Tanto en el Flamenco como en los Toros se viene aplicando aquello “De casta le viene al galgo”. En Joselito se cumplió a rajatabla. Creo no exagerar
– es opinión generalizada – si digo que Joselito ha sido el mejor torero de todos los tiempos. Me causa un respeto imponente y – hasta cierto sentido – no menos miedo escribir sobre este inolvidable torero andaluz que simboliza toda la tauromaquia.
Es fácil admitir que yo no vi torear ni a Joselito ni a Belmonte; sin embargo, siento en lo más profundo del alma lo que ellos eran y representaban: ambos fueron dos colosos del toreo que compartieron tardes gloriosas de triunfos taurinos. José, también llamado en los carteles “El Gallo” o “Gallito Chico”, tiene ascendencia taurina por varias vías familiares: es hijo menor del gran torero Fernando Gómez “El Gallo” (1847 – 1897), que se puede
considerar como el creador de la “gallera” más famosa del orbe taurino, y de Gabriela Ortega, ilustre apellido en el campo flamenco. Es hermano de los grandes toreros Rafael “El Gallo” y Fernando Gómez Ortega. Por tanto, Joselito, nacido en Gelves (Sevilla), el 8 de mayo de 1895, hijo de padre torero, hermano de toreros, fue, porque no podía ser otra cosa, matador de toros.
El 19 de abril de 1908, cuando todavía tenía doce años, vistió por primera vez el traje de luces en Jerez de la Frontera con José Puerta “Pepete” y José Gárate “Limeño”. En todos los cafés taurinos de Sevilla sólo se hablaba de un “torero que todo lo hacía bien”. En este sentido, hemos leído que “… lanceaba de capa con gran elegancia, prodigando los quites con tal variedad que cada uno era distinto. Con las banderillas era de una soltura y de
una brillantez que resistía la comparación con cualquier banderillero por bueno que fuera. Con la muleta dominaba a los toros con una maestría sorprendente, dejándolos ideales para torearlos. Aunque no era un clásico con el acero, como Mazzantini o el Algabeño, cuando llegaba
el momento sabía colocar la estocada en todo lo alto, y cuando estaba en plena vena de aciertos practicaba muy lucidamente la suerte de recibir”,
cfr. “Tauromaquia fundamental”, pág. 45 (Sevilla, 1974). Sin embargo, se dice que lo que más admiraba la gente que lo había visto torear era la intuición tan portentosa que poseía para conocer a los toros y darles la lidia adecuada. Y lo que más llamaba la atención era que esa capacidad la poseía siendo
casi un niño, cuando, por lo general, esa “intuición/don” se adquiere tras muchos años de matador de toros.
La llegada al toreo de Joselito significó para toda la afición un revulsivo muy poderoso, que complementado Juan Belmonte (1892 -1962) adquiriría el nombre de la “Edad de Oro” de la tauromaquia, una especie de remedo del “Siglo de Oro” de la Literatura Española y -¡como no! – el “Siglo de Oro”
del Flamenco que se encuadra en la segunda mitad del siglo XIX. De nuevo, la fiesta alcanzó pasión en el público y pasión en los mismos toreros. Los tendidos se llenaban de una muchedumbre de cada bando dispuesta a dar lo que fuera por el triunfo de su diestro preferido. La rivalidad y competencia llegó a su momento crucial. Belmontistas y Joselistas la mantenían en la calle, en los cafés, etc., como no se había conocido. Los intelectuales – Valle
Inclán, Pérez de Ayala, Julio Romero de Torres, Sebastián Miranda – se hacen decididamente belmontistas. En cambio, los grandes potentados
andaluces y los aficionados antiguos eran de Jośe Gómez Ortega “JOSELITO”.
Pero todo no es gloria en esta vida: Tempus fugit – como dejó escrito Horacio – y las penas e inquietudes se iban acumulando en el torero sevillano: la muerte de su madre, a quien adoraba, le llevó, en un arrebato de expansión sentimental, a pedirle a su gran amigo José María Cossío que le acompañara
a todas las corridas que le fuera posible. Por otra parte, los públicos, “… por ese placer de hacer figuras para luego deshacerlas, se muestran contrarios a Belmonte y sobre todo a él, porque no podían resistir esa continuada lucha de éxitos”, cfr. Op. cit, pág. 53. La Historia, “mater vitae”, se viene repitiendo no sólo en los toros, el flamenco, artes plásticas…, sino en el desarrollo evolutivo de la humanidad, tal como nos lo ha descrito Oswaldo Spengler
(1880 -1936) en su célebre obra “La decadencia de Occidente” (Munich, 1918): Los ciclos históricos se repiten.
Pues bien, el 15 de mayo de 1920, el público está brutalmente duro con los dos colosos, hasta el punto de que Joselito propone a Belmonte alejarse, por algún tiempo, de la plaza de Madrid. Y según referencias orales, parece que Juan estaba decidido a hacerle caso, pero… al día siguiente está la tarde del 16 de Mayo, “la tarde de Talavera…”, como cantarían los poetas. Joselito iba contento al coso de Talavera de la Reina (Toledo), que había
sido inaugurado precisamente por su padre y él tenía verdaderos deseos de torear allí. Se trataba de un mano a mano con su cuñado Ignacio Sánchez Mejías, para torear seis toros de la viuda Ortega. En el cuarto toro, tanto Joselito como Ignacio realizan un tercio de banderillas admirable. Triste, pero cierto: ¡serían las últimas ovaciones que oiría GALLITO en su vida!.
Y salió el quinto, de nombre “Bailaor”, no de mucho peso, pero con ese sentido que le da a los toros el tener cumplidos los cinco años. Bailaor, que era “burriciego” – toro que no ve los objetos de cerca – cogiendo al maestro por una pierna se lo pasó al otro pitón y lo hundió en el vientre hasta la cepa. El famoso crítico taurino Gregorio Corrochano, uno de los pocos críticos presentes en la tragedia de Talavera, pone fin a su libro “¿Qué es torear?” con
esta pregunta: “¿Qué es torear? No lo sé; yo creía que lo sabía Joselito y un toro lo mató en Talavera”. Poesía, Copla y Cante se unieron para ensalzar y recordar la inmortal figura de la tauromaquia, José Gómez Ortega “Gallito”. Los toreros muertos adquieren categoría mítica, legendaria, casi fabulosa. “La musa popular los exalta y los recuerda, canta sus hazañas, a veces de una forma tan ingenua, que solamente el fatal motivo arranca de nuestros
labios la sonrisa”, como leemos en “Cancionero Popular Taurino”, pág. 127 (Ed. Taurus, 1963): “En Talavera / te lloran los gitanos / por ser quien eras. / También llora Sevilla / y España entera”. // Gitanos de Talavera, / ¿cómo ha podido ocurrir / que el torero Joselito / tuviera tan triste fin?. // En lo alto de la Giralda / crespones negros han puesto, / porque ha muerto Joselito, / el mejor de los toreros . // El toro que al gran Gallito / mató en trágica refriega / se llamaba “Bailaor”, / de la vacada de Ortega”. // Linares y Talavera / se llevaron dos toreros / que llora la España entera” (Soleares, Tientos,
Caña…). Próximo artículo: “La muerte en el flamenco y los toros”.

