Portada » Una gata con recursos (2 de 2)
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Por la mente angustiada de Úrsula pasó la idea de subirse al coche y acercarse a la gasolinera que había a unos ocho kilómetros y en la que sabía que vendían algunos alimentos, aunque ella, allí solo había comprado pan. Pensaba que aunque la gasolinera estuviera escasamente surtida en comestibles, siempre tendría algo más que ella. Pero la pereza le pudo. Prefería ayunar a tener que ducharse, arreglarse, vestirse para salir, coger el coche y conducir hasta allí. Otra cosa sería lo que pensara Rodolfo, aunque intuía que su respuesta podría no agradarle, por lo que no le planteó la opción. Volvió a abrir el refrigerador y a inventariar el contenido.

Quedaba un resto de ensaladilla cuyo estado, a a juzgar por el color, no debía ser muy bueno. Cuando destapó el táper que la contenía, el apestoso hedor que surgió, la sacó de dudas y le corroboró aquella primera impresión. Estaba podrida. El olor a putrefacto invadió rápidamente la cocina, antes de que ella, que iba a tirarla al cubo de la basura, recapacitara por entre los tentáculos de la resaca y decidiera arrojarla al inodoro.

Pero el daño ambiental ya estaba hecho, a su vuelta a la cocina, aunque abrió la ventana de par en par y puso el extractor a todo trapo, le fue imposible librarse de aquella pestilencia, por lo que cuando probó unas gambas cocidas que habían sobrado algunos días atrás, le fue imposible discernir si estaban en buen o mal estado, pero no las tiró a la espera de la opinión de Rodolfo.

Colocó cuanto había encontrado sobre la encimera e intentó diseñar el menú. Contaba con un trozo de la ensaimada que sus suegros les habían traído desde Mallorca, dos lonchas de queso gouda, un poco de Salmón ahumado, unas cortadas de chóped, dos huevos duros, una lata de berberechos, algo de mantequilla, tres rebanadas de pan Bimbo y las gambas cocidas si Rodolfo las aprobaba. No era como para indigestarse, pero con eso debían conformarse. A todo eso añadiría un resto de frutos secos surtidos, que aunque algo revenidos, nunca faltaban en casa.

Había también medio blíster de jamón de York, que mostraba ya un arraigado florecimiento y que cuando estaba a punto de tirarlo, se le ocurrió que si lavaba las lonchas, Massiel seguramente se la comería y con eso tendría resuelto el problema de la gata.

Por primera vez desde que estaban casados echó en falta no haber comprado patatas, en ese momento un buen plato de patatas fritas la hubiera sacado del apuro. Pero estaba acostumbrada a los sobres de papas. Desgraciadamente la noche anterior habían acabado con sus reservas.

Dispuso la mesa de tal forma que la escasez fuera lo que menos se percibiera. Emplató también las gambas, aunque no las llevó a la mesa. Primero quería escuchar el parecer de Rodolfo que ya había vuelto de lavar el coche. Lo llamó lo más cariñosamente que pudo.

En contra de lo que Úrsula hubiera deseado, Rodolfo llegó manifestando tener hambre. La resaca no le había desganado.

—Primero quiero que me digas si las gambas están en condiciones o no. Tengo el olfato embotado y no sé qué decir.

—Pues llama a la Massiel, que es la catadora oficial, si ella se lo come yo también —respondió Rodolfo al tiempo que le daba un empujón al comedero de la gata, modo habitual de hacer acudir al animal. El característico sonido hizo que Massiel apareciera casi de inmediato. Aunque esta vez había acudido con menos alharacas que la vez anterior. Cuando llegó se les quedó mirando alternativamente.

Rodolfo, con el plato de los crustáceos en la mano, eligió el que le pareció en peor estado y se lo echó al comedero, La gata se lanzó de inmediato en busca del bocado, pero, contrariamente a lo esperado, al llegar junto a él lo miró, lo olió y se volvió a mirarles a ellos con aquella mirada suya tan despectiva. Volvió a mirar la gamba, pero ahora ya sin mostrar interés, luego despreció el condumio que le ofrecían, les reprendió con la mirada y la indiferencia a sus llamadas y se aposentó en su rincón particular. El veredicto se había pronunciado, era mejor deshacerse del marisco y eso fue lo que hizo Úrsula.

Bajo la atenta mirada de la gata, Úrsula retiró la gamba que esta había despreciado y en unión a sus congéneres las depositó en el cubo de la basura, pensando que de haber estado en condiciones, hubiera salido triunfante de aquel aprieto. Colocó el fiambre recién lavado en el comedero de la gata, Pero Massiel, tras olisquearlo, volvió a su sitio y no mostró el mínimo interés por él. Decidieron dejárselo, por si el hambre le hacía cambiar de opinión.

Rodolfo y Úrsula comieron, más bien devoraron todo lo que esta había podido rescatar del olvido y aun así Rodolfo manifestó

—Es una pena que las gambas no estuvieran en condiciones, con ellas hubiéramos disfrutado de una excelente comida, la verdad es que tenían un magnifico aspecto, pero si Massiel no las quiere, no seré yo quien se atrva a comerlas. Aún me he quedado con algo de hambre. Pero eso se arregla con una buena siesta.

Y se fueron al sofá a sestear, junto a su fiel compañero de siestas, el televisor. Rodolfo, por si acaso, se había llevado un cuenco con los pocos frutos secos que habían sobrado y que devoró antes de que el sueño le hiciera olvidar la gusa.

La siesta se prolongó hasta que la luz solar empezó a desvanecerse. Se despertaron de mal humor y peor sabor de boca, apenas intercambiaron cuatro fonemas que sonaban a esputos. A Úrsula una imperiosa necesidad la llevó disparada al aseo, mientras que Rodolfo volvía a la cocina a dejar el cuenco vacío. Al llegar allí se espantó ante el panorama que presentaba la estancia.

El suelo de la misma aparecía sembrado con minúsculos restos de las gambas que Úrsula había tirado a la basura, solo quedaban los extremos puntiagudos de las cabezas, los bigotes y algunas patas, de la parte carnosa no había ni rastro. Instintivamente volvió su furiosa mirada hacía el rincón en el que solía dormir la gata. Allí estaba ella tumbada, ahíta, con la mirada entornada y lo que parecía una sonrisa adornándole el rostro.

—¡Esta desgraciada nos la ha colado! —rezongó Rodolfo.

—¿Dices algo cari? —preguntó Úrsula, que aliviada su necesidad volvía a la cocina

—Mira y dime si no deberíamos sacrificar a este animal…

Úrsula vio el panorama y aunque estaba de acuerdo con su marido en que la gata les había gastado una jugarreta, no pudo reprimir una sonrisa y pensar que aquel animal era más inteligente que ellos.

La gata, como si leyera su pensamiento lo saludó con un breve maullido, luego cerró los ojos para proseguir con su siesta.

FIN

Alberto Giménez Prieto

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