DIOS EN NUESTRAS VIDAS XV

A Dios dices comprender desde dentro de ti. Y que esto solo te basta. Que no deseas más sermones.
A mí también me bastaría, si nuestras normas de vida, nuestro comportamiento y el nivel de nuestro amor y de nuestra caridad fuera tal, que hicieran exclamar al tratarnos: “Éste de seguro que conoce y vive la doctrina de Cristo”. Pero la realidad es que somos muy malos médicos de nosotros mismos y peores pacientes. Y fallamos y nos mentimos y nos creemos más y mejores de lo que realmente somos.
Algunos alegan que somos un “todo” con lo que nos rodea y que consecuentemente su forma de pensar y de actuar, es la adaptación al momento, a lo circunstancial, a lo que el mundo demanda, a lo que en la sociedad impera. Y estos infundados postulados no son nada más que las consecuencias de una mentalidad acomodaticia y manipulable, que solo se da cuando el hombre pierde su trascendencia como hijo de Dios y como tal, sabe mantenerse por encima de las modas, las tendencias y los esnobismos.
También sé, como tú, que el mundo está lleno de problemas, de circunstancias tristes y azarosas, de despropósitos, de injusticias, de intolerancias. Pero es inútil y estéril intentar evadirnos de la realidad que nos circunda, aferrándonos a lo novedoso, a lo del momento, a la moda, a lo que se lleva, a la cómoda inhibición de nuestras responsabilidades. Porque todo ello, a fin de cuentas, no hará otra cosa que incrementar nuestro descontento, nuestra apatía, nuestra rebeldía y nuestra insatisfacción con nosotros mismos.
Tú, que a Dios dices comprender desde dentro de ti y que esto sólo te basta. Desde hoy, vívelo compartiendo con Él, cada momento de tu vida, hazlo presente en cada lugar donde te encuentres, reafírmalo con tus palabras ante los que trates. Y cuando todo ello se haga cotidiano en tu decir y en tu actuar, verás cuánta vanidad y superficialidad sobran en tu vida.
Muchos son los contrastes, las miserias, los horrores y los errores de este mundo, pero buscar a Cristo, e intentar andar su senda y cumplir con sus mandamientos, es la única certeza que le cabe al hombre de que todas esas injusticias, por mucho que muchos se opongan, serían al fin, eliminadas y vencidas en su totalidad.
Eres una persona honesta, honrada, cabal, pero no luches solo, une tu esfuerzo y tu corazón a los que como tú aman y esperan en el Señor y ensancha tu espíritu, tu criterio y la calidad de tu caridad con la práctica frecuente de los sacramentos que Cristo ha puesto al alcance de tus manos. Y verás cómo aprendes a comprender a Dios de otra manera más íntima. Tus penas serán más llevaderas, tus dolencias menos dolorosas, y tus momentos de felicidad más intensos y gratos.
