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            El silencio largo se siente en quienes ya no esperan mucho, porque han esperado demasiado. Francelina ve el mundo más triste porque sabe que hay personas que lo intentan todo y aun así no llegan. Personas que trabajan, que luchan, que resisten, y aun así siguen en el mismo lugar, como si la vida fuera una puerta que nunca termina de abrirse. Y eso cansa. Cansa el cuerpo, cansa la mente, cansa el alma lentamente. Cansa intentar sin avanzar. Cansa dar sin descansar. Cansa vivir siempre al límite, siempre con miedo de caer. También ve a quienes han tenido que dejar su hogar, no por querer, sino por necesidad. Dejar recuerdos, dejar raíces, dejar parte de su vida atrás para empezar de nuevo sin garantías, sin seguridad, sin saber si algún día podrán volver. No es fácil empezar cuando ya se está herido. No es fácil confiar cuando la vida ha fallado. No es fácil seguir cuando todo pesa demasiado. Francelina no necesita números para entender, le basta mirar, le basta sentir. Porque hay verdades que no se explican, se reconocen. Y lo que reconoce muchas veces es tristeza. Una tristeza callada que no grita, pero insiste. Que no se ve siempre, pero existe. Que no se dice, pero persiste.

            Hay personas que guardan lo que sienten porque no siempre hay espacio para decirlo, porque no siempre hay quien escuche, porque a veces hablar parece no cambiar nada. Y entonces se callan. Y en ese silencio crece el peso. Francelina ve eso y no quiere ignorarlo. No puede. Porque ignorar sería aceptar, y aceptar algo así duele más que mirarlo de frente. También ve que falta algo en el mundo: falta tiempo para mirar al otro, falta paciencia para comprender, falta humanidad en momentos donde más se necesita. No hace falta hablar de cosas grandes para notarlo. Está en lo pequeño, en lo diario, en lo que se repite sin que nadie lo cuestione. Una mirada que no se levanta. Una mano que no se ofrece. Una palabra que no llega. Y así, poco a poco, se crea distancia entre las personas. Francelina ve el mundo más triste, pero no completamente perdido. Porque también ve gestos pequeños que resisten. Personas que ayudan sin ruido. Personas que sienten en silencio. Personas que, incluso cansadas, siguen siendo humanas. Y eso importa. Importa mucho más de lo que parece. Porque en medio de tanta dureza, esa pequeña humanidad es como una luz tenue, no ilumina todo, pero evita que todo sea oscuridad. Hay algo que se repite en la vida, casi como una rima sin querer: caer y levantarse, perder y continuar, cansarse y seguir. No es una rima bonita, es una rima real. Y Francelina la reconoce en muchas personas. Personas que siguen sin saber cómo. Personas que resisten sin fuerzas. Personas que no se rinden, aunque nadie lo vea. Eso también duele, pero también dice mucho. Dice que, incluso en lo más difícil, hay algo que no se rompe del todo.

            Francelina escribe porque no quiere callar. Porque el silencio no cambia nada. Porque mirar sin decir es como ver sin entender. No se trata de tener respuestas, se trata de no perder la conciencia. De no dejar de ver. De no dejar de sentir. De no acostumbrarse a lo que no es justo. Porque cuando una persona se acostumbra, deja de sentir, y cuando deja de sentir, algo se pierde. Y ella no quiere perder eso. Prefiere sentir dolor que no sentir nada. Prefiere escribir con errores que callar la verdad. Prefiere decir lo que duele antes que fingir que todo está bien. El mundo no necesita más perfección, necesita más verdad. Más personas que miren sin apartar la vista. Más personas que sientan sin miedo. Más personas que no se acostumbren a la indiferencia. Francelina ve el mundo más triste, sí, pero también cree que aún hay algo que se puede salvar: la capacidad de sentir. Porque quien siente, piensa. Y quien piensa, puede cambiar. Y quien cambia, aunque sea poco, ya hace algo. Tal vez no sea rápido, tal vez no sea suficiente, pero es real. Y lo real tiene valor. Francelina no escribe para impresionar, escribe para expresar. No escribe para enseñar, escribe para compartir. Escribe como puede, pero escribe con verdad. Y en esa verdad hay algo que permanece: una voz que no quiere apagarse, una mirada que no quiere volverse indiferente, un corazón que, aunque cansado, sigue latiendo. Porque el mundo puede estar triste, pero quien siente, aún resiste. Y mientras alguien resista, la esperanza no está completamente perdida. Francelina no siempre fue así, no siempre miró el mundo con esa profundidad que ahora la acompaña como una sombra fiel. Hubo un tiempo en el que también caminaba ligera, sin detenerse demasiado, sin preguntarse por aquello que no dolía directamente en su propia vida. Pero el tiempo, con su manera silenciosa de enseñar, le fue mostrando lo que antes no veía, le fue abriendo los ojos poco a poco, hasta que un día comprendió que mirar de verdad también era una forma de cargar. Desde entonces, ya no pudo volver atrás, ya no pudo fingir que todo era simple, ni creer que la vida se repartía con justicia entre todos.

