DIOS EN NUESTRAS VIDAS XXI
Una reflexión de **Antonio Prima Manzano** sobre lo que significa amar a Dios de verdad, vivir en su presencia y descubrir en Él la paz, la esperanza y el sentido profundo de la existencia.

Qué difícil resulta comprender el desamor hacia Dios que impera en el mundo. ¿Cómo es posible? – Se pregunta el alma enamorada de Él – Y con frecuencia, inconscientemente, te encuentras con una oración de desagravio en tus labios. Pero ni aún los más próximos a ti te entienden.
Inútilmente les explicarás que estar en sintonía con Dios no es un mero decir, no es un mero formulismo, no es la simple expresión de una postura más o menos convincente. No son los razonamientos para exponer una complacencia más idílica que real. No es la adopción de una expresión social o religiosa que tenga más o menos repercusión en tu prestigio personal.
Tratar a Dios, entender a Dios, vivir con Dios, estar en sintonía con Dios, es abrir de par en par las puertas a un sexto sentido que te hace ver y comprender todas las realidades terrenas desde lo más profundo de tu alma. Es percibir la presencia de Dios, etérea y palpable a la vez, siempre cerca de ti. Es participar ya en esta vida de la plenitud de su gloria y vivir abandonado en sus manos como un niño.
Esa es la auténtica realidad de Dios con el hombre, percibir y hacer nuestra su bondad, su amor, su perdón y su fraternidad en todos cuantos nos rodean.
Por eso nos duele el desamor del mundo con Dios, que es la evidencia invisible por la que todo existe. Y sin Él no hay paz ni felicidad para el hombre, por mucho que se afane en encontrarlas lejos de Él.
El que de verdad ama a Dios, cuántas barbaridades aleja de su vida; cuántas aberraciones destierra de su conducta; cuántos goces y placeres sepulta bajo sus pies.
El que de verdad le ama, sigue sus preceptos. Anda en su camino. Vive fortalecido por la esperanza.
El que de verdad cree en Él, no mancilla su nombre, no le jura en vano, no es piedra de escándalo, no lo afrenta con sus pecados, ni se escuda en su nombre.
El que de verdad espera en Él, no se condena en conciencia eternamente, con la práctica de actos impuros abominables a Dios, a su naturaleza y a su Santo Nombre.

