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AGATHA CRHISTIE Y LA ARQUEOLOGÍA

Aurora Fernández repasa la etapa más viajera y fascinante de Agatha Christie, marcada por su crisis personal, el Orient Express, la arqueología y su amor por Max Mallowan.

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                                           La mejor novela de la escritora

                                           Agatha Christie es su propia vida

       A Agatha se le acumulaban los problemas familiares, su hermano pequeño fue la oveja negra de la familia, se fue a la India, a Kenia, a Uganda y derrochó todo lo que había heredado hasta que se encontró arruinado; y por si fuera poco se alistó en un batallón d fusileros reales para luchar contra unas tribus. Al poco tiempo fue herido y trasladado a Inglaterra. Ante esta situación Agatha compró una casita para que él pudiera vivir solo allí, pues tenía problemas mentales. Por otra parte, su matrimonio no iba lo bien que deseaba a pesar de los largos viajes.  Agatha regresó de su vuelta al mundo cambiada, ahora se sentía una mujer con experiencia, alegre y más extrovertida: había conocido mundo; pero echaba de menos a su hija de tres años y el dinero que ganaba Archie no les bastaba para cubrir todos los gastos. Eso sí, seguía tomando notas para sus novelas- con su inseparable máquina de escribir – por todas las ciudades e islas exóticas que visitaba. “El hombre del traje castaño” fue inspirada en África del sur, en esta época de grandes aventuras.

         Un día Archi le dice que había otra mujer en su vida y le pide el divorcio. A ella se le vino el mundo encima, se sintió tan mal que abandonó su mansión y en su pequeño “Morris Cowlw” desapareció como si fuera una de las protagonistas de sus novelas. A la mañana siguiente encontraron su coche al borde de un estanque y en medio del bosque la policía encontró su abrigo de piel y su maleta. La noticia corrió como la pólvora en todos los medios. Algunos ofrecían dinero, no paraban de salir noticias falsas, incluso que se había suicidado…nada, no se tenía rastro de ella. Estuvo desaparecida once días. La policía la buscaba por todos sitios y ya la daban por muerta, pero Agatha descansaba tranquilamente en un balneario al norte de Yorkshire. Se había inscrito con nombre falso: Señora Théresè Neele, natural de la Ciudad del Cabo. Hasta que un día puso una nota en The Time para que amigos y parientes se pusieran en contacto con ella en aquel hotel. Archi fue a buscarla y dicen que no lo reconoció ni recordaba nada de lo sucedido.

Se dice también que asumió la personalidad de otra mujer, y la versión oficial de aquello fue que tuvo un ataque de amnesia. Pero nunca se supo la verdad. Fue su secreto mejor guardado.

Eso sí, todo el mundo se enteró de que el Coronel A. Christie tenía una amante: Nancy Neele.

         Agatha se recuperó con ayuda de un psiquiatra. Después vendió su mansión y se fue de vacaciones con su hija a Canarias en busca del buen clima. En abril de 1928 obtuvo el divorcio.

             AGATHA REHACE SU VIDA: SU SEGUNDO MATRIMONIO

        Agatha envió a Rosalind a un internado y se dedicó a escribir. Le atraía la idea de viajar por el desierto para inspirarse. Unos amigos le hablaron de Bagdad para que conociera sus yacimientos arqueológicos, y ella allí que fue. Otra vez la agencia de Tomas Cook le preparó el viaje de sus sueños en el Orient Express; duró tres días hasta llegar a Estambul, pasando primero por París, Milán, Venecia, Trieste, Zagred, Belgrado y Sofía. Se sintió fascinada por el clima, la costa del mar Mármara, los paisajes, etc. también por el glamour y las comidas. Allí antes habían estado otros escritores: Ian Fleming, Graham Green o Hemingway, y le pareció el escenario perfecto para las intrigas policiacas y los crímenes pasionales de sus novelas. Al llegar a Estambul pasaba por la famosa Mezquita Azul y visitaba el palacio Topkapi rodeando el Cuerno de Oro.

