MUJERES ESPAÑOLAS: GUERRERAS Y CONQUISTADORAS (5) – Ana Díaz Viaje Sur, viaje a la historia
Diego Nieto recupera la historia de Ana Díaz, mestiza y pionera que participó en la expedición de Juan de Garay y recorrió más de mil kilómetros hasta la fundación de Buenos Aires en 1580.

Ana Díaz es uno de esos personaje del que jamás había oído hablar, ni leído, ni jamás me habría parado a pensar no ya en su posible existencia sino en el cómo de su existencia: tristezas, alegrías, sacrificios, placeres, ambiciones, dudas, miedos, todo eso que nos hace humanos, pero que habría que concebir, imaginar, en su tiempo, con sus limitaciones, con sus necesidades, con sus ambiciones. Y podemos ver que muchas de nuestras ambiciones, de nuestras necesidades, y no digamos limitaciones, en comparación con las suyas y los de toda su época, son insignificantes. Y supe de ella navegando, y cotejé con la Historia Hispánica de la Real Academia de la Historia.
Quizás convenga una brevísima introducción histórica.
Febrero de 1536: Pedro de Mendoza, accitano, funda Buenos Aires. En un principio se establece una relación amistosa con el pueblo querandí pero ésta se deteriora y culmina en ataques y final asedio a la ciudad, una aldea en realidad, durante el que se propagan las enfermedades y surge la hambruna (parece que ratas y suelas de zapato fueron ansiados comestibles), por lo que, en 1537, un grupo bajo las órdenes de Salazar decide navegar Río Paraná arriba en busca de alimentos. Donde el Paraná toma rumbo oeste, ellos continúan rumbo norte por su afluente, el Río Paraguay. En agosto, a sus orillas fundan un fuerte que en 1541 adquirió la categoría de ciudad de La Asunción cuando Irala, que tenía autoridad legítima como fundador, creó el cabildo.
En realidad la de Irala seguía siendo una aldea de unas cuatro hectáreas que levantaba sus casas alrededor del fuerte original; casas, por no decir chozas, de una o dos dependencias, de paredes de adobe con suelo de tierra y techo de paja o palma. Las dependencias, pequeñas, eran multiuso: en ellas se cocinaba, se comía, se dormía, se hacía todo lo que hiciera falta, salvo ir al servicio, eso a la selva, y lavarse, eso al río.

Los españoles encontraron un gran apoyo en los carios (subgrupo guaraní). No eran cazadores-recolectores, como los casi paleolíticos querandíes, sino agricultores y pescadores. Y además de alimentos y apoyo militar, los carios les proporcionaron algo fundamental: alianzas matrimoniales, porque las aproximadamente veinte españolas que habían llegado allí no eran suficientes para una población de casi trescientos hombres. (Guste o no guste el hecho biológico, una sociedad no puede carecer de mujeres, u hombres, porque si no desaparecería).

