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Pichin y el gran capitan

En el año 2022, tuve la oportunidad de acudir a la presentación del libro en el Palacio de la Prensa de Madrid, un acto en el que pude conocer personalmente a Francisco Ponce Carrasco, autor de la entrañable obra Pichín Aventuras. Aquel encuentro despertó en mí una especial admiración por la originalidad de su personaje: Pichín, ese tomate parlanchín, viajero, noble y lleno de fantasía, capaz de convertir cada aventura en una enseñanza. Inspirado por aquella obra, y movido también por mi profunda devoción hacia la Alhambra, quise crear esta exaltación poética donde se unieran la imaginación, la historia y el patrimonio. Así nace este viaje literario entre Pichín, el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba y la Alhambra, convertida aquí en escenario de memoria, belleza y transformación.

PICHÍN Y EL GRAN CAPITÁN EN LA ALHAMBRA

Llegó Pichín desde América,
en barco de blanca vela,
cruzando mares inmensos
bajo una noche de estrellas.

Venía de tierras lejanas,
de ríos, selvas y arenas,
donde el sol nace distinto
y otra luz dora la tierra.

Traía en su piel rojiza
la voz de antiguas cosechas,
el asombro de los mundos
y el rumor de nuevas eras.

España miraba al océano,
con sus carabelas nuevas,
pues ya Colón había abierto
la puerta azul de la tierra.

Y mientras los Reyes Católicos,
con gloria, fe y alta bandera,
alzaban sobre Granada
una historia verdadera,

la Alhambra, recién ganada,
seguía siendo leyenda,
palacio de luz antigua,
de agua, silencio y belleza.

Subió Pichín por caminos
de cipreses y de piedra,
buscando aquel gran palacio
que al mismo cielo se eleva.

La Alhambra estaba en silencio,
pero su silencio era
como un libro de agua viva
que entre los mármoles reza.

Al llegar a sus murallas,
rojas de sol y grandeza,
Pichín sintió que Granada
le hablaba desde sus venas.

Allí encontró a un caballero
de noble y firme presencia,
con mirada de templanza
y el alma hecha de proezas.

Era Gonzalo Fernández,
de Córdoba limpia estrella,
el Gran Capitán famoso,
honor de España guerrera.

No venía con soberbia,
ni con arrogancia fiera,
sino con paso prudente
y dignidad verdadera.

Miró al pequeño Pichín
con una sonrisa atenta,
pues hasta en lo más humilde
puede esconderse grandeza.

—¿Quién eres, fruto viajero,
que llegas de mar afuera?
¿Traes noticias de aquel mundo
que tras las olas despierta?

Pichín respondió con gracia,
con palabra clara y buena:
—Soy viajero de aventuras,
vengo de tierras nuevas.

He cruzado grandes mares,
he visto lunas inmensas,
pero me han dicho que en Granada
hay una joya eterna.

El Gran Capitán entonces,
con noble y franca grandeza,
le ofreció su compañía
para mostrarle la Alhambra entera.

—Ven conmigo, buen Pichín,
crucemos patios y puertas;
no basta mirar sus torres
para entender su belleza.

Hay que escuchar sus latidos,
sus aguas, sombras y piedras,
porque la Alhambra conserva
la voz de edades completas.

Entraron por la Alcazaba,
fortaleza vigilante,
donde el viento de los siglos
habla con voz resonante.

—Aquí —dijo el Gran Capitán—
la piedra fue centinela,
defendió reyes y sueños,
guardó temores y empresas.

Desde sus torres se mira
Granada, clara y completa,
con su vega derramada
como alfombra de promesas.

Pichín miró desde arriba
la ciudad blanca y morena,
y sintió que aquellas torres
eran gigantes de piedra.

Después cruzaron los patios,
donde el agua nunca cesa,
y cada fuente parecía
una palabra secreta.

Llegaron a Comares,
palacio de luz perfecta,
donde los muros escriben
oraciones de belleza.

—Aquí gobernó otro tiempo
una cultura discreta,
que hizo del agua un poema
y de la sombra una ciencia.

Pichín tocó los azulejos,
miró las yeserías finas,
y vio que en cada dibujo
dormían voces antiguas.

El Gran Capitán hablaba
con respeto y reverencia:
—Vencimos, sí, mas la gloria
no debe borrar la huella.

La Alhambra no es solo triunfo,
ni trofeo de bandera;
es memoria de los pueblos
que soñaron bajo ella.

Al oír aquellas palabras,
Pichín sintió una extrañeza:
su cuerpo rojo temblaba
con una luz muy intensa.

De pronto, sus pequeñas manos
ya no eran de fruto y tierra,
sino manos de muchacho
nacidas de primavera.

Sus pies tocaron el mármol,
su voz se volvió más plena,
y una figura de joven
surgió bajo la luz nueva.

