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   MI ENCUENTRO CON EL VIDENTE BALTASAR

Rogelio Bustos relata un inquietante encuentro con un vidente en Granada, explorando el mundo de la parapsicología y las premoniciones. Un texto que mezcla experiencia personal, reflexión y misterio sobre los límites entre lo racional y lo inexplicable.

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                     Hallarás mucho de inverosímil e inaudito que,

                         no obstante, es genuino y real

               (San Jerónimo)

    La Parapsicología es esa parte del conocimiento que estudia una serie de fenómenos que no tienen explicación por medio de la Psicología, la Biología ni por la Física, es decir, que no tienen lógica ni razonamiento, porque entra en lo paranormal, al margen de todo. A partir del Congreso nacional de Parapsicología celebrado en UTRECH en 1953 estos estudios son considerados como ciencia. Los fenómenos paranormales son diversos: telepatía, clarividencia, precognición, retrocognición, premonición, etc.

    En todos los tiempos han existidos personas con esos poderes que veían y que adivinaban el futuro. En la Antigüedad esos poderes eran asociados a las religiones, pues se creían que estaban inspirados por los dioses, y se les llamaba adivinos, augures, videntes, profetas… En la Biblia aparecen 18 profetas que conocían lo que iba a ocurrir en un futuro próximo o lejano y escribieron sus profecías. Estos profetas procedían de unas diversas clases sociales, incluso de las más bajas. Ejemplo, el profeta AMOS era pastor.

     Más próximo y entre los más conocidos profetas están San Malaquías, Nostradamus, Santa Hildegarda; en el siglo XX tenemos los Papas Pío X que moribundo tuvo esta visión: “He visto a uno de mis sucesores, del mismo nombre, que huía por encima del cadáver de uno sus hermanos. Se refugiará de incógnito en alguna parte; y, tras un breve respiro, fallecerá de muerte cruel. Y Pío XII que en 1947 predijo: “Es necesario que los hombres se dispongan a afrontar adversidades como la humanidad no ha conocido jamás…”  Y desde varios años lo estamos padeciendo cada vez con mayor intensidad. Y el más grande de todos los profetas del S. XX fue el americano EDGAR CAYCE del que hablaremos en otra ocasión.

     Voy a tratar de contar cómo conocí al misterioso vidente Baltasar y qué ocurrió. Un día soleado de este mes de febrero me fui a dar un paseo al centro de Granada y, me senté en un banco de los que hay alrededor de la Fuente de las Batallas y, acariciado por el calorcillo del sol me puse a leer el periódico Granada Costa que acababa de recibir. Sólo habían pasado unos minutos, cuando otro hombre se sentó en el mismo banco sin prestarle más atención que contestar a sus “buenos días”. Nada más sentarse en el banco comenzó a moverse cada vez con mayor fuerza. Dejé de leer y miré al hombre que tenía a mi lado. Su cuerpo temblaba, los ojos cerrados y la mano sobre la frente. Le pregunto si le ocurría algo, pero no contestó, volví a preguntarle si se encontraba enfermo y esta vez dijo que no estaba enfermo, que su malestar era debido a lo que iba a suceder muy pronto:” aquellos dos niños que corrían alrededor de la fuente, el del jersey rojo, se iba a caer al suelo y se daría con el borde de la fuente en la cabeza y perdería el conocimiento”. Entonces dirigí la mirada hacia la fuente, y efectivamente, había dos niños de unos cuatro años y uno de ellos vestía un jersey rojo.

    No le hice ningún caso, pero sí le observé, aparentaba unos sesenta años, su aspecto físico era vulgar, así como su vestimenta, la cara larga a la que aumentaba aún más sus grandes y puntiagudas orejas, y su cabeza escasa de pelo, lucía en su centro un largo mechón de pelo en forma de plumero. Continuaba con los ojos cerrados. Pensé que estaría trastornado, nada más. No obstante, me puse a contemplar la fuente y todo lo que a su alrededor pasaba. Aquellos dos niños seguían corriendo.

   De nuevo me puse a leer y al poco oí gritos y un remolino de personas se habían concentrado alrededor de la fuente y pude ver que el niño del jersey rojo yacía en el suelo. Entonces miré al hombre que lo había vaticinado y estaba llorando y su temblor había desaparecido.

La gente seguía alrededor del niño del jersey rojo inmóvil en el suelo sin atreverse a hacer nada hasta que apareció un hombre, que luego supe que era su padre, lo cogió en brazos y en un taxi se lo llevó al hospital.

   No salía de mi asombro y a mi mente acudían montones de pensamientos sobre lo ocurrido. ¿Había sido cosa del azar, de la casualidad o aquel hombre había visto el accidente? Decidí arriesgarme y le pregunté al “profeta”: ¿Cómo sabía usted que el niño del jersey rojo iba a sufrir ese accidente? No contestó y tuve que insistir varias veces, y finalmente al ver o sentir que mi pregunta era algo más que la simple curiosidad dijo: “me está preguntando algo a lo que no puedo contestar porque no lo sé. No puedo ni sé explicarlo… sólo sé que lo siento aquí y lo veo aquí”.  Se señala con la mano el corazón y la frente.

      Los dos guardamos unos minutos de silencio. A continuación, le dije: “si lo sentía y lo veía por qué no intervino para evitar el desgraciado accidente? Entonces aquel hombre giró la cabeza, me miró fijamente y me dijo con un tono de firmeza y convicción estas palabras: “¿Usted cree que me hubieran hecho caso si se lo digo a sus padres que estaban sentados en un banco de la plaza? Me hubieran tomado por loco, borracho, tonto o quizás pájaro de mal agüero. ¿Se ha fijado usted en mi cara, en mi tipo, en mi aspecto? “Soy además de feo un auténtico paleto”. Era cierto lo que decía. No obstante, su rostro transmitía una irresistible calidez humana y una dulce tristeza.

Le pregunté si había tenido otras veces estas videncias. Me dijo que desde que tenía 10 ó 12 años sentía cosas extrañas, y en cierta ocasión yendo con su padre al campo llevaban la burra cargada con estiércol y le dijo a su padre que la burra se caería al pasar el río, y así ocurrió, y entonces su padre le dio una paliza, porque pensó que él le había empujado. Otras veces he adivinado que una casa se derrumbaba y así ocurría. En cierta ocasión, le dije a un hombre del pueblo que fuese a que le viera el médico y como era muy fuerte y sano, pues empezó a reírse, y además, me dio una fuerte patada en el culo. Por supuesto, a los 15 días empezó a sentir dolores en el pecho y al poco tiempo se murió. Y como aquello cundió por el pueblo, desde entonces me llaman “el loco”, “el brujo”, “el que echa el mal de ojo y otras cosas peores”. Y la verdad es que… ¿cómo se puede entender que puedo saber de antemano lo que va a ocurrir?

       Pero, mi mayor comunicación es con los animales, si yo le contara… le dije que sí, quería que me lo contara, pero otro día porque tenía que marcharme. Quedamos para el día siguiente, y enseguida me levanté del banco y me despedí de él. Y cuando había dado unos pasos volví la cabeza y le miré a la cara y le dije adiós con la mano, sonrió agradecido. Por el camino me vino a la memoria aquellos versos de Mario Benedetti:

         “Si alguna vez me miras a los ojos

         y una veta de amor reconoces en los míos,

         no pienses que deliro.

         Piensa simplemente,

         que puedes contar conmigo”.

Rogelio Bustos Almendros

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