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FLAMENCO Y TOROS (XIV), CAGANCHO (1903 -1984)

mayo 2015

 

cagancho

 

Aquel torito bravo traía la muerte… Una muerte loca de olés y de palmas, torera y alegre (Seguiriya gitana). Tal como dejamos dicho en el anterior artículo, queremos dedicar el presente a “La muerte en el flamenco y los toros” y – ¡cómo no! – bajo la bandera del sevillano Joaquín Rodríguez Ortega “Cagancho”, nacido en Sevilla (1903) y muerto en México (1978), descendiente, como escribe don Julián Tomás García Sánchez, de una dinastía conocida de cantaores y toreros, torero desconcertante, a veces valiente y gallardo, otras dando la “espantá”, pero siempre artista genial y de personalidad.
Este afamado sevillano tuvo la suerte de ser Cantaor, Torero y Bailaor. Era nada menos que biznieto de Tío Antonio Cagancho
y nieto de Manuel Cagancaho e hijo de Joaquín Cagancho, célebres intérpretes de los cantes por Tonás, Seguiriyas y Soleares. En las reuniones íntimas y en juergas que él mismo montaba, daba muestras de sus grandes conocimientos del cante por tonás y soleares y, de manera especial, su buena disposición para el baile por Bulerías. Un crítico taurino lo describe así: “De la dilatada lista de toreros que ha dado Sevilla, y que se han caracterizado por su duende, uno de los más principales ha sido Cagancho. Nacido en la torerísima Triana, con sangre gitana por sus venas y figura arrogantísima, no cabe duda que tenía que ser torero”, ( “Tauromaquia fundamental”, pág. 102). Y así fue. Hizo su presentación en Madrid (1926), junto a Curro Puya y Enrique Torres. A los grandes triunfos que consiguió al inicio, grandes broncas tuvo que soportar a lo largo de su carrera artística, dado que no se prodigaba demasiado, porque el artista verdadero – decía – no puede transformar su arte en una oficina, con su fichero debidamente catalogado y numerado. Y también se daría en Cagancho la paradoja del mundo taurino: siendo él gitano por todos los foros, sus mayores apoteosis los alcanza en México, y quizás la suerte en la que más destaque sea en la de matar toros con toda grandeza, cuando se sentía inspirado.
“La vida no es solamente un sistema de urgencias, sino también un pausado, ingente y quiescente esfuerzo por encontrar la verdad de la realidad”, nos dejó dicho el filósofo Xavier Zubiri en “Sobre el hombre” (Madrid, 1985).
La realidad óntica de la vida es la muerte, cantada en los estilos más trascendentales del arte flamenco: Tonás, Seguiriyas, Soleares y Tangos. La sed del misterio que anida en el ser humano queda perfectamente descrita en las coplas flamencas, que lo cantan todo. Por eso el flamenco es “una vieja sabiduría”. Está demostrado que el hombre no puede prescindir de los dioses, porque nunca podrá explicarse el misterio de la vida y, sobre todo, el de la muerte. De todas las fuentes de la religión, escribió Malinowki, la crisis suprema y final de la vida – LA MUERTE – es la más importante. El filósofo existencialista Martín Heidegger afirmó, con la máxima rotundidad, que “…El hombre es un ser para la muerte”. La concepción cristiana, sin embargo, es totalmente distinta: “Hemos nacido para cosas mayores”, que nos dijo san Agustín (s.IV). Los creyentes cristianos caminamos tranquilos y serenos. Mis continuas lecturas me han hecho ver que muchos filósofos existencialistas han gozado leyendo el sentido metafísico de las coplas flamencas: espejo transparente de las profundas vivencias del pueblo gitano-andaluz. Y creo haber dicho que el “amor” y la “muerte” han originado el mayor número de coplas flamencas. “La presencia de la muerte es una de las constantes flamencas, en la seguiriya sobre todo, afirman Ricardo Molina-A. Mairena en “Mundo y formas del cante flamenco”, pág. 113 (Sevilla, 1971).
La muerte, qué duda cabe, es uno de los cuatro poderes fundamentales del mundo: TODO LO VENCE EL AMOR, / TODO EL DINERO LO ALLANA, / TODO LO CONSUME EL TIEMPO, / TODO LA MUERTE LO ACABA, canta la copla popular.
En mi larga vida artística, he podido comprobar que la muerte es sentida trágicamente entre los gitanos, y en sus cantes la tienen muy presente. Para los andaluces, la muerte es una preocupación ineludible en la poesía, pintura, escultura,folclore y flamenco. Federico García Lorca, el poeta de la pena, de los cuchillos y muerte, dejó escrito: “España es el único país donde la muerte es el espectáculo nacional, donde la muerte toca largos clarines a la llegada de las primaveras”,(“Importancia histórica y artistica del primitivo canto andaluz llamado Cante Jondo”. Granada, 1922). En la poesía flamenca, la muerte se nos presenta, esencialmente, como la solución total a la existencia frustrada y amenizada, tal es la opiinión de A. Carrillo Alonso en “La poesía del cante jondo”, pág. 75 (Almería, 1975). Podemos, pues, observar que la muerte siempre aparece como la única respuesta a un pueblo que, en sus cantes, se está interrogando por el sentido de la existencia: “La muerte llamo a voces, / que no quiere venir; / que hasta la muerte tiene, compañera, / lástima de mí” (Seguiriya). A veces, se convertirá en una “indiferencia” para el andaluz: “Cada vez que considero / que me tengo que morir, / tiendo una manta en el suelo / y me “jarto” de dormir”.
La muerte en los toros toma tintas de aguafuerte. Aguafuertes de enfermería, enfrente de la policromía de las plazas. Nada extraña la opinión, generalizada, de que los toreros muertos adquieren categoría mítica, legendaria, casi fabulosa.
La musa popular los exalta y los recuerda; canta sus hazañas, a veces de una forma tan ingenua, que solamente el fatal motivo arranca de nuestros labios la sonrisa. Desde los más simples “tanguiilos” hasta los romances, seguiriyas, tonás,polo, malagueñas, los toreros muertos son cantados en este complejo y enigmático mundo del “Cante y Toros”. En este mundo,”mundillo”, cuya historia está escrita por los llamados “poetas anónimos”: Gitanos de Talavera, / ¿cómo ha podido ocurrir / que el torero Joselito / tuviera tan triste fin?. Cuatro caballos llevaba / el coche del Espartero,/ los mayorales lloraban / la muerte del gran torero. Manolete se acabó / entre los cuernos de “Islero” / y el mundo entero lloró,/ que ha muerto el mejor torero / que a Córdoba le nació. Que se callen los cantares, / que se ha muerto Manolete / en la plaza de Linares. Curro Puya, tú si fuiste / orgullo de los calés, / aquel toro “Fandanguero” / te asesinó… sin querer.

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