Portada » Fanatismo para justificar el dolor
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El mundo arde en nombre de un susurro antiguo,
de un dios pronunciado con labios de hierro,
de una verdad única, cerrada, absoluta,
que no admite preguntas ni espejos.


Se alzan plegarias como muros de piedra,
no como puentes tendidos al otro,
y en cada palabra sagrada mal usada
late un latido roto.


Hay manos que rezan y luego señalan,
ojos que juzgan envueltos en fe,
y un cielo que llora, cansado de guerras
que nunca pidió sostener.


¿Qué dios necesita sangre en su nombre?
¿Qué luz se alimenta de tanto dolor?
Si el alma se eleva, ¿por qué se encadena
al odio, al miedo, al rencor?


Las voces del mundo, diversas, humanas,
son ríos que buscan un mismo mar,
pero hay quienes ciegan sus cauces abiertos
por miedo a escuchar.


Y mientras, la tierra (tan vieja, tan sabia)
observa en silencio este error:
confundir lo eterno, lo libre, lo inmenso,
con jaulas de fe y de fervor.


Ojalá algún día las manos se encuentren
sin dogmas que impidan tocar,
y el nombre de Dios , sea cual sea,
no vuelva a servir para matar.

Ana Martínez (Wércal)

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