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LA RISA ES UN ACTO DE AMOR – A TODA COSTA

Francisco Ponce Carrasco defiende la risa como terapia de vida, un gesto humano capaz de aliviar tensiones, crear vínculos y abrir espacio a la alegría.

final-Francisco Ponce

Defender la sonrisa como terapia de vida NO es una extravagancia

Y, sin embargo, ahí está: discreta, luminosa, gratuita y, lo más importante, contagiosa. La sonrisa —y su hermana mayor, la risa— no solo embellecen el rostro; también mejoran el alma.

Conviene aclararlo desde el inicio: no hablamos de esa sonrisa de compromiso que aparece en las fotos de grupo o en reuniones interminables. Hablamos de la sonrisa auténtica, esa que nace sin pedir permiso, que se instala en la cara y termina haciendo cosquillas en el estómago. Esa que, cuando se desborda, se convierte en risa franca, de la que obliga a cerrar los ojos y, en casos extremos, a sujetarse la barriga como si uno acabara de descubrir un nuevo músculo.

La ciencia —que últimamente se lleva muy bien con el sentido común— ha demostrado que reír reduce el estrés, mejora la circulación y hasta fortalece el sistema inmunológico. Es decir, que una buena carcajada podría competir, sin complejos, con algunos remedios de botica. Y lo mejor: no requiere receta médica, no tiene efectos secundarios (salvo alguna lágrima traicionera) y puede administrarse en cualquier momento del día.

Pero, más allá de lo fisiológico, la risa cumple una función social que no deberíamos subestimar. Es un idioma universal. No importa si uno viene de un rincón remoto del planeta o del barrio de al lado: una risa compartida crea un puente inmediato. Donde hay humor, hay entendimiento. Donde hay sonrisa, hay espacio para el encuentro.

Nos hemos vuelto expertos en indignarnos —a veces con razón, no lo negaremos— pero hemos olvidado que el humor no es enemigo del pensamiento crítico, sino su aliado. Reírse de uno mismo, por ejemplo, es una de las formas más elegantes de inteligencia. Rebaja el ego, desactiva tensiones y nos recuerda que, al fin y al cabo, todos estamos aprendiendo sobre la marcha.

Promover la sonrisa, entonces, no es un gesto ingenuo, sino profundamente humano. Es decidir, conscientemente, no ceder todo el terreno al pesimismo. Es entender que la alegría no niega los problemas, pero sí nos da mejores herramientas para enfrentarlos. Porque, seamos honestos, discutir con el ceño fruncido rara vez mejora las cosas; en cambio, una sonrisa a tiempo puede abrir puertas que parecían cerradas con triple llave.

Sonreír al vecino, al compañero de trabajo, al camarero que nos sirve el café. Son pequeños actos, sí, pero no insignificantes. La sonrisa tiene un efecto dominó que ninguna estadística ha logrado medir con exactitud, pero todos hemos experimentado alguna vez.

En un mundo que a menudo olvida reír, sonreír es, quizás, el acto más serio que podemos permitirnos. 

(Francisco Ponce Carrasco)

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