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Paisajes que también son personajes

Paisajes literarios, de José Manuel Gómez, reflexiona sobre esos lugares que en la literatura y en la vida dejan de ser escenario para convertirse en memoria, emoción y personaje.

Paisajes que también son personajes

Hay lugares que no aparecen en los libros como un simple decorado. No están ahí para situar una escena ni para rellenar el fondo de una historia. Respiran. Observan. Condicionan la vida de quienes los habitan. A veces incluso parecen tener memoria.

La verdad es que algunos paisajes terminan siendo tan importantes como los propios protagonistas.

Todos recordamos personajes inolvidables de la literatura, pero también recordamos lugares. Y no porque sean hermosos o exóticos, sino porque acabamos sintiendo que forman parte de la historia. Como si tuvieran voz propia. Como si sufrieran, esperaran o envejecieran junto a quienes caminan por sus calles.

Pienso, por ejemplo, en la Vetusta de La Regenta, de Leopoldo Alas «Clarín». Esa ciudad inspirada en Oviedo no es solo el escenario donde transcurre la novela. Es una presencia constante. Vigila, juzga, murmura. Sus plazas, sus iglesias y sus salones pesan sobre los personajes como una mirada que nunca descansa. Vetusta no aparece en la historia: la historia nace de ella.

En la obra la Comala de Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Un pueblo que parece suspendido entre la vida y la muerte, hay más fuerza en las descripciones del calor, el polvo y el silencio que algunos de los diálogos. Comala es un personaje herido, un lugar que guarda secretos y que habla a través de sus fantasmas.

Y es que los paisajes literarios tienen una capacidad extraordinaria para quedarse dentro de nosotros. Aunque nunca hayamos estado allí, acabamos recordándolos como si los hubiéramos recorrido alguna vez.

Quizá porque todos llevamos nuestros propios lugares a cuestas.

No me refiero únicamente a los pueblos donde nacimos o a las calles donde crecimos. Hablo de esos rincones que nos han ido construyendo poco a poco. Una plaza donde aprendimos a esperar. Un campo donde pasamos tardes enteras sin hacer nada. El banco de un parque. Una estación de tren. Un paseo junto al mar.

La memoria siempre necesita un paisaje donde apoyarse.

Por eso la literatura vuelve una y otra vez a los lugares. Porque sabe que las emociones flotan mejor cuando encuentran una geografía donde quedarse. El amor tiene sus calles. La pérdida tiene sus habitaciones. La nostalgia tiene sus horizontes.

Además, hay paisajes que parecen escritos para contener historias.

Los pueblos pequeños, por ejemplo, tienen una cualidad literaria difícil de explicar. Quizá porque todo el mundo se conoce. Porque los silencios duran años. Porque las ausencias dejan huecos visibles. En un pueblo, las historias no desaparecen; se transforman en recuerdos compartidos.

Algo parecido sucede con los barrios. Cada uno posee una forma distinta de respirar. Hay barrios que viven hacia fuera, llenos de ruido y conversaciones. Otros parecen guardar sus secretos detrás de las persianas. Basta caminar unas pocas calles para sentir que cambia el ritmo de la vida.

Y luego está el mar.

Pocas presencias tienen tanta fuerza narrativa. El mar nunca es neutral. Puede representar la libertad o el peligro. La aventura o la despedida. La esperanza o la incertidumbre. Quizá por eso aparece una y otra vez en los libros. Porque se parece mucho a nosotros: cambia constantemente y, al mismo tiempo, siempre parece el mismo.

También los campos, las montañas o los caminos tienen su manera particular de hablar. Basta leer a Delibes para sentir la tierra castellana bajo los pies. Basta

acercarse a las páginas de Pla para escuchar el viento recorriendo el Empordà. Basta abrir ciertas novelas para comprender que hay paisajes que conservan mejor la memoria que las propias personas.

Y es que el lugar donde ocurre una historia nunca es inocente.

Condiciona el carácter de quienes viven en él. Moldea sus costumbres, sus sueños, incluso sus miedos. Un personaje criado junto al mar no mira el horizonte igual que quien ha crecido rodeado de montañas. Un niño que pasa la infancia en una gran ciudad aprende a escuchar sonidos distintos de quien se cría entre campos abiertos.

La literatura lo sabe y por eso convierte los paisajes en algo más que escenarios. Los convierte en almas.

Junio, con sus días largos y su luz generosa, invita precisamente a mirar alrededor. A detenerse un momento y observar esos lugares que forman parte de nuestra vida sin que apenas reparemos en ellos. Las calles que recorremos cada día. Los caminos que conocemos de memoria. Los paisajes que creemos normales porque siempre han estado ahí.

Tal vez algún día descubramos que también eran personajes de nuestra propia historia. Porque al final no solo habitamos los lugares. Los lugares también nos habitan a nosotros.

Y cuando el tiempo pasa, cuando los años empiezan a acumularse como páginas leídas, comprendemos algo que la literatura lleva siglos susurrándonos: que hay paisajes que nunca se marchan del todo. Siguen viviendo dentro de nosotros, respirando en silencio, como esos personajes inolvidables que creíamos haber dejado atrás y que, de repente, regresan una tarde cualquiera para recordarnos quiénes fuimos.

José Manuel Gómez

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