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Luz de mármol y alma de óleo: un viaje a la Casa Ibáñez de Olula del Río

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Francisco Sabiote, Diego Sabiote, José Segura y Damià Vidal

Introducción: La mirada del visitante

Uno no llega a Olula del Río por casualidad. La montaña blanca, el canto de los canteros y una historia que late en cada piedra guían los pasos del viajero hacia un templo inesperado: el Museo Casa Ibáñez. Esta visita, enmarcada en el desplazamiento de la comitiva de Granada Costa para la presentación de la novela El niño cantero, inspirada en la vida del profesor Diego Sabiote Navarro, adquiere un carácter especial. Fue precisamente él quien, con generosidad y pasión, nos hizo de guía e interlocutor en un recorrido por el museo y por la memoria.

Diego Sabiote, poeta y profesor emérito de Filosofía en la Universidad de las Islas Baleares, ha dedicado su vida a la docencia y a la cultura. Nacido en Macael, su testimonio es el de quien ha caminado desde las canteras hasta la cátedra. Y es desde esa mirada entre la tierra y el pensamiento que nos invita a entender la Casa Ibáñez no sólo como un espacio expositivo, sino como un santuario donde la materia se transforma en belleza y reflexión.

Llegar a Olula del Río, donde se encuentra el museo, es descender a un valle encalado de luz. Las sierras que envuelven este rincón de Almería parecen abrirse como las páginas de un libro mineral, y entre ellas, la Casa Ibáñez se alza como un manifiesto de la cultura convertida en destino.

Andres Garcia Ibáñez

El museo: un templo para la pintura y la emoción

El Museo Casa Ibáñez sorprende desde su arquitectura sobria y funcional, en la que el protagonismo está reservado para el contenido: las obras. El edificio, amplio y luminoso, está distribuido en dieciséis salas, de las cuales catorce albergan la colección permanente y dos están destinadas a exposiciones temporales. Todo el espacio está concebido como un recorrido introspectivo, donde el espectador puede dialogar con el arte sin interferencias.

La primera sensación al entrar es de respeto. La disposición de las obras, el silencio acompañado del eco suave de los pasos, la luz natural que baña con suavidad los lienzos… Todo invita a una contemplación pausada. Diego Sabiote, alzando la voz con tono sereno, nos hace detenernos ante una gran tela de García Ibáñez: una escena realista, casi teatral, donde la expresión de los personajes nos atrapa con la fuerza de lo inevitable.

«Cada sala es un poema en silencio», nos dice. «Las pinceladas de Ibáñez no ilustran: interpelan». Y así, con esa sensibilidad que sólo los grandes educadores poseen, nos conduce por obras de Sorolla, Goya, Picasso, Maruja Mallo, y muchos otros, entrelazando el comentario estético con la reflexión sobre el tiempo, la muerte, la pasión o la identidad.

Hay en el museo una voluntad de permanencia. No sólo se custodia el arte; se defiende. La diversidad de estilos, escuelas y periodos presentes en la colección no es caprichosa: es un intento deliberado de educar la mirada, de abrir horizontes. En cada rincón hay una lección de historia del arte y también una declaración de principios. La pintura es vida, conflicto, ironía, denuncia. El arte es espejo y es herida.

Entre las obras que nos impresionan, destaca la serie de retratos psicológicos del propio Ibáñez, donde los rostros se convierten en paisajes del alma. También nos detenemos en una pieza casi oculta: un pequeño dibujo de trazo rápido y mirada fija, que parece preguntar en silencio al espectador: «Y tú, ¿qué miras?»

Cuadro de Andrés García Ibáñez en que retrata al escultor Antonio López García y a su esposa, María Moreno

Andrés García Ibáñez: pincel, herencia y destino

Andrés García Ibáñez pasó su infancia en Olula del Río. Pintor precoz y decidido, se formó en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla y desde muy joven destacó por su dominio del dibujo, la composición y una voluntad crítica que le alejó de las corrientes puramente formales. Su obra se inscribe dentro del realismo contemporáneo, pero su mirada es mucho más compleja: cada cuadro suyo parece esconder una tesis, una provocación o una medición del alma humana.

