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EL DESTELLO

En El destello, Carmen Carrasco nos conduce al Museo del Prado y al misterio de un autorretrato de Goya. Un joven pintor intenta copiarlo con perfección, pero descubre que el verdadero arte no nace solo de la técnica, sino del alma.

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          Aquel grupo de jóvenes muchachos, estudiantes de Bellas Artes, había venido  en viaje de estudios a Madrid y esa tarde la habían destinado a visitar el Museo del Prado ávidos de aprender y recrearse con las magníficas pinturas que contenía, una de las mejores pinacotecas del mundo cuya iniciativa se debía a Carlos III, a decir de los madrileños, el mejor alcalde de Madrid.

          Ya habían visitado varias salas y ahora se encontraban en la de Goya, ante la cual quedaron impresionados con los cuadros expuestos en ella, vibrantes y llenos de fuerza. También les llamó la atención un pequeño cuadro representando al pintor, un autorretrato pintado en su juventud al que dedicaron unos momentos de atención y, una vez hubieron contemplado todas las pinturas expuestas en la sala, ya se disponían a abandonarla cuando, súbitamente, hizo su aparición un personaje desconocido, quizá un actor-guía de los que a veces hay en los museos, caracterizado con ropajes de época. El joven, pues representaba pocos años, iba vestido al estilo del siglo de Goya, tal vez por eso se hallaba allí con objeto de recrear un ambiente decimonónico en la sala del pintor.

          -Me gustaría que os fijaseis unos momentos en este cuadro. Es un autorretrato del pintor -rogó el desconocido, señalando con la mano el lugar donde se hallaba el retrato.

          El grupo de estudiantes se detuvo de nuevo ante aquel pequeño cuadro como esperando una explicación acerca del mismo, sorprendidos ante la presencia de aquel personaje inesperado.

          -Como veis -continuó el joven-, es Goya en su juventud. Observad los rasgos, rostro redondo, labios gordezuelos, ojos de mirada viva y penetrante…

          Dejó que los muchachos contemplasen unos instantes el cuadro, pasados los cuales retomó la palabra.

          -Quizá pensaréis que este cuadro es único… pero no es así. Existió una copia tan perfecta del mismo que ni los propios expertos pudieron distinguirlo del original. ¿Os gustaría escuchar una historia que sucedió hace mucho tiempo?

          Todos al unísono contestaron afirmativamente, interesados en conocer aquella historia que el actor-guía se había ofrecido a relatarles.

          -Bien -respondió el joven-, abandonemos pues el siglo XXI para trasladarnos al Madrid del siglo XIX… Escuchad.

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         Le había tocado vivir las postrimerías del XIX, del último cuarto de siglo de un Madrid, capital del Estado, salido de un periodo convulso, de invasiones napoleónicas seguidas de la Guerra de la Independencia, sucesión de reyes ineptos -Carlos IV, José I Bonaparte, Fernando VII- guerras carlistas, Isabel II, cambios políticos… Pese a ello, la población de la ciudad ya casi alcanzaba el medio millón de habitantes y su crecimiento iba avanzando a pasos agigantados, tanto en lo referente a nuevos barrios con el ensanche de importantes núcleos en la periferia, como la construcción de grandes avenidas, plazas, jardines, líneas de tranvías. Una gran capital se iba fraguando día  a día ante la admiración de los madrileños y de aquel joven ingenuo de apenas veinte años, orgulloso de haber nacido en Madrid  en donde había vivido desde que vino al mundo en aquella época calamitosa pero, asimismo, de importantes cambios.

          Hijo único, nacido en el seno de una familia bastante acomodada -su padre poseía un taller de marcos y enseres de pintura-, Francisco, que así se llamaba el joven, menudo de cuerpo, moreno, ojos vivarachos, se había criado entre los cuadros que sus autores llevaban al taller del padre para que les fuesen enmarcados. El muchacho pues, fue creciendo entre bellos paisajes, retratos, bodegones, ramilletes, dentro de los diferentes estilos que salían de la paleta de cada pintor. Y poco a poco, empezó a aficionarse a la pintura hasta el extremo de que con sus manos casi infantiles trataba de copiar algunos de los cuadros que dejaban en el taller, siendo esta su mayor afición, por no decir la única ya que, embebido por completo con los pinceles, hasta se olvidaba de jugar con otros niños en la calle.

