ANTONIO BONET Y JOSÉ MANUEL BALAGUER
José Escriba rinde homenaje a Antonio Bonet y José Manuel Balaguer, recordando su vínculo con la poesía, Granada Costa, la Alhambra y el sueño de recitar Las tres Manolas desde la Torre de la Vela.

Escribo esta exaltación desde el respeto, la admiración y el recuerdo emocionado hacia Antonio Bonet y José Manuel Balaguer, dos personas profundamente vinculadas al arte, a la palabra y a la cultura de Granada Costa. Tuve la fortuna de conocer a Antonio en uno de aquellos circuitos culturales en los que participaba como rapsoda, y quedé verdaderamente maravillado por su manera de recitar. No decía los poemas: los hacía vivir. En su voz, los autores granadinos parecían regresar con toda su fuerza, su belleza y su verdad.
También he querido recordar a José Manuel Balaguer, compañero fiel, apoyo constante y guardián del legado de Antonio, porque detrás de una gran voz también existe una presencia silenciosa que sostiene, acompaña y conserva la memoria.
He escrito esta exaltación imaginándola recitada desde la Torre de la Vela, porque sé que ambos amaban Granada y soñaban con llevar hasta la Alhambra el poema de Las tres Manolas. Por eso estas palabras nacen como homenaje, como gratitud y como deseo cumplido por medio de la poesía.
ANTONIO BONET Y JOSÉ MANUEL BALAGUER
Desde la Torre de la Vela, donde Granada se hace cielo,
se alza una voz solemne que despierta la piedra dormida,
y la Alhambra, coronada por la luna y por el tiempo,
escucha estremecida la palabra noble, clara y encendida.
Allí, sobre la altura donde el aire parece oración antigua,
donde la Vega se extiende como un sueño de verdes lejanías,
Antonio Bonet levanta su decir con majestad de rapsoda,
y cada verso se convierte en campana, en alma y melodía.
A su lado, José Manuel Balaguer, presencia fiel y verdadera,
guarda en silencio el pulso íntimo de aquella voz sagrada,
compañero de camino, apoyo firme, memoria luminosa,
custodio de un legado que en Granada jamás se apaga.
Los dos llegaron a los circuitos culturales de Granada Costa
con esa entrega limpia de quienes viven para el arte,
y allí dejaron sembrada una huella de amistad profunda,
una emoción que todavía el recuerdo conserva y comparte.
Antonio, con su voz templada, profunda, precisa y elegante,
recitaba a los autores granadinos con respeto soberano,
y parecía que Lorca volvía a cruzar los patios de Granada,
con la luna entre los dedos y el duende prendido en la mano.
José Escriba lo vio en aquellos encuentros de cultura viva,
y quedó maravillado ante aquella forma noble de decir,
porque Antonio no pronunciaba solamente las palabras:
las hacía respirar, temblar, elevarse, volver a existir.
Cada poema en sus labios encontraba cuerpo, ritmo y alma,
cada pausa era un latido, cada acento una llama encendida,
y el público, en silencio, comprendía que estaba escuchando
no una simple declamación, sino una verdad compartida.
José Manuel, siempre atento, siempre cerca, siempre entero,
era la mano invisible que sostenía aquella escena,
el amigo, el compañero, el guardián de sus jornadas,
la lealtad convertida en luz serena y presencia plena.
Soñaban ambos con Granada como se sueña lo imposible,
con esa fe de los artistas que miran más allá del mundo,
y entre todos sus anhelos brillaba uno con fuerza propia:
recitar Las tres Manolas desde la Torre, alto y profundo.
Que sonara aquel poema bajo el cielo azul de la Alhambra,
que la calle Elvira subiera hasta la piedra nazarí,
que las manolas caminaran de nuevo entre sombra y fuente,
y que Granada entera se mirara emocionada desde allí.
Granada, calle de Elvira, rumor de historia y de belleza,
por donde pasan las manolas con su gracia misteriosa,
tres figuras de leyenda, tres presencias de luz antigua,
tres silencios que caminan entre el surtidor y la rosa.
Una parece de verde, como la esperanza de la tarde,
otra de malva, como un sueño detenido en la memoria,
y la tercera lleva en su porte la elegancia granadina,
esa hermosura que no necesita corona para ser gloria.
Antonio las habría llamado con voz de bronce y de plata,
desde la Torre de la Vela, frente al Albaicín encendido,
y el poema habría cruzado los jardines, patios y murallas,
como un pájaro de luna sobre el Darro adormecido.
Balaguer habría escuchado con emoción callada y honda,
sabiendo que aquel instante resumía toda una vida,
porque hay sueños que no mueren aunque el tiempo los detenga,
y hay deseos que se cumplen cuando el alma los recita.
