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Llama que no ciega, sino que nombra,
manos que fueron surco y refugio en la llamarada,
guardianes del bosque, de la grieta, del manantial,
llevaban a cuestas una geografía del aliento.

Vinieron a dominar la furia del calor homicida
con el grito que ordena, con el nudo que perdura,
y el incendio los bebió como la tierra sedienta bebe la lluvia.
Quedaron las miradas que eran norte y eran semilla,
perfiles que ordenaban el caos de la hoguera.

No son cifras; son latidos / son umbral / son vidas,
hijos de un pueblo que aprende a sangrar en silencio.
Hoy les encendemos una palabra como antorcha,
para que su eco persista en la bruma, en la cornisa.

A los que el fuego abrasó
desde esta España pedimos, justicia, reparación
y a la tierra calcinada le juramos recuerdo.
El campo es también un animal herido
hojas caídas que aguardan el verde y la canción.

No es solo polvo: es el tiempo deshecho,
los amaneceres que nacerán con rocío y esmero.
Desciframos el sacrificio en la cartografía de sus huesos,
ese atlas grabado con rastros de brasas y sudor.

Que no se borre que fueron faro cuando todo ardía,
que sus nombres se hagan simiente en cada retoño.
Callamos para que el duelo tenga voz propia,
y, en la quietud, bordamos una red de palmas que sanan.

Si la memoria arde, la haremos ascua de consuelo,
vertiendo agua en las quebraduras, cantos sobre las brasas.
Recordaremos las suelas, el eco en la hondonada,
las pupilas que trazaron senderos de vuelta en la locura.

No permitiremos que la borrasca borre su certeza:
gritaremos sus nombres frente al sol y la tormenta.
Para los que partieron, la memoria y el grito;
para los resistentes, un hogaza y un juramento:
sembrar un olivo por cada vigilia que ellos guardaron,
hasta que el monte recobre la vida y vuelva a renacer.

Francisco Luque Bonilla

1 pensó en “LATIDOS QUE ARDEN

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