          Pasaron los años y aquel niño se hizo hombre, pero su afición por la pintura creció cada día más. Sabía de antemano que su progenitor le tenía destinado como futuro el hacerse cargo del negocio fundado por él para así tener el porvenir asegurado a sabiendas de que nunca habría de pasar necesidades. Pero Francisco no compartía esas ideas de su padre: él quería ser pintor. Un buen pintor. Y, ¿por qué no? Quizá algún día podría ver un cuadro suyo expuesto en el Museo del Prado junto a otro de su admirado Francisco de Goya. ¡Qué orgulloso estaba de llevar su mismo nombre!

          Sí, era cierto. Goya era su pintor favorito. Era tal la admiración que sentía por él que cada vez que le era posible, a escondidas de su padre, se escapaba del taller para correr al Museo Real de Pintura, llamado popularmente del Prado por hallarse ubicado en esa calle, y contemplando sus cuadros pasaba largas horas, ajeno por completo al transcurrir del tiempo. Después, tendría que escuchar la reprimenda del padre, quien ya sospechaba que la vocación de su hijo no era precisamente la de enmarcar cuadros… sino pintarlos.

          Y un buen día, armándose de valor, le confesó a su progenitor el deseo de asistir al estudio de un buen maestro de pintura con el fin de aprender las técnicas y llegar a ser un gran pintor. Le rogó, asimismo, que lo perdonase por no complacer su deseo de hacerse cargo del taller pero la pintura era su auténtica vocación, vocación que ya se forjó desde niño cuando copiaba aquellos cuadros que traían los pintores.

          El padre, comprendiendo que todo intento por hacerle desistir de su empeño sería inútil, accedió, no sin dejar de sentir interiormente una enorme decepción, pero no quería negarse ante la firme decisión tomada por su hijo. Aunque para sí tenía la secreta esperanza de que quizá con el tiempo comprendiese que todo había sido una ilusión pasajera, un capricho de juventud y que, arrepentido, retomase su antiguo oficio aprendido mientras trabajaba con él en el taller.

          Una vez obtenido el permiso paterno, los dos, padre e hijo, se dirigieron al estudio de un acreditado pintor, cuyos numerosos discípulos hablaban por sí mismos sobre las excelencias de sus enseñanzas, ya que ambos estaban de acuerdo en elegir al más afamado profesor de pintura de la ciudad.

          El maestro era un hombre de mediana edad, cuerpo enjuto y rostro afable, con una enmarañada barba y ojos de mirada viva e inteligente. A Francisco le causó muy buena impresión, así como el ambiente del taller y sus futuros condiscípulos, todos afanados en la tarea de copiar un famoso cuadro expuesto como modelo.

          Así que, discutidas las condiciones económicas y demás detalles, se decidió que el nuevo aprendiz de pintor asistiría a las clases diariamente, siempre y cuando el maestro viese en él que verdaderamente había madera de artista y no era un simple capricho producto de aquellos largos años rodeado de cuadros y pintores.

          Y, en efecto, Francisco resultó ser un excelente alumno, asistiendo puntual a las clases del maestro de pintura, hiciese frío o calor, para aprender las diferentes técnicas que un pintor debe dominar: óleo, acuarela, sfumatto, y copiando cuadros de pintores famosos, de los cuales él elegía casi siempre a su admirado Goya, para, posteriormente, a medida que avanzaba en sus conocimientos, copiar modelos del natural e, incluso acompañado de su maestro y demás aprendices, hacer escapadas fuera del taller para pintar paisajes, de los que Madrid les ofrecía generosamente, tanto en lo referente a bellos edificios y monumentos como en su hermosa campiña.

