Portada » Mujeres Españolas: Guerreras y conquistadoras (1)

Mujeres Españolas: Guerreras y conquistadoras (1)

En este artículo, Diego Nieto Marcó inicia la serie Mujeres Españolas: Guerreras y conquistadoras, dedicada a figuras femeninas como Sancha Marcó y Ximena Blázquez, mujeres de leyenda, coraje y estrategia.

image001

En cuanto pensamos en guerra, lo primero que nos viene a la mente son hombres con casco y metralleta, refugiándose en trincheras o escabulléndose por bosques y selvas, y aviones del bueno-guapo y el malo-sin-rostro, y ahora misiles y últimamente drones.

Las películas, quizás sobre todo americanas, y los noticieros nos han ayudado a forjar esas imágenes. Recientemente, sin embargo, han introducido a la mujer en esa guerra de película pero de forma más sofisticada: como espías. (En las contiendas auténticas, digno no de un artículo sino de un estudio y libro, es el papel de la mujer espía o luchando desde la retaguardia durante la dos guerras mundiales del siglo XX).

Pero las guerras no siempre han sido así, y en aquella época que nos parece mítica (un milenio atrás), sin casco, sin metralleta, sin trinchera, ni por supuesto aviones-misiles-drones, sino simplemente a caballo o en lo alto de una muralla, ellas también participaban con escudo y espada repartiendo mandobles a diestra y siniestra.

A diferencia de otras actividades, la guerra (nuestra especie no aprende a evitarlas) produjo guerreras en todos los pueblos independientemente de su situación geográfica, económica o social. Aquí, enfocaremos a algunas de las tantas españolas que dieron más de un paso al frente espada en mano.

La primera que nos viene a la mente es Sancha Marcó (quizás, el apellido tire), que, como los antiguos héroes griegos, nos llega de la tradición oral, de las trovas, de la heráldica, siempre basada en hechos de una época.

No hay documentos históricos que prueben su existencia (no había registros), pero eso mismo, la creencia, la poesía, nos indican que en esa época ya se tenía conciencia del valor de la mujer en muchas áreas al margen de lavar y cocinar, entre ellas el combate, junto al hombre, incluso comandando a hombres, y ésta es, precisamente, la mujer que nos ocupa.

Según algunas fuentes, Sancha nació en El Forcall a mediados del siglo XII (o sea hace nueve siglos), en el seno de una familia de pequeños terratenientes. Su padre, Arnau Marcó, había servido como guía y explorador para las huestes cristianas en campañas anteriores, y desde niña Sancha aprendió a montar, rastrear y orientarse en terrenos abruptos, algo que por cierto era, y es, normal en ese tipo de sociedades.

Se cree también que la madre, Ermessanda, no fue ajena a la formación de su carácter: le habría transmitido un sentido férreo de la responsabilidad comunitaria y la idea de que la defensa de la tierra también competía a la mujer, algo también habitual entonces… y siempre…desde el paleolítico hasta hoy día y todos los días del mañana.

En esa época, recuerda, las fronteras entre los territorios cristianos y musulmanes no eran estables y había que defenderlas, y así defender la tierra que se cultivaba, defender la tierra en que se apacentaba al ganado, defender la tierra en la que se tenía hijos y se respiraba y reía, lloraba, amaba.

Y ya de joven Sancha comenzó a colaborar en esa defensa. Nos cuentan las trovas que con apenas quince años, ante un ataque, ayudó a organizar la evacuación de niños y ancianos a lugares ocultos en el carrascal, o encinar si prefieres, que ella conocía a la perfección.

Sancha fue progresivamente alzándose como una líder de El Forcall por su creatividad estratégica y capacidad organizativa. Cuando tuvo que organizar, organizó, y cuando tuvo que capitanear, capitaneó y presentó batalla en lo profundo del bosque donde el enemigo no podía imponer su superioridad numérica. Y en la espesura, como brotando de las encinas, se oía el chocar de espadas, resonar de cascos, relinchos de caballos, gritos de dolor, gritos de pasión, gritos de aliento. Y se percibía un olor denso, olor humano, olor a caballo excitado, olor a resina de árboles tajeados por azar. El enfrentamiento finalizó con la victoria forcallana y algo aparentemente no ajeno a la época: la decapitación de las huestes invasoras.

Según unas versiones Sancha lideraba un ejército sólo de mujeres; según otras, lideraba uno de hombres y mujeres.

