A veces pienso que el hombre es una memoria viviente. Hoy, cuando intento confeccionar el perfil biográfico de Carlos Arruza, acuden a mi mente aquellos célebres cromos de toreros con los que nos divertíamos los entristecidos niños de la cruel y aborrecida guerra civil española (1936 -1939). La memoria de Sánchez Mejías y Joselito ya estaban, por desgracia, sepultadas en la cuneta del olvido. Dos figuras sobresalientes de la torería ocupaban la atención de la empobrecida España: Manolete y Arruza, el torero mexicano que venía a trazar un puente, un tracto sucesivo de ocho años entre 1936 y 1944. Esos ocho años quedaban borrados de un plumazo al pisar Carlos Arruza el ruedo madrileño acompañado de Antonio Bienvenida y Morenito de Talavera, para lidiar reses de Muriel, tal como leemos en “Tauromaquia Fundamental”, pág. 136 (Universidad de Sevilla, 1974). Esta famosa corrida tuvo lugar el 18 de julio de 1944, en la Plaza de las Ventas de la capital de España.
“Carlos Arruza” es el nombre artístico de Carlos Ruiz Camino, nacido en México el 17 de diciembre de 1920, y tomó la alternativa en México el 1 de diciembre de 1940, siendo su padrino Armillita Chico y en presencia de Francisco Gorráez, en la plaza El Toreo mexicana; el toro “Oncito” de Piedras Negras le hirió al entrar a matar. Después se marchó a Portugal, dado que poco tenía hacer en tierras aztecas, donde toreó sólo cuatro corridas. Pero las inexplicables circunstancias de la vida cambiarían totalmente el destino de Arruza: durante aquellos días se firmó el convenio taurino español-mexicano e hizo que se deseara que inmediatamente un torero de aquellas tierras se presentase en Madrid en corrida extraordinaria. El destino quiso que el ya casi olvidado Carlos Arruza – que se encontraba en Lisboa- hiciese el paseillo en aquella corrida de la reconciliación. Los periódicos, con grandes titulares, alardeaban el triunfo de Arruza, el primer espada mejicano que en España se había presentado desde el año 1936. El propio torero, en lugar de envanecerse con tantos elogios, procuró aprender de Manolete, que era la figura indiscutible de España, todo lo bueno que el toreo del cordobés llevaba consigo. Se hizo muy amigo – nada de rival, según algunos – de Manolete, y no regateó sus elogios hacia el torero cordobés, antes y después de la tragedia de Linares (1947). Carlos Arruza, en sólo un año, sumó ciento ocho corridas, intentando brotar la emoción en cada una de sus actuaciones. Una vez retirado como diestro a la usanza española, Arruza se retiró a un rancho fuera de la ciudad de México en 1953, pero regresó a los ruedos como rejoneador. Su galanura le llevó a actuar en dos películas mexicanas acerca de los toros, y participar (1960) en la película clásica “El älamo”, de John Wayne. Su vida se plasmó en un documental (1971). Murió, a causa de un gravísimo accidente de circulación, en Toluca de Lerdo (México), el 20 de mayo de 1966.
Cuanto más reflexiono, estimados lectores de GRANADA COSTA, sobre la similitud entre “Flamenco y Toros”, mas convencido me siento de esta tradicional y reconocida afinidad artística. Por eso en este artículo, dedicado a Carlos Arruza, quiero servirme del testimonio de célebres cantaores sobre este propósito. Y así, Manuel Vallejo (1891 – 1960) dijo: “He sido gran aficionado a los toros, pero a los toros de ayer. Mi arte lo traduce en los toros la figura de Gallito por ser torero bueno, dominador y serio. ¿Qué más puedo decirle?. La jondura flamenca está presente lo mismo en los toros que en el cante. Casi todos los flamencos somos aficionados a las corridas y casi todos somos amigos de los toreros, los que a su vez gustan horrores del cante. El toreo – como el cante – también puede dividirse en “corto y largo”,cfr. “Revista Candil”, núm. 67, pág. 304.
En la misma revista se recoge la opinión que Juan Valderrama (1916 – 2004) dió a don Anselmo González Climent, el más profundo y extenso flamencólogo de su época, sobre esta relación de identidad: “ Veo – dijo – perfectamente razonable el parentesco espiritual entre cante, toros y baile. Yo quisiera compararme con Pepe Luís Vázquez por ser sabio y tener duendes. Manuel Torre tenía la misma divina desigualdad que Rafael Gómez “El Gallo”. Chacón estaba más cerca de Joselito”. Y Pepe Marchena (1903 – 1976) opinaba que “…Estoy de acuerdo en que existe unidad entre cante y toros. Gitanillo de Triana es igual al martinete de fragua, torero seco y gitano. El espectador de toros se emociona estéticamente igual escuchando martinetes. Pepe Luís Vázquez y Manolo González traducen el cante sevillano, alegre pero magnífico y majestuoso”, Revista “Candil”, núm. 66.
José Torres Garzón “PEPE PINTO” (1903 – 1968) se expresó en estos términos: “Lo más importante que hay en España son los toros y el cante. Es una misma misa, una misma religión. El “olé· grande solamente lo piden el toreo y el cante jondo. Mi cante es una mezcolanza de Pepe Luís Vázquez y Chicuelo. Mi mujer (Pastora Pavón “Niña de los Peines”) es la suma de Belmonte, Joselito y Manolete. En los toros hasta los problemas de estilo son parecidos a los del cante flamenco. Pongo por caso que si hay un tipo de toreo valiente pero escaso de arte, lo mismo le pasa a cientos de cantaores”, cfr. R. Candil, núm. 66, pág. 255.
No podía faltar aquí la opinión de uno de los más grandes, excelsos y flamencos guitarristas como lo fue Manuel Serrapí Sánchez “NIÑO RICARDO” (1904 – 1972) quien afirmó:: “Porque lo entiendo de sobra, acepto la relación de toros, cante y baile. Me declaro tan aficionado a la Fiesta que no me pierdo ni siquiera una charlotada. Lo mío personal lo veo en Manolete, en Pepe Luís Vázquez, y lo máximo en Chicuelo, por su refinamiento y su capacidad de inventar”.
Desde siempre vengo diciendo que el Flamenco lo conforma una trilogía – Cante, Baile y Toque – y he manifestado, asimismo, algunas expresiones de cantaores y guitarristas sobre esta afinidad entre Flamenco y Toros.
Ahora, digamos, al menos, la opinión de un bailaor, Alejandro Vega: “Creo de buen grado en la relación triangular de toros, cante y baile. Yo voy a los toros a ver las actitudes de los toreros, actitudes que me prestan un sinfín de sugerencias que luego traspaso al escenario. Veo más a los toreros como bailaores que como diestros. Ese es mi concepto. Me consta que muchos críticos y aficionados se quejan justamente de que la tauromaquia actual tiende al baile y que esa ostentación es peligrosa para la fiesta. Yo lo entiendo perfectamente. Pero es que lo mío es un asunto muy personal en el que los demás no pueden participar, ya que no les guía mi intención. En Andalucía se da a espuertas la gracia de los movimientos. Ya no es problema de mero valor. Es cuestión de gracia íntima. Todo el prólogo que antecede a un excelente par de banderillas es una verdadera composición coreográfica. Vamos, desde el paseillo – ¡bien hecho! – da gloria ver esa sal especial que tiene el andaluz. De los modernos, hago especial mención de Antonio Ordoñez, le sobra garbo y valor”. ¡Qué bien definió Rafael Alberti (1902 -1999) el Cante Flamenco:
ESE TORO EN LAS VENAS
QUE TIENE MI GENTE.

