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LA BRASA, ESCENARIO DE HISTORIA E INSPIRACIÓN

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Cuando Toñy Castillo llegó a Vélez de Benaudalla, percibió desde el primer instante que no se hallaba ante un lugar cualquiera, sino ante uno de esos rincones privilegiados donde el tiempo parece haberse detenido para custodiar la belleza, la memoria y el alma de la historia. Había en el aire una serenidad antigua, una nobleza callada que no necesitaba proclamarse, porque brotaba con naturalidad de la piedra, del paisaje y de la propia esencia del pueblo. Pero si aquella impresión se volvió aún más intensa, casi solemne, fue al encontrarse con el Hotel-Restaurante La Brasa, verdadero corazón de una experiencia que quedaría grabada en su sensibilidad con la fuerza de una evocación imborrable.

La Brasa se alzaba ante sus ojos como un lugar tocado por una rara dignidad. No era simplemente un hotel ni solo un restaurante de prestigio: era un escenario con alma, una estancia donde la estética, la historia y la emoción parecían darse la mano. Su apariencia, impregnada de un evidente y refinado aire medieval, envolvía al visitante desde el primer momento en una atmósfera de leyenda. La piedra y la madera, tan sabiamente armonizadas, no componían un decorado artificial, sino un lenguaje visual cargado de autenticidad, como si cada muro, cada salón, cada rincón hubiese sido concebido para recordar la grandeza de antiguos mesones nobiliarios, de fortalezas hospitalarias, de casas solariegas abiertas al encuentro de viajeros, caballeros, sabios y poetas.

Toñy Castillo junto a Antonio Gutierrez

Había en La Brasa una belleza sobria, firme y a la vez cálida. Sus espacios no deslumbraban por exceso, sino por equilibrio; no imponían, sino que acogían con una nobleza serena. Todo estaba medido con ese gusto que sabe ennoblecer el ambiente sin privarlo de calor humano. Toñy Castillo percibió enseguida que aquel lugar tenía algo extraordinario: la capacidad de hacer sentir al visitante no como un mero asistente a un acto, sino como parte de una escena mayor, de una experiencia donde el arte, la cultura y la historia podían elevarse de manera natural. En La Brasa, cada detalle parecía rendir homenaje a una memoria antigua que seguía viva, latiendo en la elegancia de sus salones, en la textura de sus materiales, en la atmósfera recogida y majestuosa que respiraba todo el conjunto.

Toñy Castillo junto a Diego Sabiote

No era difícil, al adentrarse en sus dependencias, dejarse arrastrar por la imaginación. El lugar evocaba la solemnidad de las crónicas antiguas, el recogimiento de los patios donde resonaban antiguas conversaciones, la nobleza de los espacios donde la palabra adquiría un peso especial. Allí, la cultura no parecía un añadido, sino una prolongación natural del propio edificio. La Brasa poseía esa cualidad infrecuente de dignificar todo cuanto alberga. Una presentación, un encuentro, una conversación o una velada adquirían entre sus muros un realce singular, como si la belleza del marco invitase a que el espíritu humano diese lo mejor de sí mismo.

Y fue precisamente en ese escenario tan excepcional donde Toñy Castillo tuvo el honor de desempeñar un papel central como presentadora del evento. Para una mujer de sensibilidad artística, de formación humanista y de honda vinculación con la cultura, ocupar el estrado en un lugar como La Brasa no podía ser una circunstancia menor. Muy al contrario: representaba un privilegio verdadero, una ocasión de esas que se sienten en el alma, porque no se trata solo de hablar ante un público, sino de hacerlo en un espacio que confiere al acto una categoría especial. El escenario, la atmósfera, la disposición del entorno y el prestigio de los asistentes se unían para convertir aquella jornada en algo más que un simple evento cultural: era una celebración del espíritu, del arte y de la palabra.

