El tiempo pasa inexorable – A TODA COSTA
Una reflexión irónica y profunda de Francisco Ponce sobre la tentación de detener el tiempo y su trampa: sin movimiento no hay vida, ni sorpresa, ni esperanza. El texto concluye que no se trata de congelar la existencia, sino de vivirla con conciencia y humor.

No pide permiso, no acepta sobornos, no se detiene a escuchar excusas
Avanza con la constancia de un funcionario cósmico que jamás hace huelga. Ante esa evidencia, la tentación es inevitable:
¿Y si pudiéramos detenerlo?
La idea resulta seductora. Parar el tiempo sería como pulsar el botón de pausa en mitad del caos: refrigerar el café antes de que se enfríe, prevenir la arruga antes de que aparezca. Un instante perfecto, inmóvil, eterno.
Pero aquí surge la primera trampa: ¿puede existir la vida sin movimiento? ¿Puede latir un corazón en un mundo estancado?
Si el tiempo se detuviera para todos, el universo se convertiría en una exposición de figuras de cera. Personas suspendidas en gestos incompletos, aves detenidas en pleno aleteo, relojes cumpliendo por fin su sueño de no trabajar.
No habría dolor, cierto, pero tampoco habría sorpresa. Ni risas. Ni segundas oportunidades. El silencio absoluto no es paz: es ausencia.

¿Y si solo se detuviera para nosotros? La fantasía del privilegio individual. Caminar entre los demás como un fantasma consciente, inmune al reloj. Pero pronto surgiría el vértigo: ¿qué hacer con un tiempo que no avanza? Cada decisión perdería peso. ¿Para qué elegir, si nada nos empuja? El futuro dejaría de ser promesa para convertirse en un objeto decorativo. Sin riesgo no hay aventura; sin final, no hay historia.
Detener el tiempo también plantea un problema ético nada menor: ¿quién decide? ¿Quién tiene derecho a frenar la vida de los demás? El tiempo compartido es, quizá, el contrato social más básico. Todos envejecemos, todos perdemos, todos avanzamos. Romper ese pacto podría ser, efectivamente, explosivo. No una explosión ruidosa, sino una silenciosa: la de un mundo sin esperanza, porque la esperanza siempre mira hacia adelante.
Tal vez el verdadero deseo no sea detener el tiempo, sino negociar con él. Pedirle, que camine despacio cuando somos felices y rápido cuando duele. Pero el tiempo no negocia.
Y ahí aparece la paradoja final: no podemos detener el tiempo, pero sí podemos vivirlo con conciencia, con humor, incluso con cierta irreverencia.
Reírnos de su prisa, aunque sepamos que siempre gana. Porque si algo merece la pena no es congelar la vida, sino sentir su pulso, con todo lo que implica de: incertidumbre, cambio, pérdida… y asombro.
Francisco Ponce Carrasco
