Portada » CEUTA, LA BELLEZA DE SU MIRAR
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Hay lugares que no se abandonan nunca, aunque la vida nos lleve lejos. Ceuta es uno de ellos.

Por Toñy Castillo

Quienes nacimos en esta tierra sabemos que la distancia puede cambiar el paisaje cotidiano, pero no modifica aquello que permanece en la memoria, en la forma de mirar el mar o en esa sensación difícil de explicar que aparece cuando, después de mucho tiempo, volvemos a pisar sus calles.

Ser caballa es, en gran medida, llevar una ciudad dentro. Por eso hoy me cuesta escribir sobre Ceuta. Porque cuando una ciudad que amas atraviesa momentos difíciles, no basta con observar lo que ocurre desde lejos. Se siente. Se lleva dentro. Duele.

Ceuta está viviendo una situación que no puede contemplarse únicamente desde las cifras de una frontera, desde los comunicados oficiales o desde los titulares que aparecen cuando la tensión aumenta. Existe otra realidad, menos visible, que también merece ser escuchada: la de los ciudadanos españoles y europeos que viven allí y que están soportando las consecuencias de una presión migratoria extraordinaria que, en demasiadas ocasiones, parece desarrollarse sin el orden, los medios y las respuestas que una situación de esta magnitud exige.

Y decirlo no debería ser considerado una falta de sensibilidad. Porque mirar el sufrimiento de quienes llegan no puede significar dejar de mirar el sufrimiento, la preocupación o el cansancio de quienes reciben.

En Ceuta hay familias. Hay niños que van al colegio. Hay personas mayores. Hay trabajadores que cada día levantan la persiana de sus negocios. Hay sanitarios, docentes, policías, militares, funcionarios, voluntarios y ciudadanos anónimos que continúan haciendo su trabajo mientras la ciudad soporta una presión que, en determinados momentos, supera sus propias capacidades.

Son personas que también tienen derecho a sentirse escuchadas.

Se puede comprender el sufrimiento de quien abandona su país buscando una oportunidad y, al mismo tiempo, reconocer la preocupación de quienes viven en una ciudad sometida durante años a una presión fronteriza excepcional.

Se puede ayudar sin renunciar al orden.

Se puede ser solidario sin dejar de exigir responsabilidad.

Se puede defender la dignidad de quien llega y, al mismo tiempo, defender los derechos de quien vive allí.

Una cosa no debería borrar la otra.

Me preocupa especialmente que, cuando hablamos de las dificultades de los ceutíes, algunas voces interpreten inmediatamente nuestras palabras como rechazo o intolerancia.

No.

Quienes conocemos Ceuta sabemos que su historia es precisamente la historia de la convivencia. Hemos crecido viendo convivir culturas, religiones y formas diferentes de entender la vida. Esa diversidad forma parte de nosotros y constituye una de las mayores riquezas de nuestra ciudad.

Pero convivir no significa resignarse.

Convivir significa respetarnos. Y el respeto también implica cumplir las normas, proteger a las personas y garantizar que los recursos sean suficientes para atender a quienes llegan sin abandonar a quienes ya están allí.

La solidaridad necesita organización. La humanidad necesita responsabilidad. Y una frontera necesita una respuesta política a la altura de su realidad.

Ceuta no puede ser solamente noticia cuando algo se desborda.

No puede convertirse en una fotografía repetida de una frontera, mientras detrás de esa imagen queda una ciudad entera intentando continuar con su vida.

Porque Ceuta no es un problema.

Ceuta es una ciudad.

Es una escuela.

Es un hospital.

Es un comercio.

Es un barrio.

Es una familia.

Es una persona mayor sentada en una plaza.

Es un trabajador regresando a casa.

Es una madre llevando a sus hijos al colegio.

Es una ciudad española que vive una realidad geográfica y social que no puede afrontar sola.

Por eso creo que ha llegado el momento de mirar a Ceuta no desde la distancia, sino desde la responsabilidad.

España debe escuchar a Ceuta.

