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La inspiración

“La inspiración” retrata, con humor ácido, a Serafín: un articulista mediocre que confunde deseo con talento y marketing con grandeza. Una entrevista con la actriz Lía desata su “gran poema”… pero el tiempo, el ego y la realidad lo devuelven a lo que siempre fue: pura vanidad.

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Serafín, desconocido articulista de provincias, ufano de su mediocridad, que no ignoraba, era plenamente consciente de la insuficiente calidad de sus escritos, aunque la definía como provisional o pasajera, pues aseguraba que lo haría bien cuando quisiera y redactaría artículos tan magistrales que superaría a los de los compañeros de la capital. Pero por ahora y para lo que cobraba, aquel periodicucho ya tenía bastante con sus mediocridades.

No quería admitir que en cada artículo se dejaba la piel, que ponía en ellos lo mejor que tenía, que empleaba diez veces más tiempo en escribirlo del que confesaba, pues eso hubiera supuesto admitir que su mediocridad era innata y no la cacareada contramedida a su escaso salario y eso Serafín no estaba dispuesto a sufrirlo. Había logrado medrar entre sus paisanos. El tuerto en el país de los ciegos…

Un día tuvo que entrevistar a Lía, esta era una actriz que acababa de rodar su primera película. El redactor de espectáculos estaba recién intervenido de una fistula anal y Serafín tuvo que sustituirle. Acudió a la entrevista con el disgusto atornillado. Sacarlo de la política municipal era como dejarlo sin postre. La actriz le había deslumbrado y la calificó de sensual e imperecedera diosa de la pantalla, aunque solo se trataba de una chica muy mona, elevada al oropel popular por haber sabido calentar el lecho del productor. Aunque a ella, si se rascaban un poco los tintes y coloretes, resultaba tan mediocre como él, pero venía magistralmente envuelta en marketing.

 Aquel encandilamiento había convertido la imagen de Lía en el símbolo de la felicidad, de su felicidad. Un rostro bellamente decorado y un cuerpo con múltiples convexidades quirúrgicamente auxiliadas por silicona, pero que a él se le antojaban naturales. Era su imaginación que, en contra de lo esperado, seguía viva, aunque agonizante, y se la presentaba como la compañía ideal para compartir ese paraíso en que ubican la felicidad de la que todos hablaban, aunque solo fuera de oídas.

Eso, y la admiración que aquella diosa del papel cuché había dicho profesar hacia los poetas, cuando él se había presentado como periodista y escritor. Ella no diferenciaba entre escritores y vates. Eso, decíamos, le había impulsado a poner negro sobre blanco y en verso, la impresión que ella le había despertado.

Entro en sus recuerdos para visionar, de nuevo, su imagen, que parecía querer diluirse. Respiró delicadamente, con miedo a derribar aquel castillo de naipes que su imagen había construido en su mente. Debía empezar a describirla cuanto antes si no quería que la rutina cotidiana se la despintara.

 Bolígrafo en mano se lanzó a escribir su poema, pero, por mucho que se estrujó las meninges, fue incapaz de romper la virginidad del papel. Precisaba de una reflexión profunda, se dijo, ese iba a ser el escrito de su vida y cada palabra debía ser una gema.

El recuerdo de la imagen de Lía seguía deslumbrándolo, aunque perdía intensidad, pero la emoción que le despertaba su recuerdo hacía galopar algo dentro de su pecho. Cada vez que visitaba su recuerdo, su ansia amenazaba con incendiarlo, no quería estar apartado de ella, pues con el vuelo de los días, temía que aquella imagen volara como si fuera ceniza. De algún modo debía aprehenderla para poder describirla con palabras, con las más bellas palabras, palabras que aún debía buscar para que estas no arruinasen aquella imagen tan evocadora.

Su contemplación le emocionaba, hasta el punto de sentirse como su colega Stendhal. Pero al pensar en el deber que su lascivia le había impuesto su arrogancia se resintió. Aunque aquellos versos derribarían las defensas de Lía, le estaban resultando muy difícil de completar… ¡qué digo completar! Si ni siquiera los había iniciado. Era muy intrincado pintar aquella experiencia con su exiguo vocabulario. Trabajaría de firme el diccionario hasta hallar términos que siendo rigurosos contaran con esa belleza que emociona.

No se trataba de levantar un inventario meticuloso y concienzudo, que enumerara los elementos de la imagen que lo extasiaba, sino de trasladar al lector la emoción que le despertaba.

Era una sensación tan delicada y tan embriagadora a la vez, que no solo costaba definirla, es que era difícil comprenderla. Una fugaz idea relampagueó en su entendimiento: ¿No sería que su conocimiento lingüístico era insuficiente para describirla?

