UNA TRAGEDIA DE NUESTRO TIEMPO

El día 21 de enero me encontraba sentado en un banco frente a la más bella fuente de Granada que es la llamada “Fuente de las Batallas”. Al poco de estar allí se acercó un hombre mayor y con mucha educación y cierta timidez me dijo si podía sentarse en el mismo banco, pues todos estaban ocupados. Por supuesto que le dije que sí, y con un sincero “gracias” se sentó en la otra esquina del banco. Después de unos minutos de silencio me dijo que estaba esperando a un amigo. Otro largo silencio y después me contó toda su vida. Se llamaba Pepe y tenía 81 años, vivía en un pueblo cercano a Granada y era agricultor, y seguía trabajando. Y a pesar de su edad se encontraba muy bien de salud, sólo algunos achaques propios de los años, pero con las pastillas que le mandaban los médicos iba tirando.
Entonces se presentó el amigo que estaba esperando, y le invitamos a sentarse, puesto que el banco era para tres personas. Después de los saludos pertinentes, el recién llegado le preguntó a Pepe muy interesado: ¿Es cierto que la hija de …(vamos a omitir el nombre y el pueblo) ha muerto en circunstancias extrañas? Pepe después de un interminable silencio dijo: “Ha muerto porque ella misma se ha quitado la vida cortándose las venas en su propia casa” y sólo tenía 26 años. En ese instante me puse en pie dispuesto a marcharme, pero ellos insistieron en que me quedara porque lo que iba a contar Pepe lo debería saber todo el mundo. Les obedecí y escuché. Pepe comenzó así: “Pues resulta que la hija de (…) que era muy guapa, buen tipo, simpática y don de gentes, cuando terminó la escuela se puso a estudiar idiomas que por lo visto se le daba muy bien, y enseguida encontró trabajo. Al parecer llevaba una vida muy normal, teniendo en cuenta la vida que lleva ahora la juventud. Pero era sólo apariencia, porque en realidad su vida era un auténtico libertinaje, así que decidió quitarse la vida, y eligió el 9 de enero y en su propia casa, Y se dieron cuenta sus padres cuando al medio día y ya puesta la mesa para comer, la “niña” que así la llamaban no acudía. Entonces la madre fue a su dormitorio para llamarla y allí se la encontró tumbada en la cama, muerta y un gran charco de sangre en la cama y en el suelo. Se había cortado las venas con una cuchilla de afeitar.
Me contó su madre que por la sorpresa y por el dolor tan grande no pudo articular palabra y tampoco llorar. Llamó a su marido por señas, y ante aquel triste espectáculo también se quedó sin habla. Como suele decirse, se quedaron “mudos y de piedra”. No sabían qué hacer ni qué decir, sólo después de no sé cuánto tiempo, el padre se acercó a mi casa, que estaba junto a la suya y era su amigo, y sólo con gestos y sin decir palabra me indicó que le acompañara, y me encontré aquella escena. Le toqué con la mano la cara, los brazos, las piernas por si aún tenía vida, pero estaba completamente fría, pálida y con una gran rigidez, lo que a primera vista debería llevar ya varias horas muerta. Así que sin más, me fui directamente al cuartelillo de la Guardia Civil y le conté lo ocurrido, y de allí a la casa del médico por si todavía podía hacer algo.
Llegados a este punto, el amigo de Pepe le preguntó: ¿Por qué una chica tan guapa, tan joven y con buen porvenir se ha quitado la vida? ¿Qué por qué? Pues ella misma lo dice en unos folios que tenía encima de la cama.
“Que a nadie se culpe de mi muerte, la única responsable y ejecutora soy yo. Lo hago porque creo que no debo vivir más. A mis 26 años he disfrutado de muchos de los placeres materiales y superado todos los vicios que un ser humano pueda imaginar. Pero sin embargo, nunca he disfrutado de alegría o de esa otra cosa que llaman felicidad, a pesar de haber ganado también bastante dinero, llevar caros vestidos y lucir joyas que serían la envidia de cualquier mujer. ¿Pero, cómo he ganado todo esto?
Me siento tan vil, tan sucia de cuerpo y alma, tan degradada que he pensado varias veces que no soy digna de seguir viviendo. El quitarme la vida lo llevo madurando hace tiempo, pero nunca me decidí, unas veces por miedo y otras por consideraciones morales. Pues en cierta ocasión leí en un libro que “Dios es el que da la vida y sólo Dios puede quitarla”. Y ese pensamiento me contenía y al mismo tiempo me atormentaba aumentando mi confusión y también mi desesperación. Pero sabía muy bien que la escopeta estaba cargada y en algún momento se dispararía.