            Hay momentos en los que quisiera no sentir tanto, no percibir cada matiz, no detenerse en cada gesto, porque sentir así cansa, desgasta, deja una huella que no siempre se puede explicar. Pero al mismo tiempo sabe que dejar de sentir sería perder algo esencial, algo que la mantiene viva por dentro, algo que la conecta con los demás incluso cuando todo parece distante. Porque en ese sentir también hay una forma de amor, una manera de reconocer al otro, de no pasar de largo frente a lo que duele. A veces se pregunta en qué momento las personas aprendieron a ignorar tanto, en qué punto se volvió normal no mirar, no preguntar, no involucrarse. Como si el dolor ajeno fuera un paisaje más, algo que se ve pero no se toca, algo que existe pero no interpela. Y, sin embargo, basta un instante de verdadera atención para darse cuenta de que todo está conectado, de que ninguna vida es completamente ajena a otra, de que cada historia deja una huella, aunque sea mínima, en el mundo compartido.

            El amor, piensa Francelina, debería ser precisamente eso, una forma de no ignorar, de no pasar de largo, de quedarse incluso cuando sería más fácil irse. Pero la realidad le ha mostrado otra cosa, le ha enseñado que muchas veces el amor se confunde con necesidad, con costumbre, con miedo. Ha visto personas quedarse donde ya no hay cariño, solo por no enfrentar el vacío, por no empezar de nuevo, por no romper una historia que desde fuera parece perfecta. Y también ha visto lo contrario, ha visto a quienes huyen demasiado rápido, a quienes no saben sostener, a quienes abandonan antes de comprender, como si el amor fuera algo desechable, algo que se cambia cuando deja de ser cómodo. Entre unos y otros, el amor se pierde, se deforma, se vuelve algo difícil de reconocer. Sin embargo, a pesar de todo, Francelina sigue creyendo en él, no en el amor idealizado, no en el que se promete sin medida, sino en ese amor más silencioso, más real, que no necesita demostrarse constantemente, que no se construye con palabras grandes, sino con gestos pequeños. Un amor que se parece más a la presencia que al ruido, más a la constancia que a la intensidad. Ha aprendido que amar no siempre es fácil, que a veces implica quedarse cuando todo invita a irse, que a veces significa escuchar cuando no hay palabras, acompañar cuando no hay soluciones, sostener incluso cuando uno mismo se siente frágil. Y aun así, hay algo en ese esfuerzo que tiene sentido, algo que hace que valga la pena, aunque no sea perfecto, aunque no dure para siempre.

