AFECTOS Y RELACIONES HUMANAS

Dentro de la complejidad de las relaciones humanas nos movemos, en general, por los sentimientos, la afinidad de pensamiento, la competición, rivalidad y otros afectos, que armonizan o rechinan en el fondo de cada interacción.
Algunos psicoanalistas sostienen que nos podemos sentir atraídos por las personas que poseen aquellas cualidades que nos faltan o desearíamos poseer (Carl G. Jung, por ejemplo).
Consideran que es la proyección de determinados aspectos de nuestra personalidad, que depositamos inconscientemente sobre la otra persona lo que la hace atractiva (Melanie Klein y escuela). Nos movemos en el interjuego de todas estas características y probablemente de algunas más.
De esta manera, nos podemos sentir atraídos por personas dinámicas, decididas, a las que podríamos idealizar, si necesitamos tener cerca a la persona fuerte, que sabe lo que quiere; pero también podríamos sentirnos atraídos por personas más pasivas, capaces de seguir las ideas de los demás, cuando necesitamos que predominen nuestras ideas o nuestra manera de actuar.
En el primer caso, observaríamos relaciones de pareja, establecidas sobre la idealización de la otra persona, a la que atribuimos aspectos, que también podrían ser nuestros. Se idealizan sus cualidades olvidándonos de cómo es en realidad, aunque pueda mostrarnos aspectos menos positivos y atractivos de sí misma. Una relación basada en la idealización de diferentes aspectos de la persona elegida puede llevar a la decepción y frustración cuando manifiesta su comportamiento y llega a ser percibida tal como es en realidad y no bajo la deformación de nuestras proyecciones e idealizaciones.
Mientras que, en el segundo caso, la relación se establecería sobre una situación de dominio o dependencia. Correspondería a quien desea rodearse de personas dóciles, pasivas y dependientes, a las que poder dominar o, al revés, se elegiría a una persona activa y dominante, que pudiera dar seguridad a la incertidumbre e indecisión de un comportamiento pasivo-dependiente.
También podríamos observar en toda relación de pareja la tendencia al equilibrio: la persona no buscaría aquello que le falta ni otros intereses, sino a un compañero de viaje con sus virtudes y defectos.
En cualquier caso, el estilo de relación, vivido de forma satisfactoria por la pareja, puede llegar a desequilibrarse y deshacerse si intervienen emociones como los celos o la envidia. Esta situación se ha podido observar en el nacimiento de un hijo; situación por la que el padre puede sentirse celoso y abandonado, incluso excluido de la relación con su mujer, si ésta se dedica de forma intensa y exclusiva al cuidado del recién nacido.
Los celos son una emoción frecuente en las relaciones amorosas, de amistad o profesionales, que podemos sentir todos los seres humanos. No obstante, cuando la emoción se transforma en un sentimiento desmesurado, sobresale la necesidad de poseer a la otra persona de forma exclusiva con el temor subyacente de una infidelidad, sea ésta real o fantaseada, pero vivida por la persona celosa como si sucediera realmente. En consecuencia, puede sentirse amenazada, incluso angustiada.
Predomina, según Freud, un sentido exagerado del otro como pertenencia. La persona pertenece a su pareja como si se tratara de un objeto, del que se apropia sin tener en cuenta el respeto a su individualidad.
Las personas celosas pueden reconocer sus emociones como exageradas o irracionales y presentar estados de ansiedad y agresividad en forma de pensamientos intrusivos o comportamientos reiterativos, que suelen descargar en la familia o en la misma pareja. Todos estos comportamientos pueden generar mucho estrés y están encaminados a «controlar» a la otra persona, con objeto de mermar la ansiedad que los celos desencadenan en la persona celosa.
Un ejemplo de este comportamiento lo podemos observar en Otelo, una de las obras más representativas de Shakespeare sobre este tema. En ella se exploran la desconfianza y la capacidad de destruir una relación, como la representada entre Otelo y Desdémona, cuyo amor se ve amenazado por los celos y los prejuicios de Otelo. Estos sentimientos se ven potenciados y exacerbados por el villano Yago, quien alimenta los celos de Otelo con mentiras y rumores infundados sobre la fidelidad de Desdémona.
A medida que el drama avanza, este conflicto interno crece hasta llegar a un punto crítico, cuando Otelo da rienda suelta a sus emociones más oscuras e impulsivas para destruir a Desdémona. Vemos como el momento feliz puede acabar en tragedia, debido a las acciones irreflexivas, originadas por los celos y la desconfianza hacia la persona a la que ama profundamente.
La envidia es otra emoción que podría trastocar una relación. La envidia ha sido considerada por Melania Klein como un sentimiento primario, que impulsa al niño a querer poseer, incluso destruir, el objeto envidiado, mientras que los celos surgen de la necesidad de mantener para sí la exclusividad de la persona amada. Llega a la conclusión de que la envidia, al alterar la primera de las relaciones experimentadas por el bebé (relación que generalmente tiene con su madre) es «uno de los factores más poderosos de destrucción de los sentimientos de amor y gratitud».
Considera que la envidia puede manifestarse desde el comienzo de la vida, aunque si la primera experiencia afectiva del niño ha sido gratificante, se habrán puesto las bases para un desarrollo emocional satisfactorio, que reforzará, desde su raíz, el sentimiento de seguridad necesario para confiar en sí mismo.
La novela explora cómo la pasión y la búsqueda de la felicidad están entrelazadas con la envidia, hecho que resalta la lucha interna entre los deseos de los personajes y la moral impuesta por la sociedad de la época. La muerte de Fortunata, como consecuencia de una serie de momentos trágicos, constituye el clímax de su complicada existencia. Este desenlace sirve para enfatizar el mensaje crítico de Galdós sobre la hipocresía de la sociedad que describe.
Todos estos impulsos, emociones y sentimientos están presentes y podrán influir, también negativamente, en las relaciones de pareja y en cualquier tipo de relación interpersonal. No obstante, del mismo modo que se han tratado con eficacia cualquier emoción negativa, que afecta a las relaciones del niño con su entorno, también se puede restablecer el equilibrio perdido entre las parejas, cuando su estado emocional se ha visto afectado por los celos o la envidia.
M. Klein (1971). Envidia y gratitud. Hormé, Paidós.