          Pasado un tiempo, el profesor decidió que ya estaba preparado para pintar retratos del natural, tarea que exigía un gran aprendizaje, ya que reproducir la figura humana era harto difícil y no todos los pintores habían sido buenos retratistas. Pero el avanzado discípulo se estaba revelando como un futuro gran pintor, incluso el mismo progenitor así lo había reconocido, sintiéndose ahora orgulloso de aquel hijo que definitivamente había encontrado su vocación de artista pues sus retratos destacaban entre los realizados por los demás compañeros debido a la naturalidad y perfección con que estaban pintados.

          Un día, el maestro de pintura pidió a sus alumnos que abandonasen por unos momentos los pinceles pues tenía que comunicarles una buena noticia que les iba a llenar de alegría a todos ellos, jóvenes plenos de ilusiones soñando con llegar a pintar ese cuadro que los hiciese famosos.

          -Muchachos -comenzó-, voy a daros una noticia que estoy seguro va a interesaros ya que es la oportunidad que todo aspirante a pintor espera.

          Calló unos instantes para ver el efecto que sus palabras causaban entre aquellos jóvenes ávidos de triunfar y llegar a tener un nombre entre los artistas consagrados. Y comprobando que sus palabras habían causado una gran expectación, continuó.

          -He sabido que se ha convocado un concurso de pintura para alumnos en grado avanzado, como es vuestro caso. El tema obligado es la reproducción lo más exacta posible del retrato de un personaje famoso, expuesto en el Museo del Prado, libremente elegido por cada concursante. Y ahora os comunicaré lo mejor: El premio consiste en la exposición de la pintura premiada, nada más ni nada menos, que en dicho Museo junto al retrato original que hayáis copiado. ¿Qué os parece? -concluyó el maestro.

          Los jóvenes aprendices prorrumpieron en gritos y aplausos, no acabándose de creer aquella oportunidad que la vida les deparaba. En su mundo de fantasía cada uno de ellos ya se veía ganador del concurso y admirado por los miles de visitantes que a diario acudían para contemplar las numerosas obras de arte contenidas en las salas del famoso Museo.

          Y llenos de ilusión, aquellos muchachos fueron eligiendo el retrato de un personaje cuya pintura les parecía más afín a su estilo propio y así de este modo, les ayudaría a triunfar.

          Francisco, al igual que sus compañeros rivales en el certamen, no cabía en sí de gozo. Era la oportunidad de su vida, la suerte que solo pasaba una vez y no estaba dispuesto a dejarla escapar. Por supuesto, eligió como modelo a copiar un autorretrato de su admirado Goya. Aquel pintor, Francisco de Goya y Lucientes que, como él mismo,  fue de niño aprendiz de pintor y años después, con su talento y genialidad, llegaría a ser pintor en la corte de Carlos IV, gran retratista de reyes y personajes célebres del Madrid de 1800 cuyas puertas le eran abiertas, tanto de palacios como de nobles mansiones. Ejemplo de ello fue aquella famosa duquesa de Alba con la cual mantuvo una íntima amistad pues se decía que el pintor estaba enamorado de ella. Los dos hermosos retratos que le pintó, “La maja desnuda” y “La maja vestida”, escandalizaron al todo Madrid y fueron condenados por la Inquisición por obscenos ante la provocativa pose de la modelo. Mentes estrechas, pensaba Francisco, mientras seguía repasando in mente las maravillosas pinturas de Goya a través de sus distintas etapas: “Los Caprichos”, originalísima serie de aguafuertes. Los horrores de la guerra con “La carga de los mamelucos” y “Los fusilamientos del 3 de mayo”. Y “aquellas pinturas negras”, aterrante visión de un mundo enloquecido, después de padecer una grave enfermedad y como consecuencia de no poder oír, de encontrarse sumido en un mundo de silencios. Un Goya descarnado y trágico que finalmente hubo de huir de su amado Madrid, perseguido por supuesto afrancesado, para ir a morir en una tierra extraña, Francia.

