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AVENTURA EN SENEGAL

Aventura en Senegal, de Ana María López Expósito, narra el primer día de clase de una niña en Saint Louis, entre nuevos idiomas, amistades, baobabs y el descubrimiento de otra cultura.

Senegal

Nunca olvidaré el curso escolar cuando trasladaron a mi padre a Senegal, concretamente a la ciudad de Saint Louis. El verano había finalizado. Las tardes de juegos, las visitas a los parques acuáticos, la playa y las noches sin desasosiego quedaban en otro continente. Me preparaba para mi primer día de clase. No lo voy a negar, estaba bastante nerviosa.

La empresa de mi padre nos había asignado una casa grande a las afueras de la ciudad, rodeada de árboles que no había visto nunca. Revisé la maleta, coloqué mis ropas y por último saqué los libros con cuidado, leyendo despacio los títulos: Persépolis, El lazarillo de Tormes, Amanda Black, Momo y El mundo de Sofía, e introduje este último en la mochila, la noche anterior. Llené el estuche con lápices nuevos que compré antes de partir para Senegal con la intención de motivarme; alineé una caja de rotuladores de veinticuatro colores y afilé los lápices, tratando de dejar todo en perfecto orden para el día siguiente. La sensación del material escolar nuevo siempre me daba una extraña alegría. Sin embargo, al mismo tiempo, una pequeña preocupación se filtraba en mi mente: ¿Sería difícil el nuevo curso en un país desconocido? ¿Me llevaría bien con todos?

La mañana llegó rápido. Un pájaro con el pecho, la cola y el rostro azul me despertó temprano, se posó sobre las ramas de un baobab que daba a mi habitación; nunca había visto un pájaro así, un mes después supe que se trataba del azulito de Senegal. El día comenzó temprano, con los niños caminando hacia la escuela, algunos descalzos, pero con una energía contagiosa.

El maestro, iba vestido con una larga túnica azul, un hombre sabio que hablaba wolof, me dio la bienvenida en su idioma, en inglés y francés. A su lado, un grupo de niños me saludaron tímidamente. Aunque éramos de culturas distintas, el entusiasmo por aprender nos unía. La escuela era sencilla, con paredes de adobe y techos de chapa, pero acogedora. Al entrar al aula, noté que había pizarras de tiza y pupitres de madera desgastada, pero lo que más me llamó la atención fue el respeto que todos mostraban hacia los maestros, impensable que un alumno contestase con malos modales a su profesor. Muchos hablaban wolof, el idioma más común en Senegal, aunque también escuché francés. Los maestros eran estrictos, pero a la vez afectuosos. En medio de la clase, escuchábamos los sonidos de la naturaleza, los azules de Senegal no paraban de cantar, sentí que me estaban dando la bienvenida; el viento moviendo las hojas de las acacias, y de vez en cuando, el murmullo de la vida cotidiana. El profesor, comenzó la clase con una oración y luego nos enseñaba la historia y geografía del país. A pesar de las diferencias culturales y del idioma, descubrí que los desafíos y alegrías de aprender son universales.

Un momento que siempre recordaré fue el recreo. Allí conocí a Tíbili, un niño que debía tener más o menos mi edad; se acercó y me estrechó la mano, al tiempo que dijo en voz alta: «me gustaría ser tu amigo, puedo ser tu guía y enseñarte muchas de nuestras costumbres; me gustaría aprender algunas palabras en español». Le estreché la mano e hicimos un pacto. De él aprendí a leer en el cielo. También probé por primera vez un bocadillo de yuca y tamarindo, que mi reciente amigo quiso compartir conmigo.

El día pasó rápido entre risas, reencuentros y la lluvia de horarios y normas. Y cuando sonó el timbre, supe que, a pesar de las dudas y los nervios, este sería un gran año. Fue el inicio de una aventura educativa y cultural que siempre llevaré en el corazón.

Al final del día, con la mochila al hombro, caminaba hacia casa; las sombras se cernían sobre el sendero que atravesaba un bosque de baobabs. De repente, apareció una anciana haciéndome una reverencia al tiempo que me dijo: no te asustes, es el viento que canta, pasa y siéntate entre las cuerdas del violín, tengo té y compota de tamarindo. Te invito…si me regalas un sueño.

Ana María López Expósito

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