Mi más dulce tesoro. Te recuerdo cada día, mi querido Pinky.
Una reflexión profundamente emotiva de Francelina Robin sobre el abandono de animales, el amor incondicional que nos ofrecen y el recuerdo imborrable de su querido Pinky, su más dulce tesoro y fiel compañero.

Hay cosas que no se pueden explicar con palabras, solamente se pueden sentir. Y para mí, una de ellas es el amor que puede llegar a existir entre una persona y un animal. Cuando perdí a mi tesoro, a mi bebé, a mi perrito, sentí un vacío enorme. Durante un tiempo pensé que quizás podría encontrar otro como él, otro pequeño compañero que llenara un poco aquel silencio que había quedado en mi vida. Pero tuve miedo. No miedo de quererlo, porque sabía que lo amaría con todo mi corazón. Tuve miedo de pensar qué pasaría con él si algún día yo dejara de existir. Por eso pregunté a algunas amigas si, llegado ese momento, podrían quedarse con él, cuidarlo y darle el mismo amor que yo le habría dado. Me dijeron que no, entonces reflexioné mucho. Y decidí no comprar ningún otro. Puede parecer extraño para algunas personas, pero para mí no lo era. Porque cuando se ama de verdad a un animal, no se piensa solamente en el día que llega a casa, en lo bonito que es cuando es pequeño o en la felicidad que nos da. También hay que pensar en toda su vida, incluso en los momentos en los que nosotros ya no podamos estar a su lado.vEso es lo que significa amar de verdad. Y quizás por eso me duele tanto ver lo que sucede cada año con tantos animales abandonados en Francia, Portugal o España.
Agosto debería ser un mes de alegría, pero para muchos perros y gatos se convierte en un mes de tristeza, miedo y abandono. Hay animales dejados en cajas, en las calles, cerca de gasolineras, en carreteras y en lugares donde no conocen a nadie. Algunos fueron pequeños regalos de Navidad, otros regalos de cumpleaños. Eran preciosos, pequeños y adorables. Todos querían tenerlos cuando eran cachorros, pero después crecieron. Llegaron las vacaciones. Llegaron las responsabilidades. Y para algunas personas, aquel animal que parecía tan maravilloso dejó de ser importante. ¿Cómo se puede abandonar así una vida? ¿Cómo se puede cerrar la puerta de un coche y marcharse sabiendo que detrás queda un animal que nos ama? Hay perros que corren detrás del coche de su dueño, intentando alcanzarlo. Corren con todas sus fuerzas porque todavía creen que su familia va a volver. Esa imagen me rompe el corazón, porque ellos no entienden de abandono. Ellos solamente conocen la fidelidad. Y mientras el coche desaparece en la distancia, aquel animal sigue mirando, esperando, preguntándose quizá qué hizo mal. No hizo nada mal. El error fue de quien lo abandonó. En Francia existen multas importantes e incluso penas de prisión por abandonar animales o maltratarlos. Y aun así, desgraciadamente, siguen ocurriendo estas cosas.
Las leyes pueden castigar a quien hace daño, pero ninguna ley puede devolverle a un animal la confianza que perdió. Porque cuando alguien abandona a un animal, no solamente lo deja en una calle. También puede romperle el corazón. Es triste decirlo, pero a veces parece que hay personas capaces de hacer cosas terribles a otros seres vivos. Es parecido a lo que ocurre con las mujeres maltratadas: aunque existan leyes y castigos, siempre hay alguien dispuesto a hacer daño. Y eso demuestra que el problema no está solamente en las leyes, también está en la falta de humanidad.
Mi bebé me enseñó algo que nunca olvidaré. Me enseñó que un animal puede convertirse en familia. Que puede acompañarnos en los días buenos y en los días malos. Que puede saber cuándo estamos tristes. Que puede acercarse cuando necesitamos cariño. Que puede dormir junto a nosotros y hacernos sentir que no estamos solos. Por eso, cuando pienso en él, no pienso solamente en la tristeza de haberlo perdido. Pienso en todo el amor que me dejó. Y quizás esa sea la razón por la que nunca pude reemplazarlo. Porque un animal no se reemplaza. Cada uno tiene su mirada, su carácter, sus costumbres y su manera de querernos. Mi bebé fue único. Y seguirá siendo único para mí. Por eso hoy quiero levantar mi voz por todos los animales que están esperando una familia, por todos los que fueron abandonados, por los que todavía corren detrás de un coche, por los que esperan dentro de una caja, por los que pasan la noche solos y por aquellos que ya no tuvieron la suerte de encontrar una mano amiga. Antes de llevar un animal a casa, hay que preguntarse: ¿Podré cuidarlo durante toda su vida? ¿Lo amaré cuando sea viejo? ¿Lo cuidaré cuando esté enfermo? ¿Seguirá siendo parte de mi familia cuando lleguen las vacaciones? ¿Y si algún día yo no estoy, habrá alguien que lo ame como yo? Si la respuesta no es sí, entonces no debemos adoptarlo. Porque un animal no necesita una casa solamente. Necesita una familia. Necesita seguridad. Necesita cariño. Necesita alguien que diga: “Estaré contigo hasta el final”, y esa promesa debería ser para siempre. Por mi bebé, por todos los animales que amamos y por todos los que todavía esperan ser amados, deseo que algún día nadie vuelva a mirar a un animal como un objeto que puede abandonarse cuando deja de ser conveniente. Porque ellos nos entregan su vida entera. Lo mínimo que merecen de nosotros es una vida entera de amor.