          El joven pintor abandonó su evocación para volver a la realidad y tratar de poner manos a la obra en la realización de aquel cuadro, copia del autorretrato. Se había propuesto reproducir, pincelada a pincelada, el rostro del genio aragonés de tal forma que no se pudiera distinguir el original de la copia. Y provisto de caballete, tubos de pintura, pinceles y una gran ilusión, se dirigió al Museo del Prado, cuya dirección había permitido a los concursantes la entrada libre con objeto de ir realizando los retratos para el concurso.

          Francisco, estudiando detenidamente el autorretrato de Goya antes de comenzar su ejecución, observaba uno por uno el color, el gesto, el peinado de largas guedejas negras, la frente despejada, los gordezuelos labios. Pero, sobre todo, los ojos, oscuros y profundos, de mirada desafiante, que parecían penetrar a quien estuviese contemplando su retrato. Era lo que más le llamaba la atención de aquel rostro y tenía que reproducirlos exactamente tal como estaban pintados en el original. Una pincelada mal dada estropearía la expresión de los mismos.

          Y Francisco, ante un lienzo impoluto, comenzó aquel autorretrato de Goya, pincelada a pincelada, reproduciendo exactamente cada rasgo, cada tonalidad cromática, las sombras, claridades, el fondo oscuro sobre el cual destacaba, casi como un aparecido, el rostro redondo de Goya. Totalmente concentrado horas y horas, casi obsesionado, por conseguir una copia perfecta de aquel retrato.

          Y por fin llegó el momento en que creyendo acabada su pintura se la mostró al maestro, esperando ansioso oír su aprobación y así poder presentar la obra a concurso.

          El profesor, al serle mostrado el cuadro, lo observó con detenimiento, estudiando minuciosamente, trazo a trazo, aquella reproducción, en apariencia perfecta. Y una vez acabado el estudio del cuadro, se dirigió con gesto grave al joven autor.

           -Muchacho, la copia que has hecho de este retrato es académicamente perfecta. Perfectos los rasgos, el color, las tonalidades, sombras, fondo y claridades… pero es eso: una simple copia. Esta pintura no tiene alma. ¡Le falta vida!

          Un jarro de agua helada cayó sobre las ilusiones de Francisco. Había puesto todo su esfuerzo en aquel cuadro con la esperanza de realizar un gran trabajo digno de ser presentado a concurso y salir ganador del mismo y todo se le vino abajo como un castillo de arena. ¡Adiós a sus sueños! ¡Qué ironía! Él, que ya se veía triunfador, no era más que un pobre perdedor con la moral por los suelos y los forjados sueños convertidos en humo. ¡Qué gran decepción! Y qué gran tristeza invadió su alma juvenil al ver todos esos deseos echados por tierra.

          Decepcionado, se dispuso a recoger sus bártulos y regresar a la casa de su padre para pedirle perdón como el hijo pródigo de la Biblia.

          Y a medida que iba depositando en el interior de una bolsa tubos de óleos, pinceles y demás, era como si enterrase en ella para siempre aquellos sueños que un día acarició, aquel triunfo que casi llegó a alcanzar y que se esfumó cual un globo de gas en el espacio.

          El joven, dedicando una última mirada al retrato de Goya, con lágrimas en los ojos, se disponía a partir cuando… ¿sería obnubilación pasajera o consecuencia de sus ojos cegados por el llanto? Creyó ver como un destello en la mirada del cuadro. Como si el genio le indicase que no se diera por vencido. Parecía como si aquellos penetrantes ojos le estuviesen diciendo: -¡No te rindas! ¡Inténtalo de nuevo!

          Y siguiendo un impulso, preparó el equipo de pintura y se dispuso a pintar un nuevo retrato, con tal agitación, que los pinceles apenas descansaban un segundo, apenas se separaban del lienzo. No acertaba a explicarse qué le estaba sucediendo. No era él quien pintaba. Parecía como si su mano fuese guiada por un ser sobrenatural ajeno a su voluntad. Sin tan siquiera mirar el cuadro original, su mano se movía ágilmente, trazando mil y una pinceladas, sometida por completo a un espíritu que la iba guiando por aquel nuevo lienzo sin que el joven pudiese controlar los movimientos a que era sometida. ¿Qué le estaba pasando?

