LA DICTADURA ALGORÍTMICA

Javier Serra
Imaginen un mundo donde su puntuación social determine su empleo, sus posibilidades de alquilar una vivienda, el sueldo máximo al que puede aspirar e incluso el derecho a ser invitado a una boda. Donde cada interacción humana se reduce a una transacción de emojis relucientes y sonrisas de dentífrico. Esto que se plantea en Nosedive (2016), un episodio de la serie Black Mirror, es casi una realidad.
En esa sátira descarnada, la protagonista, Lacie Pound —nombre irónicamente monetizado— persigue con desespero la quimera de la «excelencia social». Su obsesión por acumular likes no difiere mucho de los “creadores de contenido” de las redes sociales como Youtube, Instagram o Tik Tok: venden ideas plastificadas al por mayor, confunden popularidad con valor humano y terminan —¡cuidado, que destripo el final!— padeciendo una crisis existencial cuando el algoritmo les retira su dosis de validación.
El paralelismo es perturbador. Hoy, como Lacie, hemos internalizado que la aprobación social define nuestro lugar en el mundo: realizamos constantes ofrendas al dios Algoritmo mediante likes compulsivos, comentarios vacuos («¡TOP! 💯🔥») y shares irreflexivos. A cambio, recibimos la ilusión de pertenencia. Peor que el espejo donde se miraba la malvada Reina del cuento de Blancanieves, porque ahora vivimos rodeados de espejos deformantes. Las redes sociales han mutado de ágoras digitales a máquinas tragaperras psicológicas diseñadas para generar adicción mediante intermitentes recompensas de dopamina (un like, un follow, un «¡Gracias por los 10K!»). El resultado es una generación que construye su identidad sobre cimientos tan sólidos como los de una piscina hinchable.
La tragedia es que este sistema no solo premia la banalidad: la exige. Cuanto más sencillo y accesible sea el mensaje para el público, mejor. Es irrelevante que sea absurdo, falso o malintencionado. Solo cuenta su impacto.
El episodio alcanza su clímax distópico cuando Lacie, ya en caída libre social, grita: «¡F*** YOU! ¡Y F*** YOUR RATING!». Hoy, ese grito debería resonar como campanada. Porque mientras entregamos nuestra capacidad crítica al altar del trending topic, el debate público se reduce a guerras de hashtags. La política, a batallas de ratios en X —que se lo digan a Trump y Musk, y lo que han logrado a base de esparcir sus mentiras y medias verdades al viento digital— y el conocimiento, a carreras de clicks entre charlatanes que venden burdas y falsas respuestas (normalmente cargadas de desprecio a la razón y la solidaridad) a problemas complejos.
No exagero: estudios muestran que el 62% de Gen Z prefiere TikTok antes que Google para buscar información. ¿El resultado? Una sociedad que confunde viralidad con verdad, eslóganes con argumentos, followers con autoridad. Exactamente el mundo que Black Mirror imaginó: donde la profundidad intelectual molesta tanto como a Lacie sus arrugas en una foto perfecta.
Pero hay esperanza. El final de Nosedive contiene un guiño revelador: tras tocar fondo, Lacie discute con un presidiario… y ríe de verdad. Sin ratings. Sin cámaras. Sin algoritmos. Quizás ahí esté la clave: la verdadera rebeldía no es abandonar las redes (utopía ingenua), sino usarlas sin dejar que nos usen. Abrir espacios donde prime la reflexión sobre el clic, la curiosidad sobre la rabia, el diálogo sobre el monólogo.Pero para eso se necesita un pensamiento crítico cada vez más difícil de cultivar en una juventud arrastrada por la vulgaridad de lo que absorben en redes sociales.
Así que la próxima vez que un influencer les exija un like a cambio de su décimo tutorial sobre «cómo ser auténtico», recuerden: hasta Lacie Pound terminó entendiendo que la autenticidad no se negocia con emojis. Quizás, entre tanta basura digital, debamos rescatar aquellas «cosas raras» del siglo XX antes de que el icono de una berenjena 🍆 se convirtiera en el summum de la expresión intelectual: leer un libro hasta el final, discutir ideas sin convertirnos en trolls... O mirar a los ojos del prójimo y buscar en ellos una conexión profunda con nuestra humanidad.