Pero no, eso no podía ser. A un periodista tan baqueteado como él… Si había sido capaz de verlo, aunque solo durante un parpadeo, y si había sentido aquel gozo, aquel placer, era porque lo comprendía y estaba capacitado para transmitirlo. Solo que le daría más trabajo que escribir un artículo.

Trató de que el recuerdo aflorara lo más nítidamente posible, de revivirlo antes de que la rutina o quizá otras nuevas emociones borraran aquella imagen que tanto lo había conmovido.     

«No quiero que esa imagen la borre el olvido, me gusta más que un saco de peladillas», pensó Serafín aunándola a su máximo deleite infantil.

Aquella experiencia lo tenía trastornado. Ese ser, en su simplicidad, reunía cuanto le era apetecible, y aunque se sintiera incapaz de describirlo sin apartarse de sus lúbricos pensamientos, no regatearía esfuerzos para conseguir envolverlo con una capa de belleza más espiritual y poética y plasmarlo con las más bellas y delicadas palabras que el diccionario aún le ocultaba.

El escrito debía ser sentido, pero sin ser empalagoso; capaz de emocionar aunque sin caer en los tópicos de la sensiblería; plagado de vocablos cultos, pero sin caer en la pedantería; con expresiones de la máxima naturalidad que huyeran de la afectación.

Tomó de nuevo el papel, pero apartó el bolígrafo. Para lo que tenía que escribir era preferible empuñar la pluma, aunque le resultaba complicado su manejo, pues no la tocaba desde hacía dos eternidades, desde que su madre quiso celebrar que había concluido la carrera que las malas lenguas vaticinaban interminable. Un literato como él no podía andar escribiendo con un «Bic».

No había precisado demasiado ánimo para envolverse en aquella dorada aura de gloria que siempre había pensado que le acompañaba, aunque nunca supo de alguien, aparte de él, que la percibiera. 

Antes de garabatear la primera palabra, desechó un par de folios que su impericia había manchado de tinta. Luego cambió de parecer y quiso titular la obra, aún antes de conocer que escribiría. Solo se le ocurría «Experiencia maravillosa», pero eso no resultaba muy poético. Buscó auxilio a su ignorancia en el diccionario de sinónimos, quería alguno evocador al término maravillosa. Los que encontró ninguno gozaba del suficiente encanto y fuerza como para satisfacerle. Tras mucho pensarlo se decidió por fascinante, aunque tampoco le fascinaba, pero los otros sinónimos no lo mejoraban. Lo titularía «Una experiencia fascinante». No quedaba muy poético, pero ya tendría tiempo para pulirlo.

Miró por la ventana y vio que el sol que se asomaba por el horizonte cuando empezó a escribir, estaba en lo más alto. ¿Cómo podía haber empleado seis horas para encontrar la mitad del título?  Debía aligerar, no solo para no dedicar tanto tiempo a algo por lo que no cobraba, sino porque el recuerdo se acabaría disolviendo entre las muchas imágenes que diariamente le asaltaban. 

Poco a poco, sin apenas darse cuenta, su determinación se fue desmoronando, y la imagen, cuya perduración deseaba, se había trivializado, adaptándose cada día más a la vulgaridad de su vida. Lo que aquella imagen había perdido en belleza, su escrito lo había ganado en espontaneidad.

Aquel día leyó por cuarta vez lo que él consideraba su oda a la felicidad.  Estaba seguro de que aquello era lo que quería expresar, solo que para que Lía lo entendiera y para cuando en el futuro, transcendiera al pueblo llano, había bajado el nivel de su vocabulario, pero había incluido algunas metáforas de hondo contenido.

Lo pasó a limpio y se lo envió a Lía por WhatsApp.

Durante dos semanas esperó la respuesta, sin atreverse a preguntarle a la diosa de celofán si lo había recibido. Después dedicó el tiempo a ir olvidando lo que pudo haber sido, aunque no dejó de releer lo que consideraba su primera obra poética.

Meses después, recibió la respuesta que ya no esperaba. Lía le comunicaba, entre lamentos, que había roto con el productor que la protegía y el panorama cinematográfico se le presentaba fundido a negro. Le suplicaba que publicara cuantas alabanzas pudiera sobre su calidad interpretativa, a fin de encontrar algún papel en la producción fílmica nacional, por modesto que fuera. Como posdata le decía que le habían gustado mucho sus versos y que era un gran poeta, pues nunca había leído una poesía que describiera tan acertadamente un sofá.         

Alberto Giménez Prieto

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