los puntos necesarios, atendía heridos, llevaba agua. Una participación absoluta, tanto combatiente como logística.
Y en esa defensa con uñas y dientes destacó María Pita (también lo hizo Inés de Ben, la heroína olvidada porque no dejó rastros de sus hazañas).
¿Qué hizo María a sus veinticuatro añitos para que ahora, casi quinientos años después, estés leyendo sobre ella?
Viendo a su marido muerto, cogió su lanza y entró en batalla. Vio que en lo alto de la muralla un orgulloso alférez inglés blandía la bandera de su unidad. Y allí que llegaron María y su lanza: se deshizo del inglés, o sea lo mató, le arrebató la bandera y comenzó a gritar “¡Quien tenga honra, que me siga!”.

El hecho desmoralizó a los atacantes y contribuyó de forma decisiva a frenar la invasión.
A Coruña libre, María Pita presentó Memoriales al Consejo de Guerra solicitando alguna recompensa por sus servicios, que le fue concedida: pensión vitalicia (500 maravedíes, unos 400 euros, cantidad modesta pero útil), exención de impuestos, título de Hija Benemérita, autorización para abrir un estanco de tabaco y otros productos, y reconocimiento militar como defensora de la ciudad.

Su vida continuó allí, en A Coruña, que la reconoció heroína. Se casó cuatro veces, la primera a los dieciséis años (dos hijos), la segunda, el año de la invasión (un hijo), la tercera a los treinta (una hija), la cuarta a los cuarenta (ningún hijo). Sobrevivió a todos sus maridos y murió en Sigrás a los ochenta años (1643), longeva, longeva para la época (esperanza de vida entonces 50/60 años).
Como sucedía en esa época, no hay imágenes de ella, sin embargo en el siglo XIX, Antonio Cortinas se atrevió a pintarla y ya en 1998 (sí cuatro siglos más tarde), el escultor Xosé Castiñeiras realizó en bronce la escultura que puedes ver en la plaza que desde hacía más de un siglo (1895) llevaba su nombre: Praza de María Pita.
Nota: las ilustraciones están realizadas con IA o proceden de Creative Commons.
Próxima entrega: Mujeres Españolas: Guerreras y Conquistadoras (3)
Guerreras de Leyenda (3ª parte)
[1] Curiosidad: Estudio estadístico llevado a cabo en EE.UU. recientemente indica que lo que más atrae a la mujer del hombre es su voz, y al hombre de la mujer, su pelo.
[2] Otro detalle: No había registros en esa época, ni en las iglesias al bautizar; eso comienza a partir del Concilio de Trento en 1563, y llevó tiempo para que se impusiera la costumbre.