En el corral que estaba unido a la casa lo habíamos convertido en un pequeño jardín con un olivo centenario en el centro. Allí habitaba la gata Maya y la perrita Argos, y en una esquina junto al muro, le habíamos construido un pequeño cobertizo donde dormían. Debajo del olivo habíamos puesto dos cuencos para sus comidas y un cubo de agua. Los animales me tenían un gran afecto porque era yo quien le ponía la comida, los acariciaba y jugaba con ellos.
El día 8 pasé la noche fuera de casa “trabajando”, como siempre, escogida por catálogo”. Volví a casa sobre las doce y lo primero que hice fue ir a ver a la gata y a la perrita, pero esta vez no acudieron. Entonces me acerqué al cobertizo donde solían dormir, y me encontré que la gata estaba acostada y calentando a tres pequeños gatitos que habrían nacido pocas horas antes. La perrita permanecía muy cerca de ellos, muy atenta. Al acercarme ambos animales apartaron la vista de los recién nacidos y la dirigieron directamente a mis ojos, pero no con la alegría que lo hacían otras veces, sino que yo lo interpreté como reproche. Fui incapaz de decir nada, pero a mi conciencia acudieron como espinos ensangrentados los tres abortos que yo había tenido forzada por la asociación que me explotaba. En sus miradas intuía una extraña mezcla de asco, de desprecio como si estuvieran viendo mi perversa conciencia humana. Y sabían que a mis 26 años había asesinado a tres de mis propios hijos.
Esta vez, ninguno de los dos se movieron de donde estaban y tampoco se acercaron a comer ni a restregarse en mis piernas. Su único objetivo era la protección de los tres gatitos. Me fui directamente a mi dormitorio pensando en la escena que acababa de presenciar. El desprecio que noté en los ojos de la perrita y la gata no me abandonaron en todo el día. De mi cabeza no se apartaban aquellas palabras que leí sobre “la conciencia y la vida” del autor inglés Huxley, dice: “La conciencia significa, ante todo, memoria. Toda conciencia, conservación y acumulación del pasado en el presente”. Por eso, quizá, en mi espíritu aparecen constantemente siniestras imágenes. Por tanto, mi vida va a ser un persistente y largo infierno: vicios, deshonor para mi familia, para mí, para los que se consideran mis amigos. Así que pensé que no era digna de seguir viviendo.
Estuve considerando durante muchas horas que la lección y el ejemplo de vida que me habían dado la gata Maya y la perrita Argos yo lo interpreté como la señal del “Destino, del Hado, del Sino…” Esa fuerza, esa obra misteriosa que obra sobre las personas y sobre todo lo que ocurre en el mundo sin que sepamos el porqué, pero es así.
Y si es que sirve para algo, debo decir que todo suele comenzar en esas reuniones de jóvenes en plazas, jardines o casa, que suelen llamar “botellón”, donde siempre hay ojos vigilantes para captar las posibles víctimas que con promesas y engaños preparan y enseñan a “saber estar”. Luego pasan al catálogo de “señoritas”. No es necesario abundar en el tema porque está todos los días en los medios de comunicación. ¿Quiénes son los culpables? TODOS. Las causas son múltiples, pero en última instancia, los gobiernos. Los llamados tres poderes en las democracias: el Legislativo, el Judicial y el Ejecutivo. Todas las instituciones están corrompidas y participan en este gran negocio aprovechándose de la explotación de sus enfermizos apetitos sexuales. Un solo ejemplo: el exministro de Transportes. Como este caso hay miles. Y, por último, ¿Qué hace la jerarquía religiosa?
Es mi deseo que esta declaración se haga pública. Pido perdón a mis padres, familia, amigos… por la vida repugnante que he llevado, y a Dios que perdone todos mis pecados. Y ahora, con una claridad mental que nunca he tenido, y sin lágrimas para mi triste fin, me iré de este mundo cortándome las venas”.
Una vez terminada la lectura, hubo un gran silencio. Los tres nos quedamos mirándonos. Por fin, Pepe, que debía ser religioso a la antigua exclamó: ¡esta chica debe estar en el infierno! Y dirigiéndose a mí: ¿Qué piensa usted, qué dice? Confieso que me puso en un gran aprieto, y para salir del paso dije: La vida es un laberinto, y en él se pierde uno buscando su camino. Esta joven escogió el camino equivocado y se perdió.
Pero Dios es Poderoso, es Justo y es Caritativo. Por eso creo que no estará en el infierno, porque Dios en este caso habrá usado sólo de su CARIDAD.
