Portada » El “ANDADOR”, un invento fascinante: A TODA COSTA

El “ANDADOR”, un invento fascinante: A TODA COSTA

Reflexión de Francisco Ponce Carrasco sobre la vida, comparando infancia y vejez a través del simbólico “andador” y el “taka-tak”.

final-Francisco Ponce

De niños andamos con un taka-tak. De mayores con un andador

Entre ambos artefactos, distantes en el catálogo de la vida, se extiende ese periodo al que llamamos “edad adulta”, donde uno camina comiéndose el mundo… o eso aparenta.

El taka-tak es un invento fascinante: un pequeño vehículo circular que permite al bebé desplazarse con la dignidad mecánica de un emperador romano en carro.

El niño aún no sabe caminar, pero ya recorre la casa con determinación, chocando contra mesas, sofás y tobillos ajenos. Su conducción es errática, pero su entusiasmo absoluto.

Todo es descubrimiento: el sonido de una cuchara cayendo, el misterio insondable del enchufe, la peligrosa belleza de un jarrón caro. El mundo es grande y el niño, aunque tambaleante, está convencido de que lo conquistará.

Muchos años después aparece el andador. También tiene ruedas, también se mueve despacio y también choca, esta vez contra muebles que llevan décadas en el mismo sitio pero que, misteriosamente, parecen haberse ubicado durante la noche.

El adulto mayor lo maneja con prudencia de capitán veterano. Ya no hay prisa por descubrir enchufes, pero sí una gran curiosidad por recordar dónde dejó las gafas.

Entre el taka-tak y el andador se desarrolla ese tramo intermedio donde creemos caminar solos y libres.

Estudiamos, trabajamos, pagamos facturas, discutimos sobre cosas muy serias y fingimos que tenemos el control absoluto de la situación. Durante décadas caminamos con una seguridad admirable, olvidando que nuestra biografía empezó con babero y terminará probablemente con manta sobre las rodillas.

La infancia y la vejez comparten algo que los adultos solemos pasar por alto: una “encantadora” vulnerabilidad.

El niño depende del mundo porque aún no lo conoce; el mayor, porque ya lo conoce demasiado bien. Ambos necesitan paciencia, manos que le sujeten con cariño y bromee con ellos, cuando la vida se vuelve un poco torpe.

Mientras tanto, los adultos corremos de un lado a otro convencidos de que estamos haciendo algo urgentísimo y que solo lo nuestro es importante, tropezamos bastante y aprendemos —si tenemos suerte— a reírnos un poco de nosotros mismos.

Francisco Ponce Carrasco

What do you feel about this?

Deja un comentario