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CUANDO LA GUERRA DESTRUYE A LAS FAMILIAS Y A LA INFANCIA

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La grave situación bélica en oriente Medio ha dejado en un segundo plano la guerra de Ucrania. Pero, sigue en activo. Las familias y la infancia continúan sufriendo sus consecuencias, tanto los que se vieron obligados a emigrar como los que continuaron en sus ciudades. Las psicólogas ucranianas Yuliia Honchar[1] y Maryna Chernenko[2], tuvieron que huir de Ucrania y que actualmente viven en Barcelona. Su labor profesional esta centrada en el tema del trauma y sintomatología asociada a contextos de guerra y migración. Por este motivo, hemos efectuado una entrevista a la Dra. Honchar para que, partiendo de su experiencia, pueda ayudarnos a entender y a concienciarnos de como la guerra afecta a la familia y a la infancia.

Carme Tello ¿Cuáles serían los factores de riesgo y protección en la infancia expuesta a una situación de guerra?

Yuliia Honchar.- En la guerra, el niño no solo está expuesto a hechos externos -bombardeos, desplazamientos, pérdidas-, sino a algo más difícil de nombrar: la ruptura de la continuidad de la vida. Lo que antes era previsible deja de serlo. El mundo pierde su estructura. Entre los factores de riesgo, destacaría la exposición prolongada a la amenaza, la pérdida de figuras significativas, la separación forzada, así como la sobrecarga emocional de los adultos. El niño no solo vive su miedo, sino también el miedo de quienes lo rodean. Pero incluso en estas condiciones, existen factores de protección muy potentes. El más importante no es la ausencia de peligro, sino la presencia de un vínculo. Un adulto que pueda estar emocionalmente disponible, que no niegue la realidad, pero que ayude a sostenerla. A veces no se trata de explicar, sino de estar. De poder permanecer al lado del niño sin retirarse emocionalmente ante lo que le asusta. También son esenciales los pequeños elementos de continuidad: rutinas, juego, repetición. Son formas de devolver al niño una sensación de que algo en el mundo sigue siendo estable.

Maryna Chernenko.- Yo incluiría entre los factores de riesgo todas aquellas circunstancias que intensifican la vivencia traumática y dificultan la recuperación del niño: permanecer en zonas de combate o haber vivido bombardeos y destrucción, la pérdida o el peligro para familiares cercanos, la participación del padre en la guerra y la preocupación constante por su vida, la separación de figuras de apego, el desplazamiento forzado, la sobreexposición a noticias amenazantes, así como el estado ansioso o depresivo de la madre u otros adultos significativos. Por otro lado, los principales factores de protección son la presencia de un adulto emocionalmente disponible y suficientemente estable, una rutina predecible y estable, un entorno acogedor y contenedor, vínculos que transmitan seguridad, así como la importancia de acompañar al niño, poner palabras y ayudarle a elaborar lo que ve en las noticias o escucha a su alrededor. Cuando es necesario, también es importante la ayuda psicológica.

CT.-  ¿Qué sería lo más difícil de elaborar en los niños que han tenido que emigrar por la guerra?

YH.- Lo más difícil no es solo la pérdida, sino la multiplicidad de pérdidas al mismo tiempo. El hogar, la lengua, los amigos, el paisaje, los objetos cotidianos… pero también la propia sensación de pertenencia. Muchos niños viven en una especie de “doble vida”: una parte de ellos intenta adaptarse al nuevo entorno, mientras otra permanece ligada a lo que han dejado atrás. Esto no siempre se expresa con palabras, pero se percibe en la consulta: en la dificultad para instalarse, en la sensación de estar siempre “de paso”, en la imposibilidad de sentir que un lugar es propio. En algunos casos, lo más doloroso no es lo que ocurrió, sino lo que no pudo cerrarse. No hubo despedida. No hubo tiempo para entender. Y eso deja una tensión interna que puede mantenerse durante mucho tiempo.