          Francisco, en medio de su agitación febril, alzó un momento la mirada hacia el cuadro original y comprobó que en los ojos de Goya seguía brillando el mismo destello que instantes antes creyó ver. Y dominado por aquel poder que lo obligaba a pintar sin control, vertiginosamente, continuó con el retrato, ya casi acabado, al que solo le faltaban las últimas pinceladas que habían de trazar los ojos. Y su mano, cual marioneta sostenida por hilos invisibles, continuó pintando y pintando. Y, una vez acabado el cuadro, vio con asombro que de aquellos ojos ¡brotó el mismo destello que despedían los ojos del retrato original!

          El joven pintor, fuera de sí, cayó exhausto a los pies del retrato de Goya y allí, casi perdido el conocimiento, fue encontrado por unos compañeros, mientras balbuceaba con voz ininteligible una y otra vez:

          -¡Ha sido su espíritu! ¡Su espíritu ha guiado mi mano!

          El jurado, por unanimidad, eligió como ganador al cuadro realizado por Francisco, el cual fue expuesto al lado justo del autorretrato de Goya. Era de tal perfección que ni expertos en la materia, extrañados ante el hecho, podían distinguir la copia del original.

          Numerosos visitantes acudieron para admirar la obra de aquel joven pintor, sorprendidos por el idéntico parecido entre los dos cuadros. Pero lo que más les llamaba la atención era la exactitud con que su autor había captado ¡el destello que, tanto los ojos del original como los de la copia, despedían!

          Y un rumor comenzó a extenderse entre el mundillo de los pintores madrileños. Se decía que el autor había sido poseído por el espíritu de Goya y que fue su ánima y no él quien pintó el cuadro. ¡Habladurías! Comentaban los escépticos. Y con el tiempo, dicho rumor se fue olvidando como todo se olvida en esta vida.

          Solo Francisco, que transcurridos los años llegó a ser un gran pintor de fama, solicitado retratista por el alma que plasmaba en sus retratos… ¡solo él sabía la verdad!

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         -¡Qué maravillosa historia! –exclamaron casi a coro cuando el joven guía acabó su relato-. Nos ha encantado y te agradecemos mucho que nos hayas hecho partícipes de lo que le ocurrió al pintor Francisco poseído por el espíritu de su admirado Goya. ¡Qué suerte hemos tenido al encontrarte!

          Cada uno de aquellos chicos fue haciéndole un comentario de alabanza mientras el joven guía, sonriendo levemente, los miraba con cierto brillo en sus ojos.

          –Por cierto, ¿cuál es tu nombre? Aún no lo sabemos –preguntó uno de los muchachos.

          -Me llamo Francisco  -fue su escueta respuesta.

          -¡Francisco! ¡Qué casualidad! Como el protagonista de la historia que acabas de contarnos. Y dinos, ¿qué fue de aquel maravilloso cuadro, copia exacta del que pintara Goya? -preguntó curioso otro de los muchachos.

          –Ese cuadro, olvidado y ya desconocido… está en mi poder.

Un rumor se extendió por todo el grupo de estudiantes que no daban crédito a lo que acababan de oír de labios de aquel desconocido, cada vez más misterioso. Quien, con una voz que a los asombrados muchachos les sonó a ultratumba, respondió.

          –No hay tal misterio. El pintor Francisco ¡soy yo!

Y desapareció ante los espantados ojos de aquellos jóvenes que, atónitos, no advirtieron cómo en el retrato de Goya aparecía de nuevo ¡aquel destello en su mirada!

Premio de “Relatos Ciudad de Madrid”

CARMEN CARRASCO

Carmen Carrasco Ramos, Delegada Nacional Granada Costa

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