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CURIOSIDADES DE LAS FRUTAS

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Decía Marguerite Yourcenar en su fantástico libro que leí un par de veces titulado Memorias de Adriano, “que comer un fruto significa hacer entrar en nuestro Ser un hermoso objeto viviente, extraño, nutrido y favorecido por la tierra; y que ello significaba consumar un sacrificio al que optamos decididamente para cubrir nuestra alimentación”.

     Pues bien: hoy pretendo traer curiosidades propias o ajenas, que se me ocurran refiriéndome a los millones de frutos expandidos por el planeta Tierra, pero que merezcan figurar entre los que voy a relacionar, ya que serán muy pocos o casi nada comparativamente con la copiosa oferta que se nos ofrece.

     Debemos tener presente, que antes de que apareciera el primer ser humano para descubrir ese tesoro comestible que son los frutos y procrearlos, ya los habían utilizado los animales para consumirlos y alimentarse y hasta un ser de escasa talla como los pájaros eran grandes consumidores, pero a la vez, los principales multiplicadores de muchas especies de frutos, defecando vivas las semillas por todos los suelos por donde pasaban volando.

     Pudo causar sensación, cuando en 1965 algunos viajeros soñadores nos empeñamos en traer frutos tropicales de las zonas donde el clima les era propicio; es decir desde Centro y Suramérica especialmente; y lo hacíamos porque en las costas de Málaga y Granada los mangos y aguacates podrían prosperar favorecidos por un clima que podía equipararse al de Méjico, Venezuela y tantos otros que producían para su consumo aquellos deliciosos frutos exóticos. El éxito no tardó en producirse: y venciendo todas las dificultades, la costa andaluza se instauró en los últimos años como la única zona productora de Europa, con un imponente mercado.

     Y aquí cabe preguntarse: ¿Cuándo Colón y los colonizadores españoles llegaron a América, los aguacates ya se producían en México, Guatemala y las Antillas, así como en diversos lugares y en pequeña cantidad podían verse los mangos…?  Al menos éstos tuvieron que venir de la India y alguien tuvo que traerlos o llevarlos, ¿no?   Quiere decirse, que, en tantos miles de millones las especies fruteras como los propios animales, pudieron estar ya viajando de uno a otro continente por las necesidades alimentarias o el capricho de los poderosos agricultores de cada tiempo.

      Y viene al caso mencionarlo, porque el fruto Yang Tao originario de China y único productor de la época, tuvo que ser usurpado por los neozelandeses alrededor del siglo XX, quienes lo bautizaron con el nombre de su pájaro Kiwi (¿sería para que no se notara tanto la sustracción?).  Pues con ese nombre negocié yo en Aucklan en 1983 y conseguí el encargo de Nueva Zelanda para introducirlos y darlos a conocer en España con su marca Zespri. Pero lo anecdótico y en fechas recientes en Nueva Zelanda, crearon el nuevo tipo o variedad de kiwi de sabor dulce, con el apelativo de SunGold, que lleva alrededor de 15 años en el mercado y del que los neozelandeses estaban orgullosos y exclusivos.

     Al poco tiempo, callando y en silencio, en China ya tenían alguna plantación de dicha variedad; y cabe preguntarse, ¿cómo lo obtuvieron? Se supone que fue algún emigrante chino quién había sustraído el material y lo había propagado en China. (Donde las dan…las toman)

     Y para curiosidad, puedo declarar que en Pernambuco (Brasil) en el año 1994 en una visita que hice al gobernador de aquel estado, le pregunté la razón por la que en aquel gran país jamás había visto melones de corteza verde y que todos los que se vendían eran de color amarillo con escasa carne y sabor a pepino… Y el gobernador me respondió, aquí en Mossoro tienes a tu disposición mi finca. Coge las hectáreas que necesites y si eres capaz de conseguirlo, llenamos el Estado de melones “piel de sapo” como los que he comido en España, que eran deliciosos…

     Unas semanas después, acudí con un equipo de meloneros especialistas de Villaconejos (Madrid), y con las plantas necesarias acudimos a Fortaleza y Mossoro para plantar veinte hectáreas “de oro” como resultaron ser aquellos primeros melones desde entonces, llenando los mercados europeos de diciembre a mayo todos los años.

     Y quiero recordar en el presente escrito, a la que fue la reina de las frutas: ‘la piña tropical de las islas Azores’   hoy desaparecida: el precioso color anaranjado de su corteza; su exquisito perfume; su deliciosa pulpa amarilla y su jugosa sabrosura hacían todo lo demás. Y ello lo proponía la olvidada variedad “Red spanis” (roja española), que inundaba los mercados del Viejo Continente por su espectacular calidad. La magia la pusieron los portugueses acristalando los invernaderos en la isla de San Miguel y con sus tierras volcánicas creando una piña única, especial, que fue desplazada a mitad de precio por los marselleses en la Costa de Marfil, con unas variedades africanas de muy baja calidad (hoy casi desaparecidas) y que Costa Rica con variedades aceptables (cayenna lisa) pero de corteza verde en general, cierto sabor y ningún olor…

     No quiero comparar las frutas con las flores porque son dos especies diferentes, pero tienen en común un característico y personalísimo olor con diferentes perfumes cada una.

     Y, para terminar, voy a referirme a la guayaba: un fruto modesto, pero de utilidad en la alta cocina repostera. Su peculiar cualidad era el olor que desprendía durante su maduración, perceptible a muchos metros de distancia y resultando casi siempre agresiva. Era su bandera y la condenaron. En los laboratorios de Florida en USA, donde domesticaron la mayoría de los frutos tropicales, no pudieron sustraerse a la descarada guayaba y la condenaron a esconderse: le quitaron su peculiar y exagerado perfume y la mataron; solo dejaron sus numerosas semillas sin darle ningún sabor ni aderezo a cambio, y falleció. ¿Quién ha vuelto a ver una guayaba en los mercados europeos? ¿Han dejado de producirse? Ella, que era la precursora de los tropicales, anunciándose con su perfume entre tantas especies que la rodeaban en bosques, parques y jardines ha dejado de florecer…Que descanse en paz.

Julián Díaz Robledo

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