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Poco corazón y gran fracaso político sobre la naturaleza

Hemos vivido un sinfín de tristezas, respecto a cómo tratar a los inmigrantes, de los 83 náufragos migrantes que permanecían a bordo del buque humanitario ‘Open Arms’ tras conocer la orden de retención y desembarco final en la isla italiana de Lampedusa tras 19 días de bloqueo en el mar. El blindaje de Marruecos a Ceuta con concertinas en las vallas después de anunciar España su retirada. Ha ardido casi un 10% de Canarias, hemos quemado parte de la Amazonia, la Dana ha devastado y se ha cebado con catástrofes por sus tormentas tan intensas principalmente en el sureste español. Habiendo tomado escasas medidas de prevención. Y sin posibilidades de gobierno por el fracaso de que haya un acuerdo de investidura y no haya que despilfarrar, después de tantas necesidades, con otra convocatoria electoral. Y consiguiendo que parte del electorado esté descontento y haya fallado la confianza popular depositada con el hartazgo que conlleva. Además de la emergencia política y “climática” quebrada en su doble sentido en una analogía en la que nadie gana excepto el sueldo inmerecido y abusivo, por incumplir con sus objetivos tan nefastos gobernantes.

En palabras de Voltaire, cada hombre es una criatura del tiempo en que vive y pocos son capaces de elevarse sobre las ideas de que todos podemos compartir el mundo en el que vivimos. Vivir con los ojos cerrados es fácil según se mire pero no es fácil si quieres ver lo que ocurre, si quieres ver quién manipula y no educa es porque nos preocupa el futuro. Porque no es un fracaso darnos cuenta de lo que hacemos con nuestros iguales. Vistos los problemas y el tratamiento a la inmigración, a los desempleados, a los pensionistas y a los necesitados de atención sociosanitaria, cabe pensar que la bondad y la solidaridad  son valores incomprendidos. El egoísmo de una vida donde prima los intereses materiales se hace evidente; la falsedad y la hipocresía en un mundo de postureo reluce con luz propia. En cambio la cultura y el espíritu crítico interesa poco fomentarlos. La corrupción de los valores campea a sus anchas, ante la estupidez y el deterioro de la humanidad. Una realidad que parece apta para imbéciles, capciosa y esperpéntica cuando no cínica, injusta con los más desfavorecidos. Se trata de la idiotización o entontecimiento de los que hablaba Nietzsche, vulneración  e intimidación a un pueblo que como no espabile tiene poco que ganar y mucho que perder en su conducta temeraria e ignorante, o que mira para otro lado sin cargo de conciencia ni compromiso de reivindicación de cambio. En este sentido, lo que no debe faltar es que se atienda a todo el que pase hambre, sufra o no pueda estudiar. Lo que no debemos permitir o lo que sobra son vallas, para conseguir lo que nos debería corresponder por derecho, lo que sobra es adoctrinamiento, ocupas en todos los sentidos, discriminación laboral… Lo que nos falta es amor para que se presuma de abrazar y ser personas. Hablando de derechos: ¿Qué mundo es el de la indiferencia, y da la espalda al dolor de los demás? ¡Qué mundo de falsas promesas, mentiras de identidad! De quejas e impotencia del ser humano que vuelan sin pedir permiso, ni obedecen a normas establecidas de ningún código de ética de ningún manual de ideologías. Es verdad que seguimos el curso equivocado. Según Honoré de Balzac «Hay que dejar la vanidad a quienes no tienen otra cosa que exhibir» pero yo añadiría hay que exigir si queremos cumplir dignamente. Porque a veces no quiero pensar en qué nos hemos convertido, perdidos, miserables sin templo. Olvidadizos, y heridos por la indecencia. Vivir sin leer ni querer saber lo que ocurre es peligroso y te obliga a creer en lo que te digan.

Francisco Velasco Rey

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