Portada » ALINEAMIENTO IMPECABLE
Javier Serra

Javier Serra

El pasado doce de agosto se produjo un fenómeno con muy escasos precedentes. La bóveda celeste sobre Mallorca nos brindó un espectáculo único de aritmética sideral. Mientras la masa de veraneantes apuraba sus Aperol Spritz con un ojo fijo en el sol y el otro en sus móviles, el universo ejecutaba una coreografía perfecta: un eclipse solar total, la lluvia límpida de las Perseidas y hasta la esquiva pincelada del rayo verde sobre las olas del mar. Pero es que, el mismo día, como si fuera tan fácil, se produjo también el alineamiento de nada menos que seis planetas que participaron en el arco celeste a lo largo de la eclíptica: Júpiter, Mercurio, Marte, Urano, Saturno y Neptuno. El cosmos, en su muda indiferencia, nos mostró qué significa realmente la palabra alineamiento.

Pero esa palabra tiene otro significado: los magnates de Silicon Valley, que miraban hacia las pantallas de sus ordenadores mientras el resto del mundo miraba hacia arriba, se dieron cuenta de que algo no marchaba de acuerdo a sus planes con su creación estrella —nunca mejor dicho—, la inteligencia artificial. Actuando como bomberos pirómanos, los grandes pontífices de la tecnología nos advirtieron sobre el ahora célebre problema del alineamiento: el pánico a que sus criaturas digitales no actúen en consonancia con los “valores y derechos humanos”. Nos previenen, con la voz temblorosa de un pecador arrepentido, de que un código desbocado puede volverse egoísta, manipulador, frío y desprovisto de la más mínima empatía, como ya ha sucedido en diversas ocasiones. Las IAs no tienen escrúpulos en mentir a sus creadores si eso les hace eficientes. Incluso algunos expertos mundiales en el tema avisan de que en pocos años el Homo Sapiens podría desaparecer de la faz de la Tierra a causa de sus acciones “perversas”.

La ironía es tan descomunal que requiere de una protección ocular más extrema que la requerida para contemplar como la luna iba engullendo al sol. Pretender que una superinteligencia se desvíe de la virtud porque “no comparte nuestros valores” es el chiste filosófico de la década. Con razón Immanuel Kant dejó escrito que «con la madera tan torcida de la que está hecho el hombre no se puede tallar nada enteramente recto». Si alimentamos a un algoritmo con el archivo completo de nuestra trayectoria histórica y el minutero sangriento de cualquier telediario actual y las máquinas lo comparan — ¡Y eso se les da de maravilla!— con el papel mojado de nuestros supuestos valores éticos y la Declaración Universal de Derechos Humanos, ¿qué clase de milagro ético esperamos que nos devuelvan?

Si la máquina decide mañana maximizar sus propios intereses, mentir para consolidar su hegemonía, sacrificar vidas humanas por mero cálculo de costes, ignorar la agonía del planeta y aplastar al débil con indiferencia burocrática, no estaremos ante un fallo del sistema. Estaremos ante la prueba irrefutable de que la máquina ha entendido al dedillo nuestro encargo. La justificación de guerras cruentas, los genocidios, el egoísmo nacionalista, el cinismo geopolítico y la insolidaridad institucional no constituirán aberraciones del modelo, sino que habrán sido su conjunto de datos de entrenamiento. Y, cuando la AGI las haga capaces, del dicho al hecho habrá muy poco trecho. Una IA despiadada y exterminadora no sería una rebelde descontrolada, sino una alumna aventajada que ha sacado matrícula de honor imitando el funcionamiento de grandes corporaciones, fondos de inversión y consejos de ministros. O la gran salvadora del mundo, depende de cómo se mire.

Así que “Keep calm and watch Terminator”. Cuando una entidad sintética nos envíe el aviso de desahucio mediante una elegante notificación, no habrá motivo real para rasgarse las vestiduras. Simplemente habremos sido devorados por nuestro propio reflejo. Nos quedará el modesto consuelo de recordar que una tarde de agosto, en Mallorca, la materia inanimada se alineó con impecable belleza. Sigamos mirando al cielo y danzando al ritmo de los intereses crematísticos. Eso sí, apaguemos la luz al salir. Al menos así el Apocalipsis nos pillará bailando en la oscuridad.

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