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ESPERANZA VERSUS DESESPERANZA

María Vives Gomila reflexiona sobre la esperanza activa, la paciencia y la confianza como fuerzas necesarias para avanzar, frente a la desesperanza, el silencio interior y la pérdida de sentido vital.

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Uno de los libros que he leído últimamente versa sobre la esperanza. Parte del punto de vista de numerosos autores y me ha llevado a revisar algunos escritos anteriores.

Su autor, Francesc Torralba, plantea la esperanza como un bien futuro que se puede obtener, pero no de inmediato por lo que se requiere paciencia y confianza. Es una manera de decir que aquello que se proyecta como objetivo puede lograrse si se ponen los medios apropiados para obtenerlo y se confía en su eficacia.                                                                         Es un hecho que requiere planificación, medios en función del objetivo y confianza tanto en lo que se refiere a fuerzas personales como en la tan necesaria autoestima.

Todos hemos tenido deseos que habremos realizado, un proyecto, cuyo recorrido planificamos cuidadosamente, confiamos en su logro y dedicamos toda nuestra energía a conseguirlo. En cualquier caso, para llevarlo a cabo, hemos tenido que considerar todas estas posibilidades.

Un ejemplo nos lo ofrece un grupo de estudiantes que trata de obtener una beca o un trabajo que les permita cursar una carrera, instalarse en otra ciudad y dedicar toda su energía a cuidar y continuar su formación hasta ver finalizado su deseado proyecto. Cuando el objetivo es diáfano y los medios eficaces suele alcanzarse la meta que se ha planificado.  

Es posible que este grupo de estudiantes, como señala Kavafis en su poema ‘A Ítaca’, descubra durante el trayecto nuevas oportunidades de desarrollo y aprendizaje. El poeta habla en sus versos de la importancia del camino hacia nuestro particular destino, cualquiera que sea el trayecto y el procedimiento elegidos.

Sea cual sea el itinerario, más todavía si es largo, podemos encontrar  todo tipo de personas, semejantes a los seres que encontró Ulises en su camino de regreso a Ítaca: -No los encontrarás si no los llevas dentro de tu alma-, dice el autor. De algunos tendremos un recuerdo gratificante, ya que habrán sido un estímulo para nuestro recorrido, sea porque hicieron del camino un lugar seguro –recibimos su ayuda en momentos puntuales o porque nos ayudaron a pensar.

mismo modo, habremos coincidido con otros personajes que habrán intentado entorpecer nuestro camino, aunque no impedir el recorrido ya que éste depende de la calidad de nuestro pensamiento y de la sensibilidad y nitidez de nuestras emociones. También habremos podido encontrar personas menos cercanas que habrán criticado e intentado hundir determinados proyectos.

El trabajo del estudiante, que inicia su despegue y sale de su tierra a la búsqueda de nuevos horizontes, consiste igualmente en superar las dificultades que vayan surgiendo a lo largo del viaje elegido. Para ello, necesitará contar con sus fuerzas y potenciar cada uno de sus proyectos. La experiencia y la confianza pueden ir de la mano en cada iniciativa y encontrar nuevos estímulos que incrementen sus deseos de continuidad.

Al inicio de su libro, Torralba plantea dos requisitos, previos e intrínsecos al concepto de esperanza: la espera activa y a la vez paciente, vinculada a la confianza. Frente a ella, observamos la actitud opuesta, la desesperanza, cuando no se espera nada del medio ni de la vida ni de sí mismo.

El autor se refiere a dos formas de expresar la falta de esperanza: el silencio absoluto y el grito, ambos de reconocida trayectoria en el diagnóstico y tratamiento clínicos.

El silencio continuo indica que la persona se ha encerrado en sí misma y niega cualquier contacto y posibilidad de cambio. Cuando estos no se observan y persiste una actitud reiterativa de desesperanza, acompañada de ideas de muerte y suicidio, la vida deja de tener sentido.

Uno de los problemas reside en las dificultades que la persona  interpone en su camino, Son trabas, procedentes del ambiente o de su interior, que pueden ser efectivas e impedir un desarrollo saludable. -Tengo una pared infranqueable ante mí, que me impide avanzar y no puedo vivir así– decía un paciente.     

En el otro extremo estaría la expresión de rabia o de dolor, como la representada en la obra pictórica de E. Munch, El Grito. Obra que refleja la angustia de su autor, además de expresar melancolía y soledad. Son dificultades erigidas desde dentro de uno mismo, muchas veces infranqueables.

El niño grita como forma de pedir ayuda. Llama la atención para que lo escuchen. El grito del adulto es diferente. Cuando se han agotado todos sus recursos, surge el silencio, incluso ambos pueden crearse un mundo imaginario en el que sólo ellos pueden transitar. Me refiero a determinadas formas de autismo.

Una de las maneras de salir de esta ‘nada interior’ consiste en llegar a plantearse objetivos realizables que llenen una parte significativa de la vida de estas personas para que puedan encontrar un ‘para qué o un ‘para quién vivir’.

Todo vuelve en este eterno retorno, aunque de distinto modo pudiendo acabar en una espera confiada cuando las cosas funcionan.

Este gesto puede llevarnos hasta el mundo de las creencias y a un estilo de vida comprometido con el ser humano. La esperanza va muy unida a la fe y no sólo en el terreno espiritual, que nos conduce a la búsqueda de trascendencia, sino a la fe y confianza en la recuperación de este ser humano tan necesitado de afecto y de ayuda.

Francesc Torralba (2026). Anatomía de la esperanza. Barcelona: Destino                                                                                                

Maria Vives Gomila, Profesora emérita de Psicología. Universitat de Barcelona y escritora.

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