      Al cabo de unos años regresó a Inglaterra y siempre exclamaba: ¡Estoy en el Orient Express! Luego viajó de nuevo a Damasco, el desierto le fascinaba a pesar de su incómodo viaje; en una ocasión fue recibida por el emir Faisal, coronado rey en 1921. También tuvo ocasión de visitar el museo de antigüedades de otra dama británica, Gertrude Bell, de unas 3000 piezas traídas de Kirs y Ur que había conseguido siendo directora del Patrimonio Histórico. Visitó el yacimiento de Ur y recorrió las ruinas de la antigua Mesopotamia que aún no habían sido exploradas, las cuales se extendían entre el Tigris y el Éufrates, donde se inventó la escritura y se desarrolló el comercio. Y también se encontraba una de las siete maravillas: BABILONIA con sus palacios y jardines colgantes.

   Los viajes se habían convertido en algo normal en su nueva etapa. Había visto muchos reportajes del famoso arqueólogo Leonard Woolley en Ur  con yacimientos de unos 4000 años a.C. Agatha conoció en Ur al matrimonio Katharine y Leonard que le enseñaron los impresionantes tesoros ocultos en templos, tumbas reales, placas con escritura cuneiforme, estatuillas de oro, etc.  visitó palacios y el famoso Zigurat o torres escalonadas dedicado a la diosa luna Nanna. Poco a poco se iba aficionando al mundo de la arqueología. Ser invitada a visitar las ruinas de allí era todo un honor.

Le gustó la vida del campamento de Ur, donde hizo amistad con un hombre que era toda una leyenda: el viejo sheik Hamoudi. Aquí también se encontraba el arqueólogo Campbell Thomsomp y su ayudante. Otro joven arqueólogo recién licenciado por Oxford, Max Mallowan trabajaba en varios yacimientos al norte de Siria.

     Éste sentía admiración por las extravagantes y aventureras damas británicas que recorrieron solas gran parte de Oriente. Max sabía transmitir a la gente su pasión por las antiguas civilizaciones. Agatha y Max hicieron un recorrido por Irak, Grecia y las ciudades santas de Nayaf, Kerbala y Nippur, pues a los dos les gustaba viajar e ir a la aventura. Formaban una curiosa pareja: él iba vestido con traje de cheviot, sombrero y pipa; ella con inapropiados vestidos de flores, pamelas, gafas oscuras y una sombrilla. Agatha se enfadaba mucho cuando los periodistas le decían: “Cásate con un arqueólogo, cuanto más vieja seas más te amará”.

   Este ambiente era muy propicio para ambientar las novelas de Agatha entre tanto enterramientos y restos arqueológicos, decía que le gustaban los cadáveres y las momias, le apasionaban las antiguas civilizaciones.  A Max también le gustaba leer sus novelas y a veces le daba consejos para su documentación. A Agatha le gustaba la vida en el campamento. Empezaban a trabajar a las 6,30 de la mañana, disfrutaba de la vida de escritora y ayudante de arqueólogo. Intentó que la vida allí fuera lo más cómoda posible, lo organizaba todo; como era amante de la buena mesa, incluía en los menús toda clase de verduras y productos autóctonos como la leche de búfala fresca. Era a la vez jefa y madre, la llamaban en árabe “al jatum”, la señora, y acudían a ella cuando estaban enfermos, porque se había corrido la voz que la mujer europea tenía poder para curar. Sus conocimientos médicos fueron de gran utilidad en un lugar como aquel.

   Al poco tiempo de conocerse Max le pidió matrimonio, ella le contestó que lo pensaría, pues fue tan grande su sorpresa que se lo consultó a su hermana y a algunos amigos porque creía que era mucha la diferencia de edad – ella tenía 15 años más que él y no era católica- y tenía miedo a fracasar otra vez.

   Aun así, a sus 40 años se convirtió en la esposa del arqueólogo Max Mallowan. Fueron de luna de miel por Italia y Grecia y el matrimonio duró 35 años llenos de amor y complicidad.

Aurora Fernández

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