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ANTE LA MUERTE DE UN AMIGO

Reflexión íntima de José Antonio Bustos sobre la muerte de un amigo, la fe, el sufrimiento y el sentido de la vida. Un relato humano que invita a mirar más allá de las apariencias y comprender la verdadera profundidad del alma.

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                   Para un hombre que ha cumplido sus deberes

                    naturales, la muerte es tan natural y

                    bienvenida como el sueño (Santayana)

      He recibido la visita de mi amigo Juan, y después de los saludos habituales me dice muy serio y con cierto aire de tristeza: “Te voy a dar una mala noticia, nuestro amigo Antonio lo enterramos hace tres días. Y la verdad es que ha sido lo mejor porque estaba en casa imposibilitado y en un grito de dolor por el reumatismo. Pero no obstante, da pena porque era un buen hombre”.

   Es curioso observar que es necesario morirse para que la gente piense, o al menos se diga, que era buena persona. En este caso es cierto, Antonio, a quien le apodaban “el pollino”, era bueno, educado, servicial, caritativo… pero poco social, pues no participaba de las fiestas oficiales y menos aún de las fiestas locales, y por supuesto, nunca pisaba la iglesia, y eso en un pueblo se nota mucho. Pero eso no quitaba mérito a sus buenas acciones. Eso lo sabíamos unos pocos que lo aceptábamos tal como era. Era una especie de filósofo, teólogo de pueblo, es decir, de pocos vuelos por falta de instrucción, pero que lo compensaba con su gran reflexión, sentimiento, imaginación y prudencia. Quiero decir con esto que primero pensaba y luego hablaba y no al contrario como solemos hacer los demás.

      Yo que lo traté bastante, siempre en el campo, porque tenía su finca lindando con la mía de las que las separaban varios mojones de piedra hincados en el suelo. El hecho cierto es que jamás en sus conversaciones decía tonterías, siempre eran cosas que daban qué pensar; como por ejemplo lo que me contó cierto día que se encontraba mu locuaz: “Si se dice que dios es inmensamente sabio, todo poderoso, bondadoso, misericordioso y otras muchas excelencias, que ha creado al hombre, que es nuestro padre y nos ama, ¿Por qué permite el dolor, las guerras, la destrucción, la muerte y todos los males que hay en el mundo? El mundo es como un extenso hospital donde se oyen más llantos y gemidos que risas y alegrías. Además, muchos de los que sufren son inocentes. Nace el niño llorando, vive el hombre con esfuerzo, con angustia, con miedo, con dolores sufriendo y termina su vida con toda clase de achaques, limitaciones, y la mayoría de las veces sin ni siquiera afectos ni respeto, esperando la muerte… Muchas veces cuando me viene a la cabeza estas cosas me pregunto si habrá algún privilegiado que no lleve a cuestas su cruz o quizás clavado en ella. Como dice la “oración la salve” esto es un valle de lágrimas, y yo pregunto sin que se tome como falta de respeto, ¿nos ha creado Dios para sufrir?”

      Así recuerdo yo a Antonio “el pollino”, filosofando, pero sin respuesta, porque yo era incapaz de contestar a esas cuestiones. Era cierto todo lo que decía, pero ¿cómo contestar a esas cosas tan evidentes, tan profundas cuando ni los grandes filósofos y teólogos no saben contestar ni se ponen de acuerdo? Yo le decía que leyera la Biblia. entonces él esbozaba una risa sardónica y decía que la leía a diario, algo que permanecía en el más estricto secreto, pero que más que aclararle algo le confundía aún más. Por el contrario, el Nuevo Testamento que al leer la vida de Jesús le daba cierto ánimo y trataba de cumplir lo que decía y hacía: el BIEN.

     Ante estas reflexiones de Antonio “el pollino”, yo me quedaba desconcertado y boquiabierto, no eran pensamientos ni palabras de un ignorante como se le tenía en el pueblo y menos aún, el apodo que le habían puesto. Entonces le dije que el filósofo nacido en Córdoba hace unos mil años, Séneca, decía más o menos lo mismo: “el bien que se hace a los demás recae en uno mismo”. Lo cual quiere decir también que el mal que haces a los demás lo va a sufrir también el que lo hace; aunque a veces, no se vea.

    En cierta ocasión le dije: “Antonio, en el pueblo todo el mundo sabe que nunca vas a la iglesia, por lo tanto, se supone que tú no crees en Dios, ¿Es cierto lo que la gente piensa de ti? Su contestación fue ésta: “Qué me importa lo que la gente piense de mí? El libro de la Biblia, el Eclesiastés está escrito, “la experiencia es corona de los ancianos y su orgullo es el tema de Dios”. Y yo ya tengo esa corona, porque he llegado a los 84 años; en cuanto al orgullo no lo tengo conforme dice este libro, por la sencilla razón que yo no le temo a Dios, porque yo creo en Dios misericordioso, y durante toda mi vida he intentado hacer el bien a los demás. Tú has dicho una frase de Séneca, yo te diré otra con el mismo significado: “La recompensa de una buena acción está en haberla realizado”. para mí ésta ha sido y sigue siendo mi religión y mi iglesia. Y la verdad es que siempre que la he realizado me he encontrado con una satisfacción y una paz difícil de explicar. ¿Confirma esto que creo en Dios, aunque no vaya a la iglesia?

   Cuan equivocados habíamos estado todos los que conocíamos a Antonio “el pollino” al juzgarle, creíamos que era ateo porque nunca iba a la iglesia, antisocial porque siempre evitaba las reuniones tontas, ignorante porque era prudente e incapaz de pronunciar palabras vanas y sin sentido. Y la verdad era que tenía una vida interna riquísima. Habían tenido que pasar 84 años para descubrirlo. Seguramente él ya barruntaba que estaba cerca del final, qué sé yo. Estas cosas me las dijo hace 6 meses.

     Pocos días después de estas declaraciones de Antonio nos volvimos a encontrar en el campo y continuó con el tema anterior, y no sé el porqué se había vuelto de pronto tan locuaz conmigo: Hay un filósofo, teólogo y sociólogo belga que se llama JACK LECLERQ que nos definió muy bien a los viejos cuando dijo: “El viejo tiene más necesidad de esperanza que de pan. Matar su esperanza dándole pan, es matar lo que puede proporcionarle luz en la vida”. ¿Acaso no es verdad esto? La mayoría de los viejos lo sufrimos, nos falta lo más importante. desde mi punto de vista los escritores, y sobre todo, los poetas son los que más saben de la vida, de Dios y de otras muchas otras cosas. Para aquellos que anatemizan mi falta de asistencia a la iglesia van dirigidos estos versos de la poetisa Gloria Fuertes:

         ¿Dónde está Dios se ve o no se ve?

         Dios está en las flores y en los granos, y en los pájaros

         y en las llagas, en lo feo, en lo triste, en el aire, en el agua.

         Ahí está Dios en ti,

         pero tienes que verle tú,

         de nada vale quien te lo señale.

   Pues bien, yo veo a Dios como dice ella siempre y en todo, y también con agradecimiento como canta JOAN BÁEZ: “gracias a la vida que me ha dado tanto”. Y siempre sigo estas normas de otro cantante, JULIO IGLESIAS: “siempre hay por qué vivir”.         

José Antonio Bustos

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