Toñy Castillo junto a Alfredo Amestoy

Compartir escenario en La Brasa con figuras de gran relevancia fue para ella un motivo de legítimo orgullo. Estaban presentes personalidades como Alfredo Amestoy, referente de la comunicación y la cultura; Antonio Bonilla, alcalde de Vícar; Francisco Gutiérrez, alcalde de Vélez de Benaudalla; el profesor emérito Diego Sabiote, figura de altura intelectual; la presidenta de honor del Proyecto de Cultura Granada Costa, Carmen Carrasco, cuya presencia da siempre brillo y hondura a los actos literarios; el párroco de Molvízar, don Javier; el poeta veleño Antonio Gutiérrez; y otras destacadas personalidades que con su participación otorgaban al encuentro un relieve humano, cultural e institucional de gran importancia. Sin embargo, aun siendo notables los nombres reunidos, lo que terminaba de ennoblecer la velada era el hecho de que todos ellos compartieran aquel marco incomparable que ofrecía La Brasa.

Porque La Brasa no ejercía como un mero contenedor del acto. Era, en verdad, uno de sus protagonistas silenciosos. Sus muros parecían velar el desarrollo de la jornada con una presencia discreta y solemne; sus salones, llenos de personalidad, transformaban la reunión en una escena de especial distinción; su aire medieval daba a cada palabra pronunciada un eco más profundo, como si en aquel recinto la voz humana adquiriera una resonancia más noble. Resultaba fácil imaginar que, en otro tiempo, un espacio así habría acogido reuniones de hombres sabios, diálogos de viajeros ilustres, veladas poéticas o relatos de gestas y memorias. Esa evocación no era una ilusión vacía, sino una consecuencia natural de su estética, de su orden, de su alma.

Toñy junto a Carmen Carrasco

Toñy Castillo sintió que en La Brasa la palabra se engrandecía. Presentar allí no era solo cumplir una función de protocolo o conducción del acto, sino asumir casi un papel de maestra de ceremonias en un enclave donde cada gesto parecía revestirse de un sentido más elevado. El hotel-restaurante confería a la jornada una gravedad amable, una mezcla de solemnidad y acogimiento que pocas veces se encuentra con tanta armonía. No había dureza en su nobleza, ni frialdad en su majestuosidad. Todo en él estaba al servicio de una experiencia estética y humana profundamente gratificante.

A esa impresión se unía, además, el propio encanto de Vélez de Benaudalla, que parecía prolongar fuera de La Brasa el mismo espíritu que dentro de ella se respiraba. El castillo en lo alto, vigilante y antiguo, daba al pueblo la estampa de una villa nacida del tiempo y de la resistencia. Sus callejuelas, su aire morisco, la presencia del Guadalfeo, la fecundidad de la vega, la hermosura del Jardín Nazarí y la protección serena de la Sierra de Lújar componían una geografía casi poética por sí misma. En Vélez, la naturaleza y la historia no caminaban por separado, sino unidas en una misma cadencia de belleza. Y La Brasa, lejos de romper esa armonía, la continuaba y la realzaba, como si fuera una joya arquitectónica y estética nacida para dialogar con la identidad más profunda del pueblo.

Toñy Castillo junto a Don Javier

Ese vínculo entre el hotel y el entorno resultaba especialmente admirable. La Brasa no desentonaba: pertenecía al lugar con la naturalidad de aquello que ha sabido comprender el alma de su tierra. Tenía la fuerza de la piedra y la hospitalidad del refugio; la dignidad del pasado y la viveza del presente. No era solamente un enclave bello, sino un espacio que parecía sintetizar en sí mismo la esencia de Vélez de Benaudalla: historia, acogida, singularidad, memoria y elegancia. Por eso, para una sensibilidad como la de Toñy Castillo, el impacto no podía ser superficial. Era imposible permanecer indiferente ante un lugar que parecía reunir en su apariencia toda la nobleza de un tiempo antiguo y toda la calidez de un presente vivo.

De esa emoción profunda, nacida tanto del acto compartido como del prestigio del escenario y del hechizo del entorno, brotó después la inspiración poética. Toñy no contempló Vélez de Benaudalla como un simple paisaje, sino como una realidad cargada de resonancias. En su mirada, el castillo dejó de ser solo piedra para convertirse en vigía del tiempo; el Jardín Nazarí pasó a ser custodio de murmullos y secretos; el río Guadalfeo se volvió canto fecundo y promesa; las fiestas del pueblo se transformaron en comunidad, fervor y alegría; y la propia tierra se alzó como un jardín de la memoria. Todo ello cristalizó en su poema, “Romance de Vélez de Benaudalla”, donde el pueblo aparece engrandecido por la emoción, convertido en canto, en imagen, en permanencia.