Cuando perdí a mi tesoro, quedó mi casa en silencio, un rinconcito vacío, un dolor dentro del pecho. Pensé en buscar otro bebé, otro pequeño a quien amar, pero el miedo me detuvo, no sabía qué podía pasar. Pregunté entonces a mis amigas, con el corazón en la mano: Si algún día yo faltara, ¿lo cuidaríais como a un hermano? Me dijeron que no podían, y comprendí, con dolor, que una vida no se entrega sin pensar en su futuro y su amor. Por eso no compré otro, aunque lo deseaba de verdad, porque amar también es renunciar cuando pesa la responsabilidad. Mi bebé fue único, nadie lo pudo reemplazar, y aunque ya no esté conmigo, en mi corazón siempre tendrá su lugar. Su mirada sigue conmigo, su ternura, su calor, y cada recuerdo que guardo se convierte en más amor.
Ahora miro a los animales que sufren abandono y dolor, y siento que con sus ojos me hablan desde el corazón. Hay cajas junto a las calles, en gasolineras y carreteras, pequeños cuerpos esperando unas manos buenas y sinceras. Hay perros tras los coches corriendo llenos de esperanza, pensando que su dueño vuelve, que quizá aún exista confianza. Corren detrás de aquel coche sin comprender la razón, sin entender por qué los dejan solos, rotos de corazón. Y yo pienso en mi pequeño cuando encuentro esas miradas, en su cariño infinito, en sus patitas confiadas. Porque un animal no sabe de engaños ni de traición, solo sabe dar cariño, solo sabe confiar y dar amor. En Francia existen leyes, multas y hasta prisión, para quien abandona o maltrata a un animal sin compasión. Pero ninguna condena puede borrar lo que quedó: el miedo dentro de un alma que una vez confió y se rompió. Por eso hay que enseñar que querer es compromiso, que una vida no es un regalo que se abandona cuando ya no es lo mismo. No son juguetes de Navidad, ni caprichos del verano, son vidas que sienten y esperan el calor de nuestra mano. No son cosas que se compran para luego desechar, son corazones que nos quieren y que solo piden amar. Mi bebé me dejó una verdad que jamás podré olvidar: el amor de un animal no se muere al marchar. Permanece en los recuerdos, en las lágrimas, en la voz, en cada gesto de ternura que aprendimos gracias a él y a su amor.
Por todos los que hoy esperan, por los que buscan un hogar, por los que duermen con miedo
sin saber quién los vendrá a abrazar, hoy levanto fuerte mi voz, con esperanza y con pasión: que ningún animal sea abandonado, que ninguno sufra una traición. Y guardo a mi bebé conmigo, como mi más dulce tesoro, porque un animal que fue amado vive para siempre en nosotros. Y aunque el tiempo siga andando y la vida cambie de color, quien ha amado a un animal lleva para siempre su amor.
Mi fiel compañero
En agosto la tristeza camina por las calles,
y hay ojos que preguntan por qué nadie los llama.
Perros que buscan huellas de quien los abandonó,
gatos que esperan solos junto a una carretera.
Hay cajas en las calles que esconden corazones,
y pequeñas vidas tiemblan sin saber dónde ir.
En las gasolineras quedan miradas perdidas,
esperando que una mano les vuelva a acariciar.
Algunos fueron regalos envueltos de Navidad,
pequeños y hermosos, queridos al comenzar.
Pero crecieron un día y alguien cambió de idea,
olvidando que su vida también necesitaba amor.
Hay perros que persiguen el coche que se marcha,
corriendo con esperanza detrás de su dueño.
No saben que la puerta se cerró para siempre,
y siguen por la carretera llamándolo en silencio.
¿Qué culpa tiene un animal de ser abandonado?
¿Qué pecado ha cometido para merecer la soledad?
Si ellos dan su cariño sin pedirnos casi nada,
¿por qué algunos humanos les pagan con dolor?
Yo pienso en mi bebé cuando miro sus caritas,
mi pequeño fiel amigo que vive en mi recuerdo.
Recuerdo sus patitas, su manta y sus cuidados,
y aquellos dulces ojos que tanto me acompañaron.
Él venía a buscarme cuando yo no estaba bien,
y dormía como un niño protegido entre mis brazos.
Por eso nunca olvido el amor que me entregó,
ni el pequeño lugar que guarda dentro de mí.
Mi bebé sigue vivo en cada pensamiento,
en cada lágrima triste y en cada amanecer.
Y por todos los animales que esperan una familia,
hoy levanto mi voz para pedir compasión.
Que nadie los abandone cuando llegue el verano,
que nadie los convierta en juguetes de ocasión.
Ellos también sienten miedo, ternura y esperanza,
también merecen un hogar, cuidados y calor.
Mi bebé me recuerde siempre una verdad:
un animal amado permanece para siempre en el corazón.
Y aunque pasen los años, su amor nunca se pierde,
porque quien ama a un animal lo lleva para siempre.

