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Marcelino Arellano

Marcelino Arellano Alabarces Palma de Mallorca

El poema “Luna nueva”, escrito por Marcelino Arellano Alabarces, propone una escena ritual y simbólica donde lo erótico aparece envuelto en mito, naturaleza y costumbre ancestral. Con un lenguaje rico en imágenes —almeces, azogue sobre la hierba, bayas “desconocidas”, enebros y ortigas— el autor recrea una aldea que se prepara para un ciclo de fecundidad: vestales, hechiceras y muchachas casaderas entran en un tiempo ceremonial marcado por las estaciones. El poema, escrito por Marcelino Arellano, no busca el erotismo inmediato, sino una sensualidad de raíz arcaica, casi etnográfica, donde el cuerpo se integra en un rito comunitario y la noche se carga de presagios, música, vino de moras y danzas. Esa mezcla de misterio, tradición y deseo convierte el texto en una alegoría sobre el paso a la experiencia, la fertilidad y la continuidad de la vida.

Para contextualizar esta voz, Marcelino Arellano Alabarces nació en Ítrabo y emigró en su adolescencia a Palma de Mallorca, donde se convirtió en un incansable promotor cultural. Fundó y dirigió revistas literarias como Sa Roqueta y, y ha desarrollado una obra amplia, con títulos dedicados a su pueblo natal y numerosos poemarios. Dentro del Proyecto Global de Cultura Granada Costa, al que se unió en 1999, ha sido Coordinador de Cultura en Palma de Mallorca y colaborador habitual del periódico. Entre sus distinciones destacan la Medalla de Oro al Trabajo Cultural, el Premio Sócrates, el Premio Humanidades de las Letras (2024) y la Estrella de Oro Miguel de Cervantes (2025), Eco de las Leyendas (2026).

LUNA NUEVA

Esta noche habrá luna llena, sobre los almeces,
y será la hora propicia para las vestales.
Habrá azogue sobre la yerba candente
y los hados fecundarán a las mozas.

Las mozas de la aldea prepararán sus enaguas
y recolectan bayas desconocidas para los profanos.
Se lavan con gasas de algodón perfumados
la piel candeal de sus núbiles pechos.

Las hechiceras de la aldea vestidas de negro
van al bosque a buscar enebros y ortigas secas,
que mesturarán con lluvia de primavera
para lavar el pubis de las muchachas.

Esperan que pase el verano y llegue otoño,
tiempo propicio de fecundaciones,
las mozas casaderas de la aldea esperan
con ansiedad de costumbres ser fecundadas.

Esa noche, sí, ya es otoño y las cornejas
lanzan sus graznidos avisando del momento.
Es la hora aciaga de que las muchachas estén preparadas
y empiecen como un rito a depilar sus pubis.

Todo está preparado. Una de las hechiceras de cara arrugada
sostiene en sus manos el símbolo de la virginidad,
con la que penetrará a las mozas para comprobar
que son vírgenes y no han sido violadas por los faunos.

El vino de moras correrá sin descanso en la noche,
y danzarán desnudas sobre las primeras nieves de otoño.
Las parejas se han retirado a sus aposentos de luces
y gritos de placer corren por toda la aldea.

Las viejas del lugar arrimada al fuego
sonríen entre ellas mientras beben vino de moras,
al final de la primavera, crecerán frutos nuevos
y habrá que preparar nuevas vestales para otoño.

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