Europa debe escuchar a Ceuta.

Y quienes tienen la capacidad de tomar decisiones deben comprender que esta pequeña ciudad situada frente a otro continente está soportando una realidad que afecta mucho más allá de sus límites.

No pedimos privilegios.

Pedimos que se comprenda nuestra situación.

Pedimos recursos.

Pedimos coordinación.

Pedimos seguridad.

Pedimos políticas migratorias eficaces, humanas y ordenadas.

Y, sobre todo, pedimos que no se olvide a quienes viven allí.

Como caballa, me duele que a veces se hable de Ceuta sin escuchar a los ceutíes.

Me duele que nuestra ciudad aparezca reducida a cifras, imágenes de frontera o debates políticos que poco tienen que ver con la vida cotidiana de quienes allí vivimos o de quienes, como yo, seguimos sintiéndola como nuestra aunque la vida nos haya llevado lejos.

Yo me marché joven de Ceuta para comenzar mi vida en Lleida. He conocido otros lugares, he construido otros caminos y he aprendido a querer otras tierras.

Pero hay raíces que no se arrancan.

Ceuta sigue siendo una parte de mí.

Quizá por eso me duele verla preocupada.

Y quizá también por eso creo que tenemos derecho a decirlo.

Sin odio.

Sin enfrentamientos.

Sin utilizar el dolor de nadie.

Pero con la libertad de quienes aman profundamente su tierra y quieren verla protegida.

No quiero una Ceuta enfrentada.

Quiero una Ceuta en paz.

No quiero una Ceuta cerrada al mundo.

Quiero una Ceuta segura y humana.

No quiero que nadie sea despojado de su dignidad.

Pero tampoco quiero que los ciudadanos de Ceuta sientan que deben aceptar como inevitable aquello que está alterando su vida cotidiana.

No queremos que se nos enfrente con nadie. Queremos que se nos escuche.

Porque detrás de cada persona que llega hay una historia, pero detrás de cada ciudadano que vive en Ceuta también hay una historia.

Y todas merecen respeto.

Ceuta merece algo más que titulares cuando la frontera se tensiona.

Merece atención cuando la noticia desaparece.

Merece inversión.

Merece planificación.

Merece presencia.

Merece futuro.

Y merece que quienes deciden comprendan que la convivencia no se sostiene únicamente con buenas palabras. Se sostiene con medios, con responsabilidad, con respeto y con decisiones.

A quienes vivimos lejos quizá nos corresponda también alzar la voz por quienes permanecen allí.

No para enfrentar.

No para señalar.

Sino para recordar que Ceuta existe todos los días.

Que sus ciudadanos sienten.

Que sus familias se preocupan.

Que sus profesionales se esfuerzan.

Y que una ciudad no puede convertirse en el lugar donde terminan los problemas de todos mientras sus propios problemas quedan esperando.

Yo sigo llevando a Ceuta conmigo.

En la memoria de sus calles.

En sus atardeceres.

En el mar.

En la manera de hablar.

En los recuerdos de quienes ya no están.

En aquella ciudad que me enseñó, desde muy joven, que estar entre dos mundos no significa pertenecer menos a ninguno.

Por eso hoy no escribo desde la política.

Escribo desde la raíz.

Desde el recuerdo.

Desde la preocupación.

Desde el orgullo de ser caballa.

Y desde el deseo de que quienes tienen en sus manos el futuro de nuestra ciudad entiendan algo muy sencillo:

Ceuta no pide que la miren solamente cuando tiene problemas.

Ceuta pide que la miren siempre.

Porque Ceuta no es solamente una frontera.

Ceuta es hogar.

Y quienes vivimos allí, quienes nacimos allí y quienes la llevamos dentro tenemos derecho a seguir soñando con una ciudad segura, digna, solidaria y en paz.

Una Ceuta más humana.
Una Ceuta más protegida.
Una Ceuta escuchada.

Una Ceuta que siga siendo, por encima de todo, nuestra casa.

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