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La escuela que aún estamos por construir

En «La escuela que aún estamos por construir», Juan Antonio Mateos reflexiona sobre la transformación educativa que exige el siglo XXI, defendiendo una escuela más flexible, crítica, tecnológica y, sobre todo, profundamente humana.

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«La educación no cambia el mundo: cambia a las personas que van a cambiar el mundo.»

PAULO FREIRE

«Si enseñamos a los estudiantes de hoy como enseñamos a los de ayer, les estamos robando el mañana.»

JOHN DEWEY

¿Cómo transformar una maquinaria diseñada en el siglo XIX para que responda a las necesidades humanas y tecnológicas del siglo XXI? La pregunta puede parecer provocadora, pero quizá sea una de las cuestiones fundamentales que deberíamos hacernos cuando hablamos de educación. Porque no basta con introducir ordenadores, pizarras digitales, plataformas educativas o inteligencia artificial en las aulas. Podemos llenar una escuela de tecnología y mantener, sin embargo, una manera de enseñar que pertenece a otro tiempo.

Durante mucho tiempo, la escuela estuvo pensada para un mundo relativamente estable. Había que transmitir conocimientos, aprender determinados contenidos, adquirir una disciplina y prepararse para una sociedad y un mercado laboral que cambiaban lentamente. La memoria tenía un valor central porque conservar y transmitir información era una de las grandes funciones de la educación. Pero ese mundo ya no existe. Vivimos en una sociedad cambiante, saturada de información y marcada por la tecnología, la incertidumbre y la necesidad de aprender continuamente.

El problema es que seguimos intentando adaptar nuevas necesidades a estructuras que, en muchos casos, fueron concebidas para otras circunstancias. Llevamos años hablando de transformar los sistemas de aprendizaje y evaluación, pero la transformación profunda todavía está pendiente. El reto no consiste únicamente en cambiar herramientas, sino en modificar la propia concepción de lo que significa aprender.

Hoy un alumno puede acceder en segundos a una cantidad de información que antes habría necesitado años para encontrar. Internet se ha convertido en una inmensa biblioteca y la inteligencia artificial puede ofrecer respuestas inmediatas a preguntas cada vez más complejas. Pero precisamente por eso la función de la escuela ya no puede consistir principalmente en proporcionar información. El problema fundamental es otro: saber distinguir, seleccionar, interpretar y convertir esa información en conocimiento.

Aquí aparece un cambio decisivo en la figura del profesor. El docente deja de ser el transmisor exclusivo de unos contenidos que el alumno no puede encontrar por sí mismo y se convierte en mediador del aprendizaje y de la cultura. Su tarea es enseñar a preguntar, a contrastar, a relacionar ideas, a resolver problemas y a pensar. También a convivir con la incertidumbre y a aceptar que aprender no es llegar rápidamente a una respuesta, sino recorrer un camino.

John Dewey advertía que «no se puede enseñar hoy de la misma manera que ayer para preparar a los alumnos para el mañana». La frase mantiene toda su fuerza. Pero cambiar no significa aceptar cualquier novedad por el simple hecho de ser nueva. La innovación educativa no puede convertirse en una carrera permanente detrás de la última aplicación, del último dispositivo o de la última moda pedagógica. La tecnología debe estar al servicio de la educación y no convertir la educación en un servicio de la tecnología.

Por eso necesitamos un currículo más abierto y flexible, capaz de responder a una realidad plural y cambiante. Y necesitamos también otra manera de evaluar. Si buena parte de los contenidos envejecen rápidamente, cobra mayor importancia aquello que permanece: la capacidad de analizar, interpretar, comunicar, trabajar con otros, resolver problemas, tomar decisiones y aprender a aprender. No se trata de saber menos, sino de saber para qué sirve lo que sabemos.

Esta transformación exige también comprender que la educación no puede reducirse a la preparación para el empleo. La UNESCO recuerda en el texto de partida que la educación es un derecho humano fundamental y no una mercancía. Su finalidad debe incluir el desarrollo físico, espiritual, moral e intelectual de las personas. Esta afirmación resulta especialmente importante en una época en la que existe el peligro de medirlo todo en términos de utilidad, rendimiento y resultados.

La escuela necesita preparar para el mundo tecnológico, sí, pero también para el mundo humano. Un alumno tendrá que saber utilizar una herramienta digital, pero también escuchar a otra persona. Tendrá que manejar información, pero deberá aprender a distinguir la verdad de la manipulación. Necesitará adaptarse a los cambios, pero también desarrollar criterios para decidir hacia dónde quiere cambiar. La educación necesita inteligencia racional, pero también emociones, afectos, responsabilidad y humanidad.

En este punto aparece una paradoja. Cuanto más poderosas son las máquinas, más importante resulta aquello que las máquinas no pueden sustituir. Neil Selwyn afirma que «la enseñanza es una profesión de superación humana, y ese aspecto no puede ser replicado por una máquina». La tecnología puede facilitar tareas, ampliar posibilidades y personalizar determinados aprendizajes, pero educar implica una relación. Hay una mirada, una palabra, una confianza, una corrección, un gesto de ánimo. Hay un profesor que descubre una capacidad donde otros solo ven una dificultad.

Por eso transformar la maquinaria educativa no significa destruirla, sino humanizarla. Significa pasar de un modelo centrado en la enseñanza a otro centrado en el aprendizaje. Significa entender que cada alumno tiene su propio ritmo y que la educación es un proceso que no termina al abandonar la escuela o la universidad. Como recuerda Zygmunt Bauman, «el apetito de conocimiento debería hacerse gradualmente más intenso a lo largo de toda la vida».

También significa aceptar que el profesor debe transformarse. Su formación no termina cuando obtiene un título. Vive reinventándose, aprendiendo nuevas herramientas, comprendiendo nuevas generaciones y afrontando una realidad que cambia constantemente. Pero también debe conservar algo que ninguna innovación debería hacernos perder: la capacidad de mirar al alumno como persona y no como dato, expediente, resultado o porcentaje.

Quizá esa sea la verdadera revolución educativa que necesitamos. No una escuela más tecnológica simplemente, sino una escuela más inteligente, más flexible y, sobre todo, más humana. Una escuela capaz de utilizar la inteligencia artificial sin renunciar a la inteligencia humana; de manejar enormes cantidades de información sin confundir información con conocimiento; de preparar para el trabajo sin olvidar que antes debemos preparar para la vida.

La maquinaria educativa del siglo XIX no podrá responder por sí sola a las necesidades del siglo XXI. Pero tampoco necesitamos empezar desde cero. Tenemos que transformar sus estructuras, revisar sus métodos y aprovechar las posibilidades de la tecnología, sin olvidar aquello que da sentido a toda educación: ayudar a cada persona a comprender el mundo, a comprenderse a sí misma y a encontrar su lugar en él.

Porque, al final, transformar la educación no consiste en fabricar alumnos preparados para adaptarse a cualquier futuro. Consiste en formar personas capaces de construirlo.

Juan Antonio Mateos

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