Y aquí está nuestro punto de partida, porque de una de esas alianzas, la de Mateo Díaz, natural de Puerto Real, y Savé, de la tribu payaguá, nació Ana Díaz. (¿Te imaginas a la pequeña Ana pataleando desnuda en brazos de una madre también casi desnuda junto a un padre con morrión, peto y borceguíes?).
No había registros, ni de nacimiento ni de defunción, pero se calcula que debió nacer entre 1554 y 1560 porque en 1576 ya estaba casada con el español Rafael Saler, aunque en 1580, cuando comenzaría su viaje sur, la encontramos viuda. En esa época y en esos lugares, la vida se perdía al más mínimo descuido: a la hostilidad de algunos nativos había que agregar la hostilidad del medio.
Acabamos de mencionar 1580, viaje sur. ¿A qué nos referimos?
Ese año, el navarro don Juan de Garay decide en efecto realizar un viaje sur.
¿Para qué? Si estaban con tribus amigas, había mestizaje consentido, suficiencia de alimentos… ¿Para qué al sur? Además lejos del Rey Blanco en su palacio de Plata, según la leyenda. Una posible respuesta: era el espíritu conquistador de entonces, o la mentalidad, si prefieres: al sur para refundar Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre, a la que Garay daría dos nombres Ciudad de la Santísima Trinidad, la ciudad misma, y Puerto de Santa María de los Buenos Ayres; aunque, como ya sabes, con el tiempo se impuso el nombre del puerto.
Y en marzo salió la expedición en ese inmortal viaje sur. Pero salió en dos grupos: un primer grupo en bergantín, en el que viajaban Garay, su mujer, Isabel de Becerra y sus hijos legítimos y otras mujeres, y un segundo grupo que marchó por tierra arreando el ganado (según algunas fuentes quinientas cabezas, según otras mil).
Pero eso no era como pasear por la Gran Vía hasta Plaza de España mirando escaparates. Eso era tierra salvaje, salvaje en todos los sentidos: la vegetación, el terreno, por momentos firme, por momentos cenagoso, y por supuesto la fauna; y la distancia…, de tan grande inconcebible. Recorrerían tres tramos diferentes. El primero desde Asunción hasta el Paraná, poco más de trescientos kilómetros; el segundo, bajando por la margen derecha del Paraná hasta la desembocadura en el Río de la Plata, unos quinientos cincuenta kilómetros; y el tramo final, hasta el lugar de la fundación, otros trescientos cincuenta kilómetros; total aproximado: mil doscientos kilómetros… a pie, recuerda.