MC.- La migración forzada afecta profundamente al sentimiento de continuidad del Yo. Se pierde el hogar, la lengua, los códigos culturales y la pertenencia. Es decir, las bases que sostienen la sensación de ser uno mismo. En los niños esto puede vivirse como una identidad “suspendida”, especialmente cuando el adulto también está desbordado y no puede ofrecer un espejo emocional estable. Uno de los aspectos más difíciles de elaborar es la incertidumbre: no saber cuánto durará la separación, si habrá regreso o qué ocurrirá con los familiares que permanecen en Ucrania. Esta incertidumbre prolongada puede generar ansiedad persistente y sensación de vivir en pausa. La maternidad en la migración forzada tiene particularidades específicas. La madre no solo sostiene a sus hijos en un contexto nuevo, también intenta sostenerse a sí misma mientras atraviesa sus propias pérdidas. Esto influye directamente en el desarrollo emocional del niño, ya que la madre crea en gran parte el espacio psíquico donde puede sentirse seguridad y continuidad.

CT.- ¿Qué elementos del trastorno postraumático habéis observado en los niños tratados?

YH.- Vemos formas clásicas del trauma: hipervigilancia, dificultades de sueño, ansiedad, recuerdos intrusivos. Pero en muchos casos el trauma no aparece de forma evidente. En los niños pequeños, a menudo aparece en forma de juego repetitivo. En los adolescentes, vemos con frecuencia somatización, conductas de riesgo o autolesiones. En nuestra práctica, el cuerpo ocupa un lugar central. Hay momentos en los que el niño no puede hablar de lo que ha vivido, pero lo vemos en el cuerpo: no dice “tengo miedo”, sino que se aferra al cuerpo de la madre o se queda inmóvil, como si moverse pudiera hacer que todo vuelva a ocurrir. Cuando la experiencia es demasiado intensa y no puede ser simbolizada, el cuerpo habla: dolor sin causa médica clara, tensión constante, sensación de falta de aire. No es solo un síntoma. Es una forma de sostener algo que todavía no puede ser pensado. También observamos con frecuencia fenómenos de disociación: niños y adolescentes que dicen “es como si no estuviera aquí”, “como si todo le pasara a otro”. No es indiferencia, es una forma de protegerse cuando la realidad resulta excesiva.

MC.- En los niños hemos observado con frecuencia algunos elementos propios del trastorno por estrés postraumático, como pesadillas, problemas de sueño, repetición de lo vivido en juegos, dibujos, hipervigilancia, miedos intensos, irritabilidad y explosiones emocionales. También pueden aparecer regresiones evolutivas, somatizaciones y dificultades escolares. Es importante señalar que no todos los niños expuestos a la guerra o a la migración forzada desarrollan un trastorno por estrés postraumático. La respuesta depende de múltiples factores: la edad, la historia previa, el contexto familiar y el apoyo emocional disponible.

CT.- ¿Qué destacarías de vuestro trabajo con esta población?

YH.- Quizá lo más importante es la posición clínica. En estos contextos, no trabajamos con síntomas en el sentido clásico, sino con formas de supervivencia psíquica. Esto cambia el ritmo del trabajo. No se trata de intervenir rápidamente o de “explicar lo que ocurre”, sino de crear un espacio donde la experiencia pueda ser sostenida sin desbordar. Esto implica algo que no siempre es fácil: tolerar el silencio, la retirada, incluso el rechazo, sin apresurarse a llenarlo. En ocasiones, el trabajo empieza antes de que aparezcan las palabras. Puede comenzar con un gesto, con un dibujo, con una presencia que se repite. Hemos visto cómo un niño puede empezar a reconstruir la confianza en el mundo no a través de una interpretación, sino a través de un vínculo sencillo y constante  -a veces incluso con un animal, que responde, que permanece, que no desaparece. También es fundamental el trabajo con los padres. Su capacidad de sostener, de no invadir, de permanecer presentes incluso cuando el niño rechaza el contacto, tiene un efecto profundo en la recuperación.

