Portada » El relato como fuente de resiliencia
Captura de pantalla 2026-02-11 171509

Dra. Toñy Castillo

Cada niño/a construye dentro de sí una historia para responder a una pregunta aparentemente sencilla:

¿Quién soy yo?

 Situaré el tema en el aula hospitalaria. Porque el aula hospitalaria puede ser mucho más que un espacio donde continuar los aprendizajes escolares. Pero mi intervención puede aplicarse a cualquier entorno educativo o de orientación y seguimiento, ya que estos espacios pueden convertirse en:

Un lugar donde un niño/a vuelva a sentirse él o ella misma.

Un lugar donde pueda recuperar la palabra.

Un lugar donde pueda volver a confiar.

 Y, en determinadas circunstancias, un lugar donde pueda comenzar a reconstruir la historia que se cuenta sobre sí mismo. (Utilizaré el genérico para hacer más ágil la intervención, pero al referirme a niños estaré utilizado niños/as)

 Pero quiero comenzar este tema de otra manera… No con una definición. No con una estadística. Quiero comenzar con una historia.

 La Mariposa de Trapo

Había una vez, en un lugar ni muy lejano ni muy ajeno, una pequeña niña llamada Lucía que llevaba un cofre invisible colgado al cuello. En aquel cofre guardaba todo aquello que los adultos no podían o no querían ver: el temblor en sus manos cuando las voces se alzaban en su hogar, el crujido del miedo en el pasillo y el peso aplastante del silencio que sigue a la tempestad.

Lucía, había olvidado cómo hablar de lo que dolía. Cada vez que intentaba nombrar la culpa o el miedo, las palabras se atascaban en su garganta como piedras afiladas.Creía que la sombra que habitaba bajo su techo se alimentaba de su propia existencia y que ella era la responsable de que la luz de su vida se hubiera apagado. Un día, en un rincón de la escuela, Lucía encontró una mariposa de trapo cosida con retales de colores dispares. La mariposa no tenía voz, pero tenía alas gruesas y resistentes. Una educadora se acercó y le dijo suavemente: «Lucía, esta mariposa ha volado por bosques muy oscuros donde las ramas arañan y el viento ruge con rabia. Hoy está cansada y no sabe cómo contarme lo que vio.

Ese día, Lucía no habló de sí misma. Habló de la mariposa. Dijo que la mariposa tenía miedo de volver al bosque porque allí los árboles se convertían en gigantes amenazantes. Explicó que la mariposa se escondía bajo las hojas secas para no ser vista. Y por primera vez, en años, al nombrar el dolor del animal de trapo, la piedra afilada de su garganta se convirtió en una lágrima… y la lágrima, en el primer trazo de su propia libertad. 1. El eco del silencio y la reconstrucción de la palabra.

Hoy quiero hablarles de algo que no siempre podemos ver. No se ve en una radiografía. No aparece necesariamente en un informe médico. No siempre se manifiesta con una lágrima. Y, sin embargo, puede determinar profundamente la vida de un niño. Quiero hablarles del “relato interno”

El relato que acabo de compartirles no es una mera ficción literaria. Lucía tiene miles de nombres en cada rincón del mundo donde la infancia sufre la arremetida de la violencia. Está aprendiendo, muchas veces, una interpretación dolorosa de sí mismo.

Puede llegar a pensar: …No valgo. Es culpa mía. No debo hablar. No puedo confiar. Si me hago invisible, estaré más segura… Y aquí aparece una cuestión fundamental para quienes trabajamos en educación.

Cuando un niño llega al hospital después de haber vivido una situación de violencia, debemos procurar que deje de ser únicamente un expediente. No es solamente un diagnóstico. No es solamente un caso. No es solamente una víctima. Es un niño. Un niño que necesita volver a pintar. Volver a leer. Volver a jugar. Volver a aprender. Volver a imaginar. Volver a sentirse capaz.

Por eso considero que la pedagogía tiene una responsabilidad que va mucho más allá de la continuidad curricular, pudiendo convertirse en un espacio de “restauración pedagógica”.

 A lo largo de mis 25 años de docencia en el aula hospitalaria, he sido testigo directo de cómo la violencia en la niñez —ya sea el maltrato físico intrafamiliar, abuso, negligencia grave o el acoso escolar— no solo destruye la paz de un hogar o la tranquilidad de una clase: fractura la arquitectura del relato interno.

Cuando un niño/a ingresa al hospital tras vivir situaciones de violencia, lo primero que pierde no es la voz, sino el derecho a narrarse a sí mismo de manera segura. El entorno médico o de protección puede resultar abrumador. En esos 25 años aprendí que, al cruzar la puerta del aula hospitalaria, el niño/a debe dejar de ser un expediente judicial o un diagnóstico clínico; vuelve a ser, sencillamente, un/a estudiante que pinta, lee, descubre y sueña. Para restaurar esa narrativa quebrada, la palabra directa muchas veces resulta insuficiente o re-traumatizante. Es allí donde el cuento y la metáfora se erigen como un refugio sagrado y una herramienta inestimable de reparación humana

What do you feel about this?

Deja un comentario