¿Y Ana Díaz?
Ella se unió a estos mil doscientos kilómetros a pie, la única mujer (las demás en el bergantín). La movería el interés de arrear, como otros, su propia herencia de vacas, caballos y ovejas (mujer y mestiza, pero derechos respetados durante la conquista española).
Y la columna, que se extendía casi un kilómetro, salió de La Asunción siguiendo el curso del Rio Paraguay. Aunque había senderos indígenas, eran muy estrechos, por lo que realmente arremetían contra la espesura. Si has andado por la selva de esa zona, Paranaense, sabes que se avanza, como Ana, casi a ciegas, que delante de tus ojos hay una pantalla verde que abres con tus brazos, una y otra vez, y de repente, ante ti, una tarántula, que nunca has visto pero sabes que es una tarántula porque es peluda y grande, la araña más grande que has visto (Ana sí sabe qué es; su lado guaraní las come asadas, como nosotros las gambas o cangrejos); y en las copas de los árboles, tan frondosos que te ocultan el cielo, oyes los rugidos del jaguar, que sabes que está en una rama aguardando su momento; y te llega una sacudida de ramas, y chillidos y aullidos y gruñidos (todos los “idos”) de monos capuchinos, aulladores, tamarinos, que los indígenas, incluso Ana, llaman karajá o mirikina o ka’i.
Al llegar la noche, temprano en la selva cerrada, y ya hayas recorrido tus diez o quince kilómetros, quizás descalza como Ana, quizás en sandalias de cuero, acomodas unas hojas al pie de un árbol y allí te tumbas, agotada, procurando el sueño rápido, pero percibes un roce sigiloso de hojas; prestas atención. ¿Será un puma? Algún ronquido humano te tranquiliza. Pero un ju-ju, repetido, ju-ju, oscurece aún más la noche porque la habita con su misterio: ¿una lechuza? ¿un búho? Al fin te duermes. Ana, acostumbrada a esas voces de la noche, hace tiempo que duerme tranquila a tu lado.
Y al día siguiente otra jornada, y después otra, y otra; hundiéndote en el barro, o esquivando las raíces que zancadillean, o temiendo lo que esconde la hojarasca que pisas.
«¡Jornada de descanso! ¡Qué alivio!» Pero el descanso no es por ti ni por Ana, sino por el ganado.
Y como Ana, padeces hambre, cansancio, miedo, rabia por la pérdida de animales en el río desbordado a causa de las lluvias. Porque los esteros y pajonales lo invaden todo, y se multiplican los zumbidos de mosquitos y de tábanos, y las picaduras de jejenes y hormigas silenciosas. Y de repente oyes «¡Cuidado con las yararás!». «¿Yarará? ¿Qué es eso?» Y Ana te responde: «La peor serpiente que te puedes topar, el veneno te fulmina». (Hoy en día hay antídoto, pero el efecto es tan rápido y hemotóxico como en el XVI.)
Y te hundes en el barro. Ana y un tal Pedro te ayudan, pero te dejas una sandalia. Alguien te ofrece unos zapatos de cuero, que te harán ampollas. Pero peor es nada.
Ya llegáis a la zona pampeana. Sólo faltan unos trescientos cincuenta kilómetros hasta el lugar indicado por Garay, como de Madrid a Castellón. Llano, de pastos duros, y es más fácil el andar.
El horizonte abierto, la inmensidad de la llanura. Unas nubes blancas a lo lejos. El silencio.
Una flecha en el aire, gritos; los hombres disparan sus arcabuces. «¡Los querandíes!». Un salvaje arremete contra Ana lanza en ristre, ese Pedro se interpone y lo golpea con su arcabuz en la cabeza; el atacante huye. Todos huyen. Pedro mira a Ana y sonríe, Ana también lo mira y le apoya una mano en el pecho en sentido agradecimiento. Quizás eres testigo de algo, ¿acaso de un romance naciente del siglo XVI?
Y Ana, y la expedición, y el arreo, y tú misma, que te les has unido, llegáis al lugar prefijado. Es fines de mayo, principios de junio. Otoño. Han pasado varios meses, y además de hambre y agotamiento, en piernas, brazos y cara te escuecen los rasguños de las ramas, los picotazos de mosquitos y tábanos, las mordeduras de hormigas, ¡esas malditas hormigas coloradas! Pero te has librado de la tarántula y la yarará, del puma y del jaguar, de las crecidas repentinas y los fosos cenagosos. Otros no han tenido tanta suerte, han quedado en el camino como vacas y caballos.
Buenos Aires: una empalizada de dos kilómetros cuadrados, dos puertas, La Puerta Trinidad, a la pampa (“llanura” en quechua), y la Puerta del Puerto, al río a lavar la ropa, y sobre todo a buscar agua para beber, agua que hay que dejar reposar en los cántaros para que el barro se asiente.
Han dividido la superficie en ciento cuarenta y cuatro manzanas, cuarenta y cinco para viviendas, de esas de barro y paja, y el resto para huertos.
A Ana Díaz, por derecho propio, como vecina asentada, le toca el solar 87. Tú la miras, feliz también. ¿Por el solar? ¿Por haber recorrido los mil doscientos kilómetros? ¿Por haber sobrevivido?
Lleva esa vida de pobreza que le parece normal, no pide nada a cambio, salvo estar viva, y si encuentra compañía, un regalo del cielo. Y la encuentra: Pedro. Pedro Isbrán, también hijo de español y guaraní, y tienen una hija (al menos) Felipa, que se casa con el español Domingo de los Santos.
Ana sufrió lo suyo, dolor y penurias, agotamiento, momentos de euforia y momentos de abatimiento, de esos momentos en que piensas ¿qué hago aquí? ¿Para qué esto si en casa estoy mejor? Sin embargo por entonces el sufrimiento era parte de la vida, y la vida había de ser llevada hacia adelante. Y ansiaban entrar en su casa de barro y paja que amenazaba diluirse con las lluvias, y en ella hacerse, hacerse el uno al otro sin preguntar nada, sin pedir nada.
Y Ana no lo sabe, pero entrará en la historia oculta, la que está ahí para los curiosos, y esa ciudad, hasta la que anduvo más de mil doscientos kilómetros por selva y llanura, cenagales y esteros, sólo por una parcela, la honrará dando su nombre a una calle, y a una plaza, y a una estación de premetro y aún la recordará en la obra de teatro “Ana Díaz, vecina de Buenos Aires” dentro del ciclo “Teatro de la Historia”.

Nota: Imágenes de Creative Commons o creadas con I.A. para hacer visible la época.
Próxima entrega: Guerreras y conquistadoras (6)
María Estrada
Conquistadora