MC.- En mi práctica clínica estoy especialmente centrada en el trabajo con niños y familias en situación de migración forzada a causa de la guerra. Destacaría que, en estos casos, no abordo únicamente las consecuencias del conflicto bélico, sino también el impacto psíquico de la pérdida del hogar, la separación familiar, el desarraigo y la adaptación a un nuevo contexto. En los niños, el malestar suele expresarse a través del juego, ansiedad, síntomas somáticos, retraimiento o dificultades escolares más que mediante un relato directo. Por eso, el trabajo terapéutico consiste en crear un espacio seguro donde puedan simbolizar aquello que aún no logran poner en palabras. Asimismo, considero fundamental incluir a las madres y a la dinámica familiar, ya que muchas llegan emocionalmente sobrecargadas y sosteniendo solas a sus hijos. La terapia permite entonces restaurar vínculos, fortalecer recursos internos y favorecer procesos de adaptación y desarrollo.

CT.- Para concluir, ¿queréis añadir alguna puntualización?

YH.- Me gustaría subrayar algo importante: no todos los niños traumatizados desarrollan un trastorno. La psique tiene una gran capacidad de adaptación. Pero esta capacidad no es individual, sino profundamente relacional. Depende de la presencia de otros, de la posibilidad de que alguien pueda acompañar la experiencia sin desbordarse ni retirarse. En la guerra vemos cómo se destruyen muchas estructuras, pero también cómo, incluso en esas condiciones, el vínculo sigue siendo posible. Y es precisamente ahí donde, poco a poco, puede empezar algo muy sencillo y muy difícil al mismo tiempo: volver a estar en relación con la vida.

MC.- Para concluir, la guerra no siempre termina con la salida del país. Lo veo como una experiencia compleja que, por un lado, puede ser profundamente traumática, ya que no se trata de una elección libre, sino de una ruptura impuesta por la realidad: la pérdida del hogar, de la continuidad cotidiana, de los vínculos y de las referencias conocidas. Pero no siempre queda fijada únicamente en la traumática. También puede convertirse, con el tiempo y con el sostén adecuado, en una posibilidad de reconstrucción psíquica, de descubrimiento de recursos internos y de creación de nuevos sentidos. La integración de lo desconocido y de lo diferente es un proceso difícil, pero también forma parte del crecimiento humano. En condiciones más favorables, cuando la persona puede atravesar el duelo por lo perdido, se vuelve posible construir una nueva identidad: no como sumisión a la nueva cultura, ni como una simple suma de dos mundos, sino como una integración.

Muchísimas gracias por sus aportaciones y felicitarles por la gran labor que están haciendo.

Dra. Carme Tello Casany, Psicologa clínica

Presidenta de la Associació Catalana per la Infància Maltractada ACIM

Presidenta de la Federación de Asociaciones para la Prevención del maltrato Infantil FAPMI


[1] Doctora en Psicología y psicoterapeuta de orientación psicoanalítica en Ucrania. Su trabajo clínico y de investigación se centra en trauma, psicopatología y procesos psicosomáticos en contextos de guerra y migración. Es investigadora en el Instituto de Investigación de Problemas de la Discapacidad (Ucrania) y dirige el Centro de Salud Mental y Trauma “Forpost”, participando además en proyectos internacionales vinculados a la documentación de la violencia extrema.

[2] Psicóloga y psicoterapeuta psicoanalítica certificada por la EAP (European Association for Psychotherapy) y acreditada por la ECPP (Confederación Europea de Psicoterapias Psicoanalíticas). Es miembro de la Sociedad Internacional de Psicoterapia Focalizada en la Transferencia (ISTFP). Cuenta con práctica privada desde 2016, centrada en el trabajo con niños, adolescentes y jóvenes. Su práctica se basa en un enfoque psicoanalítico, integrado con abordajes contemporáneos para el trabajo con trauma, pérdidas y procesos migratorios.

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