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EL DURIAN

DURIAN

En el número del pasado marzo, decía en mis Páginas Verdes que en los próximos artículos, me iba a referir a los frutos raros de la enigmática, a veces inescrutable flora asiática, donde la mayoría de los frutos tropicales conocidos y producidos hoy en todos los continentes, tuvieron su origen en aquellos países del Lejano Oriente.

Y traigo hoy el Durian, un fruto secular,  extraño y polémico  que ha venido llamado  la atención de cuantos viajeros acudieron a Malasia -de donde es originario-, o a Filipinas o Tailandia donde actualmente se produce. Sobra decir que en el este asiático este fruto goza de la devoción de los consumidores, considerando su comida una de las excelencias gastronómicas sea cual fuere la forma de prepararlo.

Pero he de empezar por su excepcional, pero extraña característica: su pestilente olor, que le hace rechazable antes de encontrarse con el fruto.  Y es que a muchos metros de distancia, su extraño perfume, -similar a los huevos podridos- denuncia su cercanía. Ese repugnante olor se debe a un gas que su corteza desprende parecido al ácido sulfhídrico, que se acentúa a medida que aumenta la maduración del fruto.

Transmitir al lector la repugnancia de su repelente olor no es tarea fácil, pero será suficiente decir, que las líneas aéreas tienen prohibida su carga en las bodegas, porque su desagradable “perfume” se desplaza hasta la cabina de los pasajeros haciéndoles insufrible el viaje… Merece recordar una anécdota cuando por primera vez hice una importación desde Indonesia, cuyo único palé de Durian se lo llevó un prestigioso establecimiento alimentario; una vez que tuvieron expuesta la fruta al público, hubo de personarse sanidad para clausurar todos los retretes, hasta darse cuenta que los olores no venían de los impecables servicios, y que los producía aquel fruto raro que había venido del Lejano Oriente… (El tal establecimiento no volvió a comprar Durian nunca jamás).

Otra característica que merece destacarse es su monumental tamaño superior a veces a una cabeza humana, con un peso que puede alcanzar de 8 a 30 kilos.  Por si no fuera suficiente, su durísima corteza está rodeada de gruesas púas, fuertes y agudas en forma de pincho que resultan muy peligrosas cuando el fruto está colgado de la rama que lo sostiene. Su nombre «durian» proviene del idioma malayo que significa «pincho».  Considerando que el árbol donde se produce tiene una altura superior a 20 metros, el riesgo que corre quien trabaja debajo de él es previsible y para evitarlo rodean los troncos de una malla protectora, impidiendo que la caída de un fruto pueda lesionar a cualquier operario.  La caída del fruto es inevitable, porque debido a su gran peso se desprende con gran facilidad cuando alcanza la madurez, por lo que es en la misma malla donde se hace la recolección.

El sabor del fruto también es polémico, pues mientras los asiáticos aseguran que tiene un gusto delicioso, algunos europeos lo rechazan inmediatamente aduciendo que su sabor les recuerda a las cebollas podridas, tal vez influenciados por su penetrante olor. (Yo me permito decir, que es una de las más deliciosas frutas del trópico y el arilo que contiene la pulpa, es una mezcla de sabores entre caramelo, crema y fresa, que hace olvidar de inmediato sus detestables olores).

La expansión de la especie está muy limitada y fuera de Malasia, Filipinas, Polinesia y la India, no es fácil encontrar el fruto. Dichas limitaciones que evitan su difusión son: de una parte por el olor del fruto que hace complicado su comercio,  y de otra,  las dificultades de crecimiento de la especie que no ha conseguido adaptarse en África y América donde desde hace muchos años se ha venido intentado, aunque actualmente prospera ya algún ejemplar en alguna zona de Suramérica…