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EL ÚLTIMO VERANO DE SIEMPRE

El último verano de siempre, de Javier Serra, retrata con ironía y crudeza un verano de 2026 marcado por sequías extremas, ríos exhaustos y temperaturas récord. Una distopía climática inquietantemente cercana que convierte el presente en la antesala de un futuro que preferimos ignorar.

Javier Serra

Javier Serra

Acercaos al fuego del bidón, niños, y dejad de intentar cazar esa rata. Hoy quiero contaros un cuento. No, no es el de Caperucita, porque apenas quedan lobos. Nos los comimos cuando se acabaron las latas de conserva. Hoy voy a hablaros de cómo empezó todo esto. De cuando el planeta nos mandó el aviso definitivo de desahucio y nosotros optamos por hacer scroll infinito tras echarnos al coleto otra ronda de cervezas.

Corría el verano de 2026. Quienes influían en la población, guardaban su dinero en paraísos fiscales y contaban con chalés o áticos con aire acondicionado lo bautizaron con un cinismo enternecedor como “el verano de siempre”. Pero de siempre no tenía nada, mis queridos nietos. Aquel fue el primer verano del fin del mundo.

Aquel año, una inusual dorsal africana se instaló cómodamente sobre Europa Occidental y Central durante casi todo el verano, como un turista de pulsera de todo incluido que se niega a abandonar su tumbona. Las bajas presiones empezaron a circular por el norte del continente, dejando las precipitaciones en latitudes muy lejanas. El resultado fue que casi la mitad del territorio de la Unión Europea y el Reino Unido entró en nivel de alerta por un déficit crítico de humedad en la tierra. Básicamente, Europa occidental se convirtió en una inmensa tostada reseca.

Pero a la humanidad, anestesiada por consignas negacionistas y bailes de TikTok, aquello le sonaba a un aburrido documental de sobremesa. Hasta que las arterias de Europa empezaron a infartar. Innumerables ríos, gigantes fluviales como el Ródano, el Loira, el Po, el Rin, el Danubio, el Dniéper o el Volga, quedaron reducidos a un caudal más propio de un llanto, batiendo récords históricos a la baja.

Uno de los orgullos germánicos, su preciado Rin, se quedó en los huesos. El famoso paso clave de Kaub registró una caída libre hasta los 18-24 centímetros de profundidad, destrozando el récord mínimo anterior de 25 cm en 2018. Las maravillosas barcazas comerciales, motor logístico del país, necesitaban un calado mínimo de 150 centímetros para operar a plena capacidad. Con aquellas cotas ridículas, la carga máxima se desplomó a menos del 25-30%. ¿El resultado? El precio de las mercancías se disparó hasta la estratosfera. Pero, eh, la mano invisible del mercado seguro que lo arreglaba todo, ¿verdad?

Nuestros vecinos galos registraron la cosecha de maíz más baja de los últimos 50 años a causa de las drásticas restricciones de regadío y al secado del suelo profundo. Por si fuera poco, hasta 1.373 ríos franceses entraron en estado crítico, secándose por completo o mostrando un caudal discontinuo. Jamás se había visto semejante sequía. Se acabaron las palomitas para presenciar el apocalipsis en primera fila.

Los antiguos romanos salaban la tierra de sus enemigos derrotados para que no creciera nada. Los italianos del siglo XXI sufrieron una venganza climática similar. La falta de caudal dulce en la desembocadura del río Po provocó una intrusión salina brutal: el agua del mar Adriático avanzó más de 20 kilómetros río arriba, arruinando y salinizando los acuíferos destinados al uso agrícola. Ni Calígula lo hubiera planeado mejor.

Los británicos, habituados a frecuentes chaparrones, registraron el mes de julio más seco desde que empezaron a tomar nota en 1836, con una miseria de 6,5 milímetros de lluvia. El 2026 se coronó como uno de los cinco años más secos desde 1906. Más del 40% de la población sufrió restricciones de uso no esencial de agua. Y como curiosidad tragicómica, el nacimiento natural del legendario río Támesis se secó por completo, provocando que la cabecera activa del río comenzara más de 8 kilómetros cauce abajo. Hasta el río intentaba huir del calor anglosajón.

A pesar del impacto climático y la asfixia económica, la reacción de nuestros preclaros líderes mundiales fue la habitual: discursos vacíos, cumbres climáticas regadas con champán y viajes en jets privados que emitían más CO2 que todos los áticos de lujo de Madrid en un año.

En nuestras Islas Baleares, aquel fatídico mes de julio cerró con una anomalía térmica de +2,9°C, la más alta jamás registrada desde que la AEMET empezó a recopilar datos en 1961. Muchos no fuimos conscientes del significado del dato. Por suerte, ahí estaba la ciencia para traducirlo: basándose en el estudio de Foster y Rahmstorf publicado en 2025 sobre la aceleración del cambio climático, esa temperatura era el equivalente exacto a un verano propio del año 2060.

Nos adelantaron el futuro 34 años de golpe, como un paquete bomba enviado por mensajería urgente, pero nosotros nos limitamos a quejarnos de que el aire acondicionado no enfriaba lo suficiente y de que había muchos turistas en la calle, por descontado tras regresar de (¡las nuestras sí!) merecidas vacaciones fuera de las islas.

Aquel 2026 fue la advertencia definitiva de que mirar hacia otro lado ya no era una opción. Revertir el daño ya era imposible; solo quedaba el consuelo de ser capaces de mitigar los efectos del cambio climático antropogénico. Pero la sociedad del momento, atrapada en su vanidad de cristal y su narcisismo ciego, prefirió seguir jaleando a sus ídolos de barro.

Y así fue, niños, cómo permitimos que los ríos de Europa se convirtieran en caminos de polvo y nuestra opulenta sociedad acabara desmoronándose. Mañana os hablaré de los incendios devastadores que siguieron a aquella época, pero ahora apuraos esa ración de insectos deshidratados, que se hace de noche y el viento tóxico no tardará en soplar.

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