Pastillas de colores – A Toda Costa
Francisco Ponce Carrasco reflexiona con humor sobre las pastillas, los olvidos y las pequeñas dificultades de la edad, inspirado en una canción de A Toda Costa que invita a afrontar el envejecimiento con una sonrisa.

“Tomo un grupo de pastillas, que organizo por colores, una para hormonas y otras son para los dolores. Otras para el corazón, otras me dan energía y, como falla mi memoria, no sé cuál toca o qué día.”
Así comienza una canción que podría parecer escrita para hacer reír, pero que, si uno lo piensa un poco, tiene bastante de retrato de la vida cotidiana de muchas personas mayores. Porque llega una edad en la que el botiquín empieza a parecerse peligrosamente a una tienda de golosinas: pastillas blancas, rosas, azules, amarillas… y todas con una misión diferente e importante.

Hay quien organiza las medicinas por colores, otros por tamaño, algunos por horas y los más metódicos recurren al famoso pastillero semanal, ese pequeño invento que convierte los siete días de la semana en un auténtico tablero de ajedrez farmacéutico.
Uno puede recordar perfectamente dónde pasó las vacaciones hace treinta años, el nombre del maestro de la escuela o aquella canción que sonaba en la radio… pero no recuerdas si la pastilla de las diez de la mañana ha pasado ya por la garganta.
Y entonces aparece la gran duda existencial del jubilado: ¿me la tomo otra vez o espero?
Con los años pueden acumularse tratamientos para diferentes problemas y, cuando son varios, resulta fácil confundirse, pero también hay algo curioso: las pastillas han terminado formando parte de nuestro paisaje vital. Y no falta nunca el comentario familiar:
—¿Te has tomado la pastilla?; Bueno… creo que sí.
—¿Dónde está el pastillero?; No lo sé.
En ese momento descubrimos que quizá el verdadero tratamiento no sea solamente recordar qué pastilla corresponde a cada día, sino conseguir que alguien nos recuerde dónde hemos dejado el pastillero.
La canción acierta al ponerle humor a una realidad que, sin dejar de ser importante, tampoco tiene por qué vivirse con dramatismo. Porque envejecer también consiste en aprender nuevas estrategias: gafas para ver, audífonos para escuchar, pastilleros para organizarse y, sobre todo, buen humor para no perder las ganas de seguir viviendo.
Francisco Ponce Carrasco