            Porque tal vez el amor no se mide por su duración, sino por su verdad, por la forma en que toca, en que transforma, en que deja algo que permanece incluso después de haber terminado. Tal vez por eso nunca se olvida a quien dio amor, porque ese gesto, aunque haya sido breve, deja una marca que no desaparece. Francelina piensa también en la vida, en su extraña mezcla de belleza y dureza, en la forma en que puede ser generosa con unos y difícil con otros. Piensa en las personas que han tenido que aprender a ser fuertes sin haberlo elegido, en aquellas que han cargado responsabilidades demasiado pronto, en quienes han tenido que renunciar a cosas que otros dan por hechas. Y en ese pensamiento vuelve a aparecer la misma sensación, esa incomodidad que no se resuelve, esa conciencia de que algo no está bien. Pero también sabe que la vida no es solo eso, que incluso en medio de la dificultad hay momentos de luz, instantes que rompen la dureza, que abren espacio para respirar. Un gesto amable, una palabra sincera, una mirada que comprende. Son cosas pequeñas, casi insignificantes para quien no las necesita, pero enormes para quien las recibe. Tal vez la vida se sostiene precisamente en eso, en esos fragmentos de humanidad que resisten, en esos momentos en los que alguien decide no ser indiferente. Porque cambiarlo todo puede ser imposible, pero cambiar algo, aunque sea mínimo, está al alcance de cualquiera.

            Francelina camina con todo eso dentro, con la tristeza que ha aprendido a reconocer, pero también con una forma de esperanza que no es ingenua, que no ignora lo que duele, pero que tampoco se rinde completamente. No es una esperanza ruidosa ni evidente, es más bien una persistencia, una decisión silenciosa de seguir sintiendo, de seguir mirando, de no acostumbrarse. Sabe que el mundo no se va a transformar de un día para otro, que las desigualdades no desaparecen solo por ser vistas, que el dolor no se disuelve con palabras. Pero también sabe que ignorarlo no lo hace menos real, que fingir no lo elimina, que mirar hacia otro lado no cambia nada. Por eso sigue escribiendo, sigue pensando, sigue sintiendo, incluso cuando pesa. Porque en ese acto hay una forma de dignidad, una manera de afirmar que lo que duele importa, que lo que se vive deja huella, que lo que se ama no es en vano. Y en el fondo, muy en el fondo, hay algo que permanece intacto, algo que ni el tiempo ni la pérdida logran borrar del todo: la capacidad de amar, de volver a empezar, de abrirse una vez más a pesar de todo. Como si en ese gesto se escondiera la esencia misma de la vida, frágil, contradictoria, pero profundamente viva.

LA TRISTEZA

Francelina mira el mundo en silencio callado,

no porque sea oscuro, sino porque ha mirado,

donde otros no ven, donde el dolor se esconde,

donde el alma se quiebra y nadie responde.

Camina entre sombras que nadie percibe,

sintiendo las cargas que el mundo describe,

rostros cansados, sonrisas fingidas,

historias pesadas disfrazadas de vidas.

Ve manos vacías y otras llenas de todo,

ve quien tiene alas y quien vive en el lodo,

ve puertas abiertas y otras sin salida,

ve quien solo sobrevive llamándolo vida.

Y escribe sin reglas, sin forma perfecta,

porque la verdad nunca nace correcta,

nace como puede, herida y sincera,

como un grito ahogado que al fin se libera.

También vio el amor, ese dulce engaño,

que empieza en caricias y muere en daño,

besos que al inicio parecen eternos,

y acaban volviéndose fríos inviernos.

Hay manos que aman y luego lastiman,

palabras que hieren, silencios que oprimen,

amores que duran pero no son verdad,

costumbre vestida de falsa lealtad.

Y aun así el alma insiste en amar,

aunque se rompa, vuelve a intentar,

porque en cada herida queda encendida

la llama más pura que sostiene la vida.

Francelina sabe, aunque duela sentir,

que peor que el dolor es dejar de vivir,

es cerrar los ojos, volverse indiferente,

y olvidar que el amor aún late en la gente.

Por eso camina, sintiendo profundo,

aunque pese el alma, aunque duela el mundo,

porque quien ha amado, quien ha visto de verdad,

nunca olvida el amor, ni su intensidad.

Y aunque el tiempo pase, aunque todo cambie,

su voz en el alma jamás se derrame,

porque amar de verdad no conoce final,

es fuego que vive más allá del mal.

Francelina Robin

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