EL SÉPTIMO DÍA (y 7/7)
Izquierda dividida por matices mínimos: eso describe el “narcisismo de las pequeñas diferencias”. Una reflexión irónica sobre cómo la pureza identitaria, las siglas y los egos bloquean acuerdos, mientras la maquinaria del bulo y el ruido avanza sin necesidad de afinar.

(Viene de: …Por eso, tengo que prevenirme de él…)
Este ser que me acecha es monstruoso, y al fin lo he visto con mis propios ojos. Tiene un cuerpo casi humano, aunque escualido y deformado. Los brazos y piernas son largos y finos, no más gruesos que la tubería del desagüe de un fregadero. Si se mantuviera erguido mediría algo más de dos metros, pero su tronco huesudo y pellejoso permanece encorvado y sus cuatro extremidades se apoyan en el suelo haciendo de él una especie de cuadrúpedo calvo, con apenas unos mechones de pelo en la cabeza que no logran ocultar el horror de su rostro consumido de ojos saltones y grueso y babeante labio inferior. Cada movimiento de su mandíbula parece arrastrar siglos de podredumbre, igual que si mascara la culpa de quienes lo crearon. Al ir desnudo, sin calzado ni guantes, sus pasos no me parecieron humanos, pero en lo más básico quizás lo sea. Y eso es lo que más miedo me da.
Por suerte, creo que no me ha visto ni ha oído mi contenido estornudo, pues de otro modo ya estaría merodeando de nuevo junto al armario, arañándolo e intentando asaltarlo. Debo permanecer aquí quieto, evitando cualquier otro ruido, para ver si al fin se cansa de acechar por esta zona y se larga antes de que amanezca. Así que voy a abandonar, aunque no de forma definitiva, esta tarea de escribir que también produce sonidos, por muy débiles que estos sean. Trataré de dormir. Espero poder continuar escribiendo mañana. Hasta pronto.
* * *
Sigue ahí. Cuando a través de las rendijas de la madera se ha filtrado un poco de luz, indicándome que estaba amaneciendo, he optado por asomarme de nuevo, como hice hace unas horas. Ese bicho, ese ser inmundo y famélico sigue ahí. Por lo visto, se sentía aquí seguro, en la universidad que lo vio nacer, y ha optado por descansar. Al contrario de como lo vi anoche, totalmente en guardia, ahora yacía acurrucado como un perro, con sus enormes ojos de sapo cerrados. En otra vida, igual habría sido uno de esos chuchos callejeros que duermen en la Plaza de la Merced, ajenos al mundo. Sin embargo, su respiración es como un burbujeo sordo, como si bajo su piel algo líquido aún buscara un cauce por el que fluir. Suena, de hecho, como los respiradores artificiales de los hospitales. Es la consecuencia de nuestra arrogancia. Una cicatriz con patas. Y no, no es un simpático perro. Desde luego que no.
He tomado la decisión al verlo así, dormido. Ya no puedo correr más riesgos. Quizás si se despierta y descubre que lo que ayer estuvo rascando es un armario y si conoce su naturaleza de almacenamiento que tal vez anoche, en la oscuridad, no pudo adivinar, tratará de acceder aquí en busca de cualquier tipo de alimento, descubriéndome y, sin duda, atacándome sin piedad. Ya oí las historias que se cuentan sobre cómo estos seres experimentales actúan. Son consumados y despiadados asesinos, dispuestos a despedazar a todo aquel que se cruce en su camino. Aunque… quién sabe. Quizá, en su ADN, haya algo humano, alguna célula que le invite a dormir sin tener que matar a nadie. Me pregunto si sentirá miedo o si sueña y, por un momento, casi me da algo de lástima. Luego recuerdo cómo otras criaturas experimentales devoraron a Inés en el aparcamiento. Su grito aún me desgarra por la noche, pero aquí, ahora, el que grita soy yo. Por dentro. Ya se me ha pasado ese poco de pena. Y, además, el hambre no entiende de ética. No debo ser blando.
Tengo que aprovechar, pues, que el bicho duerme plácidamente y, antes de que se despierte, dejarme caer con mi hacha sobre él. Por cierto, quizás sea comestible. ¡Con el hambre que tengo! Sería irónico que acabara devorando a uno de los mayores logros de la ciencia moderna malagueña. Pero el hambre es más poderosa que la Historia. En fin, no me voy a demorar más o se despertará y tendrá la iniciativa a su favor. Cojo mi hacha y me dispongo a abandonar este armario, este refugio, para acabar con mi nuevo enemigo. Si Dios quiere, ahora vuelvo y os cuento cómo me ha ido. Y si no vuelvo… buscadme en la facultad de Ciencias, en la sala de criogenización. O igual, si salgo de esta, me hacen una estatua. Y, si no, un salmorejo. Con su jamoncito por encima.
(Continuará)

