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Mujer de acuarela

En este poema, Ágata Marcos Gros retrata a una mujer delicada y poderosa, cuya belleza interior, sensibilidad y fuerza silenciosa florecen incluso detrás de la herida y transforman todo lo que toca.

Pintura Ágata

Eres la musa que inclina el tiempo,
un rumor de hojas hablando al viento.
Llevas un jardín dormido en el pecho
y un ojo despierto cuidando el silencio.

Tus manos sostienen lo que no dices,
la parte más frágil de lo vivido.
Hay flores que nacen para esconderse
y aun así perfuman el vacío.

Mujer de flores, alma del agua,
corona invisible que al mundo abraza.
Tu esencia vibra detrás de la herida,
floreces callada donde no miran.

Belleza que arde hacia dentro,
raíz encendida bajo lo frío.
No toda luz quiere ser cielo,
a veces basta con seguir vivo.

Llevas el alba cosida al cabello,
azul de río que nadie cruzó.
Tu boca recuerda nombres antiguos,
ecos de algo que no murió.

Tu flor respira colores lentos,
sombras y sueños entre la piel.
Eres la fuerza que nunca hace ruido,
la calma extraña antes de llover.

Mujer de flores, alma sagrada,
corona invisible que al mundo abraza.
Tu esencia vibra detrás de la herida,
floreces eterna en lo que iluminas.

Belleza que arde hacia dentro,
raíz encendida bajo lo frío.
No toda luz necesita verse
para cambiar aquello que toca.

No te escondas tanto
que olvides tu voz.
La flor más extraña
también busca el sol.

Eres arte suspendido,
un destello sobre el agua,
y aunque calles lo que duele,
todo en ti lo canta.

Mujer de acuarela, alma del agua,
pincelada viva que sana y desarma.
Tu esencia vibra, tu voz me guía,
floreces eterna en cada caída.

Belleza extraña, jardín secreto,
fuego suave bajo el invierno.
No pides permiso para existir,
solo floreces… y cambia el silencio.

Mujer de acuarela,
flor del alma.
En tu misterio
la noche descansa.

Ágata Marcos Gros

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