¿SABEMOS COMPARTIR?
**Saber compartir** exige escuchar, comprender y reconocer las emociones propias y ajenas. **María Vives Gomila**, profesora emérita de Psicología de la UB y escritora, reflexiona sobre empatía, inteligencia emocional y relaciones humanas.

Intercambiar opiniones, sentirse libre frente a otra persona para hablar de lo que uno piensa y siente es un arte y cuando ocurre, constituye una gratificación mutua. ¿Por qué es tan complejo este intercambio? ¿Qué se requiere para mantener una relación amistosa y fluida que nos permite conocer y enriquecernos con las ideas de otras personas?
La primera condición necesaria es la de saber escuchar. En una reunión informal, una de las personas que había llegado de un país vecino acaparó toda la atención. No había margen para ninguna otra. Ni siquiera hubo diálogo, solo el espacio ocupado por la persona que explicaba su historia.
En otra oportunidad, en la que predominaban otros vínculos y que hubiera podido facilitar un estilo diferente de respuesta, ocurrió algo parecido. Las personas asistentes eran capaces de situarse en otro plano por formación e inquietudes: no obstante, se rindieron a un único discurso.
¿Qué ha ocurrido en estos casos, pese a la diferencia y calidad de sus protagonistas? Una persona se sitúa en el centro sin dar opción a nadie más y con total ausencia de diálogo.
En cada ocasión, la persona se siente necesaria e incluso superior. A veces y de forma inconsciente, hay personas que necesitan sobresalir; tienen suficiente con su discurso, en cuyo caso no puede haber vinculación afectiva ni enriquecimiento mutuo.
Suerte, hay otro tipo de personas capaces de crear ambiente. No solo no ocupan todo el espacio, sino que dejan suficiente margen para que otros intervengan y puedan intercambiar sus ideas. De este modo, se ponen las bases para un inicio de comunicación en la que actúa el sentido común, la comprensión, el sentirse iguales y sin que se efectúen juicios previos. La actitud de “escucha” sin preparar de inmediato la respuesta predispone a una interacción madura y gratificante.
Estar interesados en las otras personas supone tratar de comprender su perspectiva y desde la vertiente del que expone, piensa y siente; es entender su diversidad, conocer que la realidad percibida influye y actúa en las personas de diferente modo. Este hecho nos lleva a considerar su bagaje, su particular experiencia y cómo ha asimilado y se ha adaptado a dicha vivencia. En este sentido, influyen diferentes características: temperamentales[1], ambientales o de personalidad.
Una condición necesaria para llegar a compartir es la empatía, capacidad que facilita una relación gratificante. Permite revivir las vivencias de otras personas, en especial sus emociones, hecho que propicia situarse en su lugar y compartir sus sentimientos. Este conocimiento se debe no solo al hecho de percibir las características físicas y psicológicas de una persona, sino de haber podido experimentar situaciones parecidas a las suyas o haberlas conocido en profundidad. Por otra parte, esta capacidad también puede deberse a un mejor conocimiento de sí mismo, ya que cuanto más se conozca una persona, mayor es su capacidad de comprensión.
observación de uno mismo permite conocer y ver con nitidez los sentimientos apasionados o turbulentos de las otras personas. El arte de la relación interpersonal se basa también en la habilidad de saber relacionarse adecuadamente con las emociones de los demás. Hay personas que tienen la capacidad de conocer y conducir su ansiedad, pero no saben tranquilizar los estados emocionales de las otras personas, cualidad necesaria para poder convivir.
Esto me lleva a considerar dos de las inteligencias múltiples que sostiene Howard Gardner[2]: la inteligencia intrapersonal y la interpersonal. La primera es un tipo de inteligencia introspectiva que se refiere a la capacidad de examinar los aspectos internos de uno mismo (en cuanto a pensamientos, sentimientos, emociones o patrones internos de comportamiento) y de saber utilizar dicho conocimiento para planificar y dirigir su propia vida. Se trata de una inteligencia que implica reconocer y comprender las propias experiencias emocionales, hecho que ha conducido al origen y desarrollo de lo que se conoce como inteligencia emocional desarrollada por Meyer y Salovey[3].
La inteligencia interpersonal, que aquí nos interesa, es la que nos permite entender a los demás. Se basa en la capacidad de comprender las relaciones humanas, la empatía con las personas y saber reconocer sus motivaciones, así como las razones y emociones que las mueven.
Se podría decir que la inteligencia emocional consiste en identificar las propias emociones tanto internas como ajenas, con objeto de poder gestionar los comportamientos que de ellas se derivan de una manera constructiva y asertiva, de tal modo que la persona no se lastime ni lastime a las otras personas.
No obstante, aunque se describa algo que parece fácil de llevar a cabo, controlar y regular las emociones es mucho más complejo, ya que tiene un componente biológico que no siempre se puede gobernar: pero sí se puede adecuar el comportamiento cuando responde a experiencias de miedo, tristeza, enojo, etc. No se trata de evitar los sentimientos ni los más angustiosos, sino de que éstos, al pasar desapercibidos, acaben desplazando los estados de ánimo más saludables.
Nuestras decisiones están vinculadas a lo que sentimos. Primero, experimentamos sensaciones, pero, para que seamos conscientes de ellas, deben transformarse en sentimientos y estos en pensamientos.
Si las sensaciones, en este caso dolorosas, se convierten en sentimientos y estos pueden ser mentalizados habrán llegado hasta el cerebro pensante. Algunos sentimientos pueden desequilibrar la buena armonía entre pensar y sentir, es decir, entre la capacidad de pensar y el predominio afectivo. Cuando un impulso no puede controlarse, la capacidad de razonar desaparece y predomina la tendencia afectiva. El sentimiento no habrá sido mentalizado y la persona no puede pensar sin estar influida por su estado emocional.
De este modo, podríamos hablar de dos capacidades, de dos mentes y dos estilos de interacción: la mente emocional y la mente racional con interacción mutua, aunque independientes una de la otra. Sin embargo, la mayoría de las veces van coordinadas, equilibrio que se rompe cuando aparecen determinados impulsos y pasiones. Es un hecho que podemos observar en determinados tipos de interacción, si una de las personas utiliza su capacidad de razonar y la otra no; una permanecerá bajo la mente racional, mientras la otra funcionará con la mente afectiva. Al funcionar en distintos niveles no podrán encontrarse con facilidad ni gratificarse mutuamente; para ello será necesario que la que interactuaba desde su afectividad llegue a mentalizar e identificar sus emociones. De lo contrario, difícilmente podrán “encontrarse” y coincidir.
[1] El temperamento es el conjunto de características innatas y genéticas determinantes en cada persona que influyen en su peculiar forma de actuar, reaccionar y de relacionarse con su entorno. Sobre el temperamento se va formando el carácter y la personalidad.
[2] Howard Gardner (2011). Inteligencias múltiples. La teoría en la práctica. Barcelona: Paidós
[3] Jhon D. Meyer et alt. (2000). Models of Emotional Intelligence. En R.J. Sternberg, Handbook of intelligence. Cambridge: Cambridge University Press.