En sus lienzos conviven la belleza clásica con la tensión moderna. La carne está viva, el color es contenido pero elocuente, los escenarios remiten a una teatralidad medida. Hay en él una herencia barroca, una querencia velazqueña, pero también una clara voluntad de sacudir al espectador. Sus cuadros no tranquilizan: despiertan.

Diego Sabiote lo define como «un pintor-filósofo». Y lo dice con conocimiento de causa: «Andrés pinta como quien reflexiona. Cada obra suya es una pregunta lanzada al mundo, una manera de no aceptar lo dado sin más». El museo, por tanto, no es solo su legado como coleccionista o benefactor: es la extensión natural de su pensamiento pictórico. Un lugar donde el arte no se contempla desde el gusto, sino desde la inteligencia.

La alianza del arte y la piedra: Cosentino y el mármol como mecenazgo

Uno de los aspectos más notables del Museo Casa Ibáñez es su alianza con la empresa Cosentino, referente mundial en la producción de superficies de piedra y derivados del mármol. Con sede en Macael, Cosentino representa la evolución de una tradición secular: la extracción del mármol blanco que ha dado fama a la comarca desde tiempos romanos.

La colaboración entre García Ibáñez y Cosentino ha dado lugar a la Fundación de Arte Ibáñez-Cosentino, que no sólo mantiene el museo sino que impulsa actividades formativas, restauraciones, publicaciones y exposiciones itinerantes. Es un ejemplo de mecenazgo moderno, que no se limita a la financiación sino que participa activamente en la difusión del arte.

En palabras de Diego Sabiote, «es hermoso ver cómo una materia inerte como el mármol puede convertirse en puente hacia lo más vivo del espíritu humano: la creación artística». Y tiene razón. El museo, en cierto modo, es también un homenaje a los canteros, a los picapedreros, a todos aquellos que han modelado la tierra con sus manos y que ahora ven ese mismo material sublimado en forma de arte.

La piedra y el óleo se dan la mano. Uno sostiene la memoria mineral; el otro, la emoción fugaz. Y en su encuentro nace algo nuevo: el arte como forma de arraigo y como aspiración de eternidad.

Cultura y territorio: Olula del Río como eje de identidad y futuro

La visita al museo permite comprender cómo la cultura puede ser motor de transformación social. Olula del Río, es también hoy un referente cultural gracias a iniciativas como la Casa Ibáñez, que han sabido conectar la tradición artesanal con la expresión artística más exigente.

Para Diego Sabiote, que conoció las canteras desde dentro y que hoy reflexiona desde la distancia de la filosofía y la poesía, el museo representa «una forma de justicia poética»: el reconocimiento de una tierra trabajadora que ha sabido reinventarse sin renunciar a su esencia.

El Proyecto Granada Costa, en cuya comitiva nos desplazamos a Olula del Río, comparte ese mismo espíritu: la cultura como herramienta de cohesión, de dignificación y de futuro. No se trata solo de conservar lo que fuimos, sino de crear lo que seremos. Y en este sentido, la Casa Ibáñez es un modelo ejemplar de cómo un museo puede convertirse en eje dinamizador de todo un territorio.

El vínculo entre el arte, la educación y la identidad local se hace evidente. No se trata solo de exponer cuadros, sino de crear un espacio para la reflexión, el diálogo y el encuentro entre generaciones. Es en ese cruce de caminos donde se gesta una verdadera cultura con raíces.

Lección de arte, historia y belleza

La jornada concluyó con una emoción serena. Al salir del museo, la luz de la tarde caía sobre las fachadas encaladas, y en los rostros de los visitantes había un reflejo de gratitud. Diego Sabiote, con su mirada sabia y su paso firme, nos dejó una última reflexión: «El arte no está hecho para decorar muros, sino para abrir corazones. Y en el Valle del Almanzora, tierra de piedra, también late un corazón que se llama cultura».

Este viaje, más que una visita, ha sido una revelación. Un modo de mirar lo cercano con ojos nuevos, de descubrir que en lo humilde puede habitar lo sublime. El Museo Casa Ibáñez no es solo un edificio, ni una colección, ni una empresa cultural: es un acto de fe en la belleza y en el ser humano.

Y por eso, desde Granada Costa invitamos a todos los lectores a peregrinar a este templo del alma. No como turistas, sino como buscadores. Porque hay lugares que no se visitan: se recuerdan para siempre.

Redacción Granada Costa

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