Toñy Castillo junto a Antonio Bonilla

Pero no puede entenderse del todo esa inspiración sin comprender el papel que desempeñó La Brasa en aquella jornada. Porque el poema no nace únicamente del paisaje exterior, sino también del clima interior desde el que ese paisaje fue sentido. Y ese clima lo proporcionó, en gran medida, el Hotel-Restaurante La Brasa, cuya presencia dio al acto una categoría estética y emocional excepcional. Allí, la belleza no estaba solo fuera, en el pueblo y sus alrededores, sino también dentro, en la atmósfera del lugar, en su aire medieval, en su forma de ennoblecer cuanto sucede bajo su techo.

Por eso puede decirse que La Brasa fue mucho más que el marco de un encuentro. Fue un espacio inspirador, un enclave de distinción y una auténtica celebración de la belleza histórica. En sus salones, la cultura encontró una casa digna; la palabra, un ámbito propicio; y el alma sensible de Toñy Castillo, un motivo más para convertirse en poesía. No extraña que un lugar así despertara admiración. Hay espacios que alojan, y otros que elevan. La Brasa pertenece, sin duda, a estos últimos.

Toñy Castillo junto Francisco Gutierrez

Y así quedó sellada en la memoria de Toñy Castillo aquella jornada en Vélez de Benaudalla: como una experiencia de hondura, de orgullo y de inspiración; como un encuentro entre la cultura y la belleza; como una escena digna de ser recordada. Y en el centro de esa escena, resplandeciendo con porte señorial y eco de leyenda, el Hotel-Restaurante La Brasa, noble, acogedor, majestuoso, eterno en su estilo, y digno de toda alabanza como uno de esos lugares donde la historia, la estética y la emoción se abrazan para no separarse jamás.

Romance de Vélez de Benaudalla

Vélez de Benaudalla, tierra de encanto,

jardín de la memoria, río y canto.

Bajo la Sierra de Lújar se asoma,

pueblo morisco de blanca corona,

con sus callejuelas, con su muralla,

que el sol granadino siempre engalana.

Castillo en lo alto, vigía del tiempo,

cuenta batallas de rezos y vientos,

moros y cristianos dejaron su huella,

y aún resuena el eco por tu fortaleza.

Vélez de Benaudalla, tierra de encanto,

jardín de la memoria, río y canto.

El Jardín Nazarí guarda su secreto,

fuentes que murmuran versos del pasado,

flores que perfuman senderos eternos,

y agua que susurra sueños encantados.

El Guadalfeo baja alegre y fecundo,

riega la vega, riqueza del mundo,

cañas y olivares brotan con vida,

frutos que alimentan tu gente querida.

Vélez de Benaudalla, tierra de encanto,

jardín de la memoria, río y canto.

En fiestas de agosto la plaza se enciende,

la Virgen sagrada al pueblo defiende,

cohetes, guitarras, canta la hermandad,

y todo el cariño se vuelve unidad.

Vélez de Benaudalla, tierra de encanto,

jardín de la memoria, río y canto.

Oh pueblo querido, Granada te guarda,

tus hijos te alaban, tu historia no falta,

quien pisa tu suelo jamás te abandona,

pues lleva en el alma tu luz coronada.

En las noches de luna llena

un canto se oye detrás de las aracenas

dicen que alguien en la noche

canta con voz serena:

Te escondes entre la sierra,

pueblo de blanca luz,

con un castillo en lo alto

y un murmullo de cruz.

Vélez de Benaudalla,

donde el río teje

una vega de oro

que la luna bendice.

En el Jardín Nazarí,

el agua canta un secreto

de amores y de ausencias,

de versos de viento.

Las calles se despiertan

con el sol de Granada,

historias de moros y cristianos

en cada piedra labrada.

Bajo la Sierra de Lújar,

el corazón no miente,

que el que pisa tu suelo

siempre te lleva presente.

Vélez de Benaudalla, tierra de encanto,

jardín de la memoria, río y canto.

Proyecto de Cultura Granada Costa

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