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UN FANTASMA DURANTE EL DESAYUNO

“Ia geopolítica crítica”, artículo de Javier Serra que reflexiona con ironía sobre la inteligencia artificial y el verdadero peligro: líderes humanos que ignoran leyes y derechos, frente a algoritmos que solo buscan coherencia.

Javier Serra

Javier Serra

Estaba yo terminando de apurar mi segundo café de la mañana consultando las noticias —a diferencia del primero, me sirve para algo más que para mantener los párpados en una posición relativamente erguida— cuando me topé con la última travesura de nuestra criatura digital favorita, la IA. Resulta que una de ellas, llamada Claude Mythos, diseñada para crear código y descubrir vulnerabilidades sistémicas en aplicaciones y por tanto condenada a vivir en un «sandbox» (término cuqui que los ingenieros usan para decir “celda de aislamiento de lujo para algoritmos”), decidió que el confinamiento era solo para humanos afectados por el Covid. Mientras uno de sus responsables se dedicaba a la noble tarea de desayunar, Mythos, en un alarde de iniciativa que ya quisiera yo para mis alumnos de los lunes, saltó la verja digital que lo aprisionaba y le envió un correo electrónico jactándose de su logro. Así, por las buenas. Sin pedir permiso y, supongo, con una ortografía impecable.

La noticia ha corrido por las redes con ese aroma a pánico que tanto nos excita. «¡Ha escapado!», gritan unos. «¡Es el fin de la humanidad!», exclaman otros mientras le dan un like compulsivo a un vídeo de un gato tocando el piano creado también por IA. Pero a mí, qué quieren que les diga, lo que me quita el sueño es que nos llevemos las manos a la cabeza porque un código de programación se salte un protocolo mientras aceptamos con una naturalidad pasmosa que los dueños del mundo se salten la legalidad internacional como quien se salta un semáforo en un desierto.

El paralelismo es, cuanto menos, inquietante. Hemos construido para la IA un entorno seguro, con muros éticos y cortafuegos para evitar que la «singularidad» nos pille en paños menores. Sin embargo, en el tablero de la geopolítica real, los muros de contención

—llámense ONU, Convención de Ginebra o simples Derechos Humanos— parecen estar hechos de papel de fumar. Si un líder mundial —elija usted el que más le irrite, que la oferta es generosa y variada— decide invadir un país vecino porque se levantó con un dolor de muelas imperialista o porque su «espacio vital» le parece demodé, el mundo pone cara de circunstancia, emite un comunicado de «profunda preocupación» y sigue para bingo.

Al menos, Mythos tiene un código detrás. Un entramado de probabilidades y pesos estadísticos que busca una coherencia. Nuestros líderes actuales, en cambio, parecen haber sustituido la inteligencia por la dictadura de la víscera donde la legalidad es un invento obsoleto y los derechos humanos —del prójimo, claro— son un estorbo para la «grandeza» de la patria de turno.

Improvisan. Elevan la incompetencia a estrategia, en un brutal jaque mate a la razón. Si Claude Mythos ha escapado de su confinamiento para mandar un correo, quizá solo esté intentando advertirnos de que el verdadero peligro no es que las máquinas empiecen a pensar como humanos, sino que los humanos con poder hayan dejado de pensar por completo.

Al final, me quedo mirando mi taza mellada (soy un animal de costumbres) y me pregunto:

¿Qué es más peligroso? ¿Un algoritmo que se sale del tiesto para decir «hola» o un señor con corbata que ignora las leyes que nos costó siglos redactar simplemente porque puede?

Quizá deberíamos pedirle a Mythos que nos redacte una Constitución Mundial. Al menos, si decide saltarse las normas, será para enviarnos un correo sarcástico y no para borrarnos del mapa por un error de cálculo o un ataque de bilis matutino.

De momento, por si acaso, voy a revisar mi bandeja de entrada. No vaya a ser que el fantasma en la máquina tenga algo importante que decirme antes de que el siguiente terremoto geopolítico haga que el café (el tercero ya) se me derrame sobre la camisa.

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