La magia de la Alhambra,
misteriosa y verdadera,
lo envolvió dulcemente
con invisible transparencia.

Como si el alma del palacio,
entre fuentes y leyendas,
le regalara presencia
para comprender su grandeza.

El Gran Capitán, sereno,
no mostró temor ni queja;
quien conoce la Alhambra sabe
que allí lo imposible llega.

—No temas, joven Pichín,
la Alhambra transforma y eleva;
quien entra con alma limpia
sale con mayor conciencia.

Siguieron hacia los Leones,
patio de eterna nobleza,
donde doce fieras guardan
el agua que canta y sueña.

Pichín, ya joven muchacho,
quedó sin voz ante aquella
corona de columnas blancas
como bosque de pureza.

—Este patio —dijo Gonzalo—
es corazón de la Alhambra bella;
aquí la piedra se vuelve
música, encaje y ofrenda.

El agua reparte vida,
la fuente guarda grandeza,
y los leones proclaman
fuerza, calma y realeza.

El muchacho comprendía
que no estaba ante una piedra,
sino ante un alma labrada
por siglos de inteligencia.

Pasaron luego a las salas
de secretos y leyendas,
donde la luz entra suave
y en los techos se dispersa.

—Mira bien —dijo el guerrero—,
esas bóvedas que tiemblan;
parecen cielos abiertos
sobre la humana tristeza.

Aquí el arte no se impone,
aquí el arte se confiesa;
aquí el hombre mira arriba
y la eternidad contempla.

Pichín sintió que su pecho
se llenaba de grandeza,
como si toda Granada
le floreciera por dentro.

Luego salieron al aire
del Generalife cercano,
donde el agua entre jardines
parece sueño cristiano.

Allí los arrayanes guardan
perfume de edades viejas,
y los cipreses levantan
su oración recta y serena.

—Aquí descansaban los reyes
de la fatiga y la guerra;
aquí la Alhambra se vuelve
huerto, canción y belleza.

El joven Pichín miraba
rosales, fuentes y acequias,
y recordó las Américas,
sus bosques, mares y selvas.

—Gran Capitán —dijo entonces—,
ahora entiendo esta grandeza:
no hay mundo nuevo posible
sin honrar la raíz vieja.

América abre caminos,
Granada guarda conciencia;
una enseña lo que nace,
otra enseña lo que queda.

Gonzalo asintió despacio,
con emoción verdadera:
—Has entendido, muchacho,
la razón de esta belleza.

La Alhambra no pertenece
solo a quien vence o gobierna;
pertenece a quien la ama
y ante su luz se serena.

Desde la Torre de la Vela
miraron la tarde quieta,
y el sol doró los perfiles
de la ciudad nazarí y nueva.

Sonaron campanas cristianas,
mas en la piedra bermeja
seguían cantando los siglos
con voz árabe y eterna.

Pichín, muchacho ya pleno,
se arrodilló ante la escena,
no por miedo ni cansancio,
sino por pura conciencia.

Alhambra, madre de sueños,
palacio de luz suprema,
quien te contempla una vez
ya nunca de ti se aleja.

Eres corona de Granada,
rosa de piedra encendida,
espejo donde la historia
se mira y se reconcilia.

Eres agua que no muere,
eres mármol que respira,
eres jardín suspendido
entre la tierra y la vida.

Eres la voz de los siglos,
la hermosura que no cesa,
el milagro donde el arte
se convierte en fortaleza.

El Gran Capitán lo escuchaba
con una emoción secreta,
pues aquel joven nacido
de una magia verdadera

había llegado de América
como fruto de otra tierra,
y ahora cantaba Granada
como si en Granada naciera.

Cuando la noche caía
sobre torres y alamedas,
la Alhambra brilló en silencio
bajo la luna serena.

Pichín volvió la mirada
hacia la puerta bermeja,
y comprendió que aquel viaje
ya era parte de su esencia.

No era solo una aventura,
ni una fantástica escena:
era un canto a la Alhambra,
a su historia y su grandeza.

Gonzalo Fernández de Córdoba
le dio su abrazo de fuerza:
—Guarda, Pichín, este día
como joya verdadera.

Y si vuelves a los mares,
y si cruzas nuevas tierras,
di que en Granada hay un templo
donde la belleza reina.

Di que la Alhambra no acaba,
que sigue viva y despierta,
que quien la mira con alma
recibe luz de sus piedras.

Y así marchó aquel muchacho,
antiguo fruto de huerta,
con América en los ojos
y Granada en la conciencia.

Desde entonces, cuentan fuentes,
jardines, torres y estrellas,
que Pichín y el Gran Capitán
caminaron por la Alhambra eterna.

Y aún murmura el agua clara,
cuando la noche despierta,
que la Alhambra es sueño del mundo,
corazón de toda belleza.

José Escriba
Ciudadano del Mundo

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