La Alhambra habría quedado suspendida en un silencio inmenso,
como si los siglos detuvieran su paso por un momento,
y las almenas, las fuentes, los cipreses y los jardines
guardaran para siempre aquella voz dentro del viento.
Antonio no era solamente un rapsoda de voz admirable,
era un templo de palabra, de sensibilidad y disciplina,
un artista que sabía que el verso necesita respeto,
y que la emoción verdadera nunca grita: ilumina.
José Manuel no era solamente quien acompañaba sus pasos,
era raíz, era apoyo, era firmeza y compañía,
la presencia necesaria para que el arte siguiera vivo,
la memoria que hoy conserva su luz de cada día.
Granada Costa los recuerda en congresos, recitales y homenajes,
en tardes donde la poesía levantó su llama pura,
en actos donde Antonio convirtió la palabra en escenario,
y Balaguer sostuvo el corazón de aquella aventura.
Cuántas veces su voz llenó salones con nobleza antigua,
cuántas veces el aplauso respondió con gratitud sincera,
cuántas veces Granada sintió que un rapsoda mallorquín
la llevaba en la garganta como una patria verdadera.
Porque Antonio amaba Granada con pasión clara y profunda,
amaba sus poetas, sus plazas, su música y sus leyendas,
y sobre todo amaba la Alhambra, rosa de piedra encendida,
donde la belleza escribe sus más eternas encomiendas.
José Manuel compartía ese amor con fidelidad entrañable,
como quien sabe que hay lugares que se vuelven destino,
y en cada viaje, en cada acto, en cada recuerdo compartido,
Granada era para ambos luz, abrazo, sueño y camino.
Por eso hoy imaginamos la escena bajo el cielo de la tarde,
Antonio en pie, con el poema temblándole en la mirada,
José Manuel a su lado, sereno, atento y emocionado,
y la Torre de la Vela convertida en tribuna sagrada.
Abajo, la ciudad se extiende como un tapiz de siglos vivos,
la Catedral respira bronces, el Genil duerme en calma,
el Albaicín se inclina para escuchar aquella voz alta,
y el Sacromonte enciende su guitarra dentro del alma.
Las tres manolas avanzan por la memoria de Granada,
suben desde calle Elvira hasta la Alhambra silenciosa,
y al oír la voz de Antonio recobran paso, gracia y misterio,
como si la poesía las vistiera nuevamente de rosa.
No hay olvido cuando una voz ha tocado el corazón del pueblo,
no hay ausencia cuando el arte se convierte en sentimiento,
no hay distancia para quienes dejaron su vida en la palabra,
porque el verso verdadero siempre regresa con el viento.
Antonio Bonet, rapsoda eterno de dicción limpia y noble,
tu voz sigue resonando donde Granada se hace canción;
cada vez que alguien pronuncia un poema con respeto,
vuelve a latir tu nombre dentro de la emoción.
José Manuel Balaguer, compañero fiel de aquel destino,
tu entrega mantiene viva la llama que Antonio encendió;
porque guardar un legado también es una forma de arte,
y tu memoria leal jamás permitió que se apagara.
Hoy la Torre de la Vela os recibe como dos nombres queridos,
dos almas entregadas a la cultura, al verso y a Granada,
dos presencias que caminaron por los circuitos de la vida
dejando una estela de amistad profundamente iluminada.
Que la Alhambra os guarde entre sus fuentes y sus jardines,
que el mirto pronuncie vuestros nombres al caer la tarde,
que la luna nazarí os cubra con su manto de plata,
y que Granada, agradecida, vuestra memoria siempre guarde.
Que vuelvan las manolas, entre rumores de calle antigua,
que vuelvan con sus pañuelos, sus volantes y su gracia,
que Antonio las recite desde la altura de la Vela,
y que Balaguer sonría al ver cumplida aquella esperanza.
Y si una noche el viento pregunta por aquella voz perdida,
la Torre responderá con campanas de luz y centinela:
“Fue Antonio quien soñó decir Granada desde el alma,
y José Manuel quien guardó su sueño junto a la Vela”.
Por eso esta exaltación sube hoy como ofrenda encendida,
desde la piedra inmortal hasta la estrella más lejana,
para nombrar a dos hombres que amaron la poesía,
la cultura de Granada Costa y la Alhambra soberana.
¡Viva Antonio Bonet, voz eterna de la palabra hermosa,
rapsoda que hizo del verso una emoción verdadera!
¡Viva José Manuel Balaguer, guardián fiel de su memoria,
compañero noble de camino, de vida y de bandera!
¡Vivan los circuitos culturales que unieron tantas almas,
viva Granada Costa por sembrar cultura y sentimiento!
¡Viva la Alhambra, viva Granada, viva la poesía,
y viva para siempre la Torre de la Vela en el viento!

Ciudadano del Mundo
