DE PELUCHES Y CONSOLADORES
Resulta enternecedor contemplar a un niño pequeño abrazado a su peluche mientras duerme.
No hace falta que sea caro, especialmente hermoso o sofisticado. Basta que la criatura sienta cierto apego por él y se transformará en el mejor aliado para que su sueño sea tranquilo y reparador. ¿Qué mejor que un corderito, un osito o incluso una simple gasa (como padre puedo asegurarlo) para protegernos de todo mal mientras se transita por el siempre sorprendente territorio de los sueños?
También resultan igualmente efectivos durante el periodo de vigilia. Los peluches pueden convertirse en los compañeros inseparables de los niños. El mundo es enorme, imprevisible, y puede convertirse en un lugar sobrecogedor. Tanto, que esos compañeros inanimados ofrecen la seguridad de lo conocido, de lo familiar, de lo confiable. Y no protestan cuando el niño los aferra con demasiada fuerza o los usa demasiado tiempo. Aún no existe ningún sindicato de peluches.
Sucede exactamente lo mismo con los móviles y los adultos. Hace cuarenta años, si un viajero del futuro nos hubiera contado lo que podríamos hacer con un teléfono, no habríamos podido asumirlo. Como dijo el autor de la saga de Rama, Arthur C. Clarke, “cualquier tecnología lo suficientemente avanzada resulta indistinguible de la magia”. Los encantamientos de Harry Potter nos parecerían trucos de trilero comparados con los milagros que hoy realizamos de manera cotidiana con esos aparatitos maravillosos.
Pues bien, incluso así, la funcionalidad más importante del móvil no parece ser conectarse a la red, recibir mensajes de texto, hacer fotos o escuchar música (ni siquiera, qué extraño, realizar llamadas telefónicas), sino ser el equivalente de un peluche. Me extraña que todavía no los fabriquen de lana y con formas de animales.
Porque sin entrar en el pozo que supone padecer una adicción, y ya existe una considerable cantidad de personas, la mayor parte adolescentes, que han caído en la dependencia total respecto del teléfono móvil (muchas de las cuales ni siquiera son conscientes de ello, como no lo eran de su condición los prisioneros de la caverna platónica), planteémonos las siguientes preguntas:
¿Cuántas veces consultamos el móvil al día, simplemente por mantenernos ocupados en algo?
¿Cuántas veces, estando incluso con familiares o amigos, hemos sentido el tirón acuciante de la necesidad de coger la máquina y consultar lo que fuera?
¿Cuántas veces nos hemos sorprendido contemplando embebidos imágenes o videos o comentarios absurdos que en cualquier otra circunstancia hubiéramos ignorado por completo?
¿Cuántos de nosotros dormimos acunados por la melodía de las notificaciones de las aplicaciones?
¿Se ha convertido el móvil poco a poco, subrepticiamente, en un instrumento de dominación indoloro? ¿En un sedante contra la rebeldía? ¿En el mejor aliado de la perpetuación de las injusticias sociales?
Si las respuestas son afirmativas, no creo que haya una mano invisible manejando los hilos. A veces las dinámicas sociales se crean por sinergias de las que nadie es consciente hasta que resultan evidentes, y con frecuencia difíciles de cambiar. Como mi calvicie, aunque a través del móvil me salgan anuncios de implantes capilares. ¿Por qué será?
Boecio escribió tiempo ha una obra titulada “La consolación de la filosofía” en la cárcel, mientras esperaba el día de su ejecución. En ella argumentaba que la filosofía tenía, entre otras, la utilidad de servirnos de consuelo ante las injusticias a las que inevitablemente nos somete el mundo en el que nos ha correspondido vivir. En la actualidad bien podríamos parafrasear el título y dejarlo en “La consolación del móvil”.
Y es que los consoladores, por lo visto, ya no son lo que eran.
Javier Serra