Se la llamó “la Señora del Carrascal”. Con el tiempo, su figura creció hasta convertirse en parte de la historia local: romances, cantares y crónicas orales la recuerdan como una mujer que defendió su tierra con inteligencia y coraje; la heráldica también la recuerda con un escudo de armas que los siglos han dejado políticamente incorrecto para publicar en este sitio.

En ese mismo siglo (XII), surge Ximena Blázquez o Jimena Blázquez, que, con sagacidad y no sin picardía, organizó un ejército inexistente y defendió una ciudad, Ávila, sin derramar ni una gota de sangre. Eso se llama inteligencia, eso se llama decisión, eso se llama coraje.

La Ávila de entonces no era la Ávila por la que vamos a pasear hoy en día, acaso tras las huellas de Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz. Era una ciudad de avanzada contra los almorávides. Construida entre finales del siglo XI y principios del XII, tenía torres semicirculares, puertas estrechas, almenas simples para arqueros y ballesteros.

Las calles también eran estrechas, irregulares y de tierra; las casas de piedra o madera; la catedral románica estaba en construcción. Había un mercado que nada tiene que ver con nuestros supermercados; había talleres de herreros, carpinteros, talabarteros, curtidores, campesinos. En otras palabras, todo para la vida cotidiana de aquel siglo.

A la muerte de Alfonso VI (1109) los musulmanes almorávides comienzan su amenaza de reconquista de esa ciudad que habían perdido hacía pocos años (1085). La vida de sus habitantes, por tanto, era tensa, en constante alerta: guardias en las puertas (nueve en total), vigías en las torres que avisaban de incursiones con señales de humo o fuego o a los gritos (ni radios ni móviles, claro).

Hubo varias escaramuzas, hasta que en ese año de 1109 las tropas abulenses, comandadas por Fernán López Trillo, alcaide de la ciudad y, según algunas fuentes, marido de Ximena, se desplazan hacia el sur, al Puerto de Menga, con el objetivo de atacar al enemigo allí acantonado. Ese acantonamiento era una trampa, quizás incluso inintencionada, y los cristianos cayeron en ella dejando la ciudad desguarnecida ―sólo mujeres, niños y ancianos, entre el 70 y 80% de una población que se calcula en 5000―, porque otra columna almorávide había permanecido en el norte y desde allí atacaría. Sería el fin.

La noticia de que venían las huestes enemigas llegó pronto a la ciudad indefensa, pero no indefensa del todo, porque allí estaban el coraje, la inteligencia y la decisión de doña Ximena Blázquez.  

Para empezar no perdió los nervios y tuvo el coraje de admitir que no podían luchar, pero tampoco podían rendirse; después, la inteligencia de fraguar un engaño, y, para completar su actuación memorable, la decisión de llevar a cabo el engaño: poner manos a la obra a mujeres, niños y ancianos.  

La imagino a viva voz en lo alto de la muralla dirigiéndose a una población boquiabierta ya no de miedo sino de sorpresa. Instrucciones: «Id a casa y poneos las ropas que los hombres, vuestros maridos, padres, hijos, hayan dejado, y cascos, y escudos, y armas, espadas, hachas, martillos, arcos, ballestas, lo que encontréis». Y así vestidos y armados, ordenó que todas esas mujeres, niños y niñas, ancianos y ancianas, subieran a las murallas y se dejaran ver, porque de cuanto más lejos los vieran mejor.

Y, desde la lejanía, los atacantes vieron un ejército fantástico. Dijimos entre el 70 u 80% de una población de 5000 (para hacer las cuentas fáciles): unas 4000 personas. Eso vieron los invasores: pero no cuatro mil personas sino cuatro mil guerreros armados y en posición ventajosa en lo alto de las murallas. Media vuelta y hacia al-Ándalus.

Coraje, astucia, decisión permitieron continuar la vida que deseaban, con sus costumbres y creencias, incluso hasta hoy día, siguiendo la derivación que debían seguir, por eso no es de extrañar que pese a los siglos, aún se recuerde a Ximena Blázquez en Ávila y en su honor se haya levantado esa estatua que podéis ver en la Plaza de San Miguel.

Nota: Excepto el monumento a Ximena Blázquez (CC), las demás imágenes han sido generadas con IA para ayudar a visualizar la época

Próxima entrega: Mujeres Españolas: Guerreras y Conquistadoras (2)

                                   Guerreras de Leyenda (2ª parte)

*     *     *

Diego Nieto Marcó

What do you feel about